Dragón 29 #2
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–Y tal circunstancia no implica que sea precisamente más fácil tratar con ellos.

Son corteses cuando deben serlo, pero también taimados y sagaces, además de temibles en el campo de batalla, pero al fin has conseguido salirte con la tuya, Estilicón, y con ello te has ganado el respeto del emperador.

–El antiguo tribuno scholae elevó la copa, achispado, y miró a Goar y a Alarico, que lo imitaron con prontitud–.

Por ti, hijo mío, porque no sólo el emperador está orgulloso de tu desempeño en Oriente.

Goar bebió, para acto seguido dejar la copa sobre la mesita y revolverse en su sitial. Aquél podía ser todo lo cómodo que dijera Estilicón, pero no estaba hecho para alguien como él; echaba de menos vivir siempre en campaña, comer sobre su montura si era necesario.

–Tu madre arde en deseos de verte. Mañana, en cuanto hayas descansado, nos reuniremos con ella. Te vendrá muy bien disfrutar de un merecido descanso. Pese a las atenciones persas, imagino que habrás echado de menos la comodidad del hogar.

El carraspeo incómodo de Estilicón, así como las miradas que le dirigieron de inmediato tanto el alano como el godo, desconcertó a Constancio.

–Padre, deberá ser en otra ocasión. Partimos mañana mismo... El emperador me ha encomendado una nueva tarea.

–¡Pero si acabáis de llegar! –exclamó, confuso–. La frontera norte permanece estable y acabas de ratificar la paz con Persia. No existe conflicto alguno digno de tal nombre, pues lo que ocurre con las tribus árabes del desierto no pasa por ser más que una riña de alocados salvajes...

–El general Víctor os envía recuerdos, mi señor Constancio –intervino Goar–. Nos volvimos a encontrar con él en el camino de vuelta.

–Víctor lo tiene todo bajo control, no hay nada de lo que preocuparse –aseguró Estilicón, tajante–.

No volvemos a Oriente, padre, pero el emperador teme que la guerra que ha estallado en Occidente tenga consecuencias...

Por ese motivo nos envía a Mesia, para asegurarnos de que la frontera del Istro, la que tanta sangre y llanto nos ha costado estabilizar, permanezca inalterable.

El veterano oficial se dejó caer en el diván, encogiéndose de hombros.

–¿Mesia? Pero ¿y el chico? Modario se asentó allí al poco de la muerte de Atanarico. Si os acompaña, estaréis sirviéndole su cabeza en una bandeja.

Lejos de mostrar temor, Alarico alzó el mentón, desafiante.

Sabía lo que aquel viaje significaba, sabía que estaría al alcance de su mortal enemigo, pero no tenía miedo.

Goar le había asegurado que no lo abandonaría, que lo protegería en todo momento.

Ignoraba si el alano podría cumplir su palabra, aunque estaba convencido de que lo intentaría, pero, fuera como fuese, tendría una oportunidad de acercarse a su hermana.

–Vendrá con nosotros, el emperador ha insistido –confirmó Estilicón, fingiendo mayor confianza de la que realmente lo embargaba.

Él también entendía que, si Alarico se presentaba en Mesia, aunque nadie conociera de su existencia, su vida estaría en peligro.

Modario trataría de acabar con él en cuanto se enterase.

Eso, siempre que no estuviera ya sobre aviso y hubiera sido Teodosio quien lo hubiera preparado todo.

Ésta no dejaba de ser una posibilidad, máxime cuando el emperador había demostrado, desde que ascendiera al trono, una total falta de escrúpulos, por otro lado, necesaria.

Aunque no le deseaba ningún mal al muchacho, Estilicón era consciente de que no podía decidir sobre su vida si era el emperador el que lo hacía.

El destino del Imperio estaba por encima del de cualquiera.

–No hay nada que temer –afirmó Alarico con aplomo. Pese a ser el único cuya vida ciertamente peligraba, también era el único en aquella estancia que se alegraba de viajar a Mesia–. Es cuanto deseo: una nueva oportunidad de encontrarme con el asesino de mi padre.

Goar le dedicó un gesto de advertencia. Estilicón lo había aceptado en su partida, y él le tenía aprecio sincero desde hacía tiempo. Era rudo, de naturaleza desconfiada, pero no podía culparlo. Sólo aquello le había permitido continuar con vida.

El viejo tribuno volvió a servir vino y miró a los ojos primero a su hijo y luego al joven godo.

Pese a las bravuconadas de Alarico, estaba convencido de que nada podría contra Modario.

Bien al contrario, si le ocurría algo al sucesor de Atanarico, pudiera ser que la obra a la que Teodosio había entregado los últimos años se desmoronara.

Aquello no podía ocurrir, en cambio, si era el jovencito quien moría; harto más probable, aquello sólo podía significar que había dejado de ser útil para los intereses del Imperio.

Llegado ese caso, sería una pérdida como otra cualquiera, pero muy diferente era que su hijo se expusiera a un peligro de manera innecesaria.

–Sé que sabréis cuidaros. Ahora, Goar, Alarico, dejadme a solas con mi hijo. Si debe marchar de nuevo, quiero hablar antes con él.

El alano y el godo saludaron respetuosamente y se perdieron por el pasillo cercano.

–No puedo creer que el emperador te exija ponerte en camino tan pronto –insistió Constancio, esta vez de forma vehemente.

–Padre, hay algo más que debes saber, pero nadie más que tú, por el momento.