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CAPÍTULO XXIX
–Todo hubiera sido más fácil si esos estúpidos pictos hubieran conseguido su propósito. Pero esos salvajes no sirven para nada –aseveró Magno Máximo, recordando el fallido ataque que había sufrido Graciano meses atrás.
Buteo, sentado junto a las brasas, asintió. Sí, todo hubiera sido más fácil, no podía estar más de acuerdo.
–Son unos inútiles, cierto –respondió–. Pero el momento ha llegado, gobernador, o debería decir emperador...
–Magno Máximo soltó una carcajada, complacido.
Buteo siguió hablando–: Poseéis tropas leales, experimentadas y numerosas, y Graciano cree no tener nada que temer, más allá de a su medio hermano.
–¿Y qué haría el poderoso y augusto Teodosio si la guerra civil azotara Occidente, si comprometiera la seguridad del Imperio?
–¿A quién creéis que apoyaría vuestro pariente? ¿Para qué creéis que estoy aquí?
El gobernador se puso en pie, nervioso. Hacía tiempo que venía soñando con aquella posibilidad, desde antes de hacerse con el gobierno de esa salvaje provincia; en realidad, desde cuando, junto con el difunto Teodosio y su hijo, afrontó enfrentarse a la Gran Conspiración.
–No me preocupa Valentiniano. Ese crío pensará que mi intervención sólo puede convenirle. Los que me preocupan son esos malditos francos. Graciano tiene a decenas de miles de esos bárbaros de su parte.
–Valentiniano, o su madre, debería precisar, controla las legiones de Italia y de África, así que nada debéis temer por su parte, al menos hasta que hayáis derrotado a su medio hermano.
Y olvidaos de los francos, no representarán un problema –repuso Buteo, pensando que nada podía decir sobre sus negociaciones con Batuto.
–Miles y miles de esos salvajes aguardan al otro lado de la frontera una señal de Graciano..., ¡y dices que no me preocupe!
–Los francos no participarán en la guerra que está a punto de empezar, te lo garantizo.
Máximo rezongó, pero tampoco podía hacer mucho más.
Era ambicioso, y Teodosio, su pariente, lo sabía bien.
Había aceptado gobernar Britania únicamente para granjearse la lealtad de las veteranas legiones de la isla, pero el ascenso de Teodosio había trastocado sus planes.
Ahora, entre los dos regirían los destinos del Imperio, vengando el asesinato de su tío a manos de la administración imperial.
–Entonces será un asunto entre Graciano y el ejército de la Galia contra las tropas que yo pueda reunir... Y mi querido primo... ¿Qué hará Teodosio en la guerra que se avecina? ¿Se contentará con ver cómo los ejércitos de Occidente se despedazan entre sí o se ensuciará las manos para ayudarme?
–El joven Graciano ha demostrado ser un gobernante extremadamente capaz y un comandante implacable, motivo por el que debe ser eliminado, pero, como sin duda entenderás, Máximo, el augusto no puede cruzar la frontera para levantarse en armas contra el hombre que lo encumbró...
Aunque, si todo discurre como debiera, no será necesario llegar a librar grandes batallas.
Sólo hay un pequeño detalle al que todavía debo encontrar solución, y es el mantener ocupados a los alanos y godos que se han instalado en los alrededores de Brigetio, para evitar que puedan acudir en su ayuda.
Deja eso en mis manos... Será la contribución del augusto a tu causa, amén de otras que es mejor que no llegues jamás a saber.
–Francos, alanos... Sabes demasiadas cosas para haber pasado los últimos años en Oriente, Buteo.
–Mi señor, en su sabiduría, nunca ha descansado en aras de preservar la grandeza de nuestro Imperio, ni siquiera en los momentos en los que la victoria en Oriente parecía más esquiva. Y, ahora que la paz ha regresado, ha llegado por fin el momento de actuar.
* * *
Marzo del 383. Ciudad de Lutetia
El invierno aún no había dicho su última palabra, pero ya se respiraba la primavera.
El emperador dejó caer sobre la hierba el grueso manto que se había acostumbrado a llevar, de similar factura al que utilizaban sus guardias.
Arrugó la nariz para mantener a raya un estornudo, y llevó hacia atrás la cuerda del arco con todas sus fuerzas.
El familiar crujido de la madera de abedul le gustaba.
A su alrededor escuchaba las voces de los alanos, aunque llegado aquel momento no sabría decir si le lanzaban pullas para incomodarlo y hacerlo fallar o alababan su destreza.
Pero sólo debía concentrarse en la diana que habían colocado a un centenar de pasos.
Él era incapaz de, como Safrax y otros alanos, disparar una y otra vez sin pensar, únicamente encordando el arco y lanzando el proyectil.
Era mucho más lento, pero durante los últimos meses había mejorado de manera ostensible su puntería.
Soltó la cuerda, y de inmediato sintió que el ligero remolino de aire formándose al paso del proyectil le azotaba el rostro.
