Dragón 29 #3
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–Lo sabía. Sabía que algo más ocurría... –lo interrumpió Constancio incorporándose.

–El emperador me ha ofrecido la mano de su sobrina Serena y el rango de general si acepto esta misión.

Los ojos del veterano tribuno se abrieron de forma desmesurada, atónito.

–¿El emperador te ha ofrecido desposarte con su sobrina?

–preguntó, mientras en su cabeza se agolpaban los recuerdos de toda una vida entregada al servicio de Roma.

Él, que había trabajado sin descanso para que su hijo no tuviera que escuchar que provenía de un bárbaro extranjero, no sólo lo habría logrado, sino que además emparentaría con la familia imperial.

Su hijo se convertiría en uno de los hombres más poderosos del Imperio.

–Sí, padre. Pero antes debo tener éxito en esta misión. Y lo tendré, os lo prometo.

* * *

Abril del 383. En tierras de Brynhildr

Hilduara creía al fin respirar. Había conseguido dejar atrás no sólo a Kreka, a sus llorones y patéticos hijos y a la inmensa y desolada estepa, sino también a Balamir y la pestilente ciudad de tiendas en la que aquél parecía esconderse.

Finalmente, Uldin había cumplido su palabra, y su padre, satisfecho con el desempeño de su hijo en Oriente, había consentido en dejarlo marchar hacia el sur.

Ahora, la hueste del joven príncipe era aún mayor que en el pasado.

A los casi tres millares de jóvenes y fieros jinetes hunos que lo seguían ciegamente allí a donde iba, había unido casi el mismo número de godos, alanos, sármatas e incluso guerreros de otros pueblos cuyo nombre Hilduara jamás antes había escuchado.

Pertenecían a las diferentes tribus contra las que habían luchado, y ahora habían decidido unir su suerte a la del hombre que los había vencido.

A ojos de Hilduara eran como canes que, tras haber sido apaleados por su dueño, le demostraban una lealtad absoluta.

El lento y aburrido avance de la columna, a la que seguían centenares de mujeres, niños y esclavos, molestó a Hilduara durante los primeros días, deseosa como estaba de alejarse de todo, pues además temía que el rey huno se arrepintiera de su generosidad y les ordenara regresar.

Pero las jornadas pasaban, y nada sucedía, de manera que, como la primavera se abría paso a su alrededor, al fin se sintió florecer nuevamente.

Al anochecer del sexto día, como durante los anteriores, los silenciosos carpos que servían a Hilduara montaron con rapidez la enorme y costosa tienda.

Como siempre, había sido la primera en desplegarse sobre la llanura.

Munzuk estaba agotado e Hilduara se disponía a acostarlo en el mismo instante en el que Uldin descorrió las telas de la entrada, provocando que una fría ráfaga a punto estuviera de apagar los braseros.

–¡Padre, padre! –exclamó Munzuk al verlo.

De un salto, el pequeño abandonó el camastro, e inmediatamente sus inseparables perros, Noche y Nieve, siguieron sus pasos en un ruidoso coro de ladridos.

Hilduara se volvió, obligándose a mantener el rostro sereno, pues por algún motivo detestaba que su hijo mostrara cariño por cualquier otra persona que no fuera ella.

Era injusto a sus ojos: ella le había dado la vida cuando su propio padre hubiera querido verlo muerto, ella lo había protegido incluso antes de parirlo, y ni siquiera Uldin, que los había acogido con generosidad, merecía tal demostración de aprecio. Nadie, salvo ella.

En su carrera, Noche y Nieve poco tardaron en adelantar al pequeño y llegar a los pies de Uldin, que los acarició entre carcajadas. Ya eran dos animales grandes, de pecho ancho y musculoso y patas fornidas, que corrían de forma incansable junto a los caballos.

–¡Hijo mío! –exclamó, apartándose de ellos y dedicando una mirada lasciva a Hilduara.

–¿Han llegado ya los exploradores? –preguntó la mujer, disimulando el escaso interés por retozar, lo que intuía que Uldin buscaba.

Uldin agarró al niño con ambas manos y lo elevó por encima de su cabeza, mientras los perros ladraban enloquecidos.

–Han llegado, y son portadores de malas noticias. El nuevo emperador de Roma ha conseguido estabilizar nuevamente su frontera.

–No importa. Nada podrán hacer frente a la fuerza de nuestros dioses. Lo he visto.

El huno asintió. Él mismo había sido testigo de cómo Hilduara había interpretado lo que estaba por venir en las entrañas del último cautivo que le había entregado.

Sin embargo, aun así, en su pueblo no abundaban los expertos marineros, todo lo contrario, y si los romanos o sus nuevos aliados controlaban el río y patrullaban en sus naves a lo largo y ancho de éste, nada podrían hacer.

–Somos más fuertes que ellos. Aunque nos lleve un poco más de tiempo, lo conseguiremos.

He enviado partidas hacia el oeste; seguirán el cauce del río hasta encontrar algún lugar propicio para cruzarlo.

Te prometo que la próxima sangre que paladee Alimaña será la de un romano, querida.

Ahora, deja que Munzuk vaya a dormir a la tienda de Grela. Necesita descansar...