El grito de sorpresa del alano más cercano a la diana fue coreado por los demás, y Graciano supo que había vuelto a acertar. Aulló de puro gozo, como había visto hacer a los más jóvenes de entre ellos, y rápidamente algunos se unieron a su festejo.
–¡Ocho de diez! ¡Ocho de diez! –exclamó, mofándose de un Palaco que había apostado parte de su soldada a que no lo conseguía.
En medio de tanto jolgorio, pocos fueron los que se percataron de la aparición de una veintena de jinetes imperiales.
El primero, sin armadura y manchado de barro, echó pie a tierra con presteza antes incluso de que el alano más cercano le sostuviera la montura por la brida.
Sin atreverse a mirar a su señor a los ojos, el mensajero se postró de rodillas y le tendió dos rollos.
Eufórico por su reciente logro, Flavio Graciano no se percató de las miradas incómodas que le dirigían los recién llegados. Para éstos, como para el resto de la guarnición de Lutetia, la nueva costumbre del emperador de ataviarse según los usos alanos era motivo de mudo reproche.
–Mi señor augusto, traigo dos despachos urgentes. Extremadamente urgentes –anunció el soldado, fatigado por la larguísima cabalgada.
Graciano tomó uno de ellos, rompió la cuerda y comenzó a leer, abriendo más los ojos a cada línea. Al terminar, miró al joven decurión que se encontraba frente a él sin decantarse por qué emoción lo dominaba, si la incredulidad o la rabia.
–¿Qué sucede, mi señor? –preguntó Safrax, llegándose junto a él.
El decurión, aún con los ojos del emperador clavados en su cabeza, continuó mirando hacia el suelo.
Boqueaba, pero no sólo de agotamiento, sino también porque sabía del genio que se gastaba el joven augusto, tan similar al de su difunto padre.
Y ese día Graciano tendría razones más que sobradas para enfurecerse.
–Decurión, ¿conoces el contenido de esta misiva?
–Mi señor... –comenzó a hablar, sin encontrar las palabras.
–¡Responde!
–No, mi señor, pero sí el del otro rollo, pues fui yo quien alertó al prefecto de lo que ocurría. He cabalgado sin descanso desde entonces para dar con vos, incluso hemos dejado por el camino siete buenas monturas para alcanzaros antes de que fuera demasiado tarde...
Graciano suavizó el ceño, complacido por la lealtad de aquel hombre, pese a todo. Safrax, en cambio, miró al joven oficial con incredulidad, horrorizado por el destino que habían corrido los caballos.
–Has actuado bien, decurión, y serás recompensado.
Pero ¿qué puede ser aún más importante que el contenido de este despacho?
–A una señal suya, Palaco hizo que los alanos que continuaban por las cercanías se alejaran–.
Ese maldito de Magno Máximo nos ha traicionado.
–Graciano escupió las palabras–. Ha comenzado a retirar sus legiones del norte para hacerlas desembarcar en la Galia y presentarnos batalla.
Ese hijo de una mala puta... Juro que lo estrangularé con mis propias manos.
Pese a la terrible noticia, Safrax se obligó a no mudar el rostro. A él no le sorprendía que Máximo fuera una alimaña después de todo lo sucedido en Britania, pues había cosas para las que todavía no era capaz de encontrar una explicación razonable.
–Venga, habla ahora. ¿Cuál es la otra noticia? –insistió el emperador.
–Mi señor, soy Cayo Léntulo Nero, decurión de Ulpia Noviomagus. Hace quince días, cuando me encontraba al otro lado del Rhenus junto al magister militum , fuimos asaltados. Muchos hombres murieron en el ataque, incluido nuestro aliado, el rey Malobaudes.
–¿Malobaudes, muerto?
–Sí, mi señor, asesinado por unos bandidos. Yo conseguí escapar y cruzar el río para informar sin tardanza al prefecto, que ese mismo día había recibido ese otro despacho. Él me instó a marchar de inmediato en vuestra busca.
–Malobaudes... –repitió el emperador, atónito–. ¿Y quién ha tomado el mando?
–Cuando me fui, el caos reinaba al otro lado del río. Algunos jefezuelos tribales se habían alzado en armas para hacerse con el poder. Se avecina una guerra civil entre los francos, mi augusto...
El arco que hasta entonces sujetaba Graciano cayó al suelo.
De pronto, se encontraban en guerra, y su hermano, si no se equivocaba, estaría detrás de todo ello, como siempre había temido.
Llevaba años preparándose para aquel momento, sólo que justo ese día el concurso de sus fieles francos en ella pendía de un hilo.
* * *
Abril del 383. Constantinopla
–Teníais razón en cuanto a los persas, padre, como siempre. No son unos salvajes, todo lo contrario –apuntó Estilicón, complacido por la orgullosa mirada que le dedicaba éste, tendido frente a él sobre un diván.