Dragón 28 #2
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28 #2

El franco dejó que el templado líquido le calentara el gaznate.

Desde que regresara de Oriente, su ambición y la de otros tantos comandantes francos no era la misma, y parecía que Malobaudes se había dado cuenta con rapidez, porque los había enviado al otro lado del río mientras él permanecía en tierras del Imperio.

A Batuto no se le escapaba que, incluso en la otra orilla, el viejo caudillo disponía de hombres leales que estarían atentos a sus movimientos, motivo por el que había abandonado sus tierras durante la noche.

–Esperaba que tu señor tardara más en poner en orden sus asuntos. Cuando nos fuimos, aún quedaba mucho por hacer...

Buteo sonrió al recordar la última ocasión en la que había estado frente a aquel ambicioso franco, en Oriente, cuando tanto él como Teodosio habían comprendido que alguien como él podría serles de utilidad en el futuro.

–Oriente vuelve a ser fuerte. Las fronteras vuelven a ser seguras, y decenas de miles de guerreros godos se han unido a las huestes de mi señor.

–Celebro que así sea, como bien sabe tu señor.

Batuto miró en derredor con disimulo. Lo que allí se hablara debía ser secreto o estaría perdido.

Buteo, desde luego, tenía razón: no hubiera creído que Teodosio pusiera en marcha tan pronto su plan, aunque, bien mirado, aquello le convenía.

Cuanto más rápido fuera, menos tiempo estaría siendo un simple segundón al otro lado de la frontera, como pretendía Malobaudes.

–En cuanto a Occidente, hemos sabido que Graciano sigue tratando de convencer a todos los gobernadores y duces de que él es el más indicado para defender las fronteras, obviando así la voluntad de su padre, que eligió a su hermano Valentiniano para vestir la púrpura.

–Graciano es un joven enérgico, sin duda, pero se equivoca –convino el franco, alargando el brazo y tomando un trozo de carne.

–Sin duda es enérgico e intrépido, pero también temerario en exceso, y mi señor preferiría que fuera él quien decidiera por sí mismo alejarse del poder, circunstancia que, a cada día que pasa, parece más improbable.

Allí por donde he pasado he escuchado que la ambición lo ha cegado por completo, incluso se dice que ha comenzado a vestirse como esos alanos de los que ahora se rodea.

Alanos... –repitió esta palabra como si la sola mención le provocara arcadas.

Batuto dejó a un lado la carne y ladeó la cabeza, contrariado.

–Eso he escuchado: que no se separa de esos salvajes bajo ninguna circunstancia.

–Una prueba más de que ese pobre joven ha perdido el juicio. ¿Es que acaso nadie lo ve en Occidente, más allá de quienes se encuentran en Italia?

El franco volvió a llevarse el cuenco a la boca. Por fin comenzaba a entrar en calor.

–Malobaudes es su hombre fuerte. Mientras él viva, los francos lo seguirán.

Buteo asintió lentamente con la cabeza. Eso era cierto, y por eso estaba allí. Si querían que Graciano fuera derrotado, primero debía desaparecer Malobaudes.

–Es de justicia, pues Graciano ha encumbrado al viejo rey a la mayor de las dignidades; pero, cuando el jovencísimo Valentiniano necesite de alguien a su lado que sepa orientarlo y protegerlo, éste deberá ser alguien más joven y capaz.

Alguien como tú, Batuto, al que mi señor apoyaría sin dudarlo.

Así que imagino que sabrás que tal confianza como mi señor está dispuesto a depositar en ti no estará exenta de sacrificios...

El general franco arrugó el ceño, incómodo. Claro que sabía lo que tenía que hacer. Además, el trato frío y cortante que le había deparado Malobaudes a su regreso no había hecho más que confirmarlo.

–Cuando llegue el momento, sabré hacerme merecedor de tal honor, puedes quedar tranquilo, Buteo.

–No lo pongo en duda... Permanece atento a las noticias que lleguen del norte, pues tu concurso y el de los tuyos será necesario antes de lo que piensas. –«O quizá», pensó el britano, divertido, «tu inacción».

* * *

Diciembre del 382. Ctesifonte

Tumbado boca arriba, Goar contemplaba las estrellas por entre las anchas hojas de las palmeras.

Le maravillaba que, tan avanzado el año, casi cuando los cristianos celebraran el nacimiento de su dios, pudieran estar todavía al raso de noche.

En Brigetio estaría nevando, y el frío haría que los guardias no se ausentaran ni por un instante de las torres de vigilancia.

Allí, en cambio, la temperatura era agradable, y apenas corría una suave brisa que transportaba los sonidos desde la ciudad cercana y el de los miles de grillos que parecían haberse apoderado de pronto de la llanura.

La permanente sensación de bochorno había terminado con el estío, y desde entonces Goar no había tenido más remedio que convenir con Caris en que no se estaba tan mal allí, por mucho que los meses se sucedieran sin novedades, pues Estilicón no conseguía avanzar demasiado en sus negociaciones.

La suave voz de la mujer sacó de sus cavilaciones al alano y a un Alarico que apenas había hablado en todo el día.

–En Alejandría, en el Museion, uno de los maestros enseñaba a sus alumnos los nombres de cada una de las estrellas que iluminan el cielo.

Aquéllas de allí, por ejemplo, forman la constelación de Orión, la del cazador –explicó, recordando el lejano tiempo en el que ella había sido esclava en la ciudad de los saberes.

Goar siguió con la vista hacia el lugar donde apuntaba el brazo de la mujer, pero fue incapaz de distinguir figura alguna.

–Orión era un gran cazador, el mejor, capaz de hostigar y matar a los más salvajes y poderosos animales que poblaban los bosques y atemorizaban los poblados de Beocia.

Un día, envalentonado por el licor y por la compañía de los suyos, aseguró que no existía un animal en la faz de la tierra capaz de derrotarlo.

Tal fue su soberbia que la diosa Gea envió contra él, para escarmentarlo, a un diminuto pero ponzoñoso escorpión.

Mientras el veneno de aquel minúsculo animal recorría su cuerpo, Orión rogó a Zeus, el padre de los dioses, que le permitiera vivir para siempre en el cielo, junto a sus fieles perros de caza, así como con una liebre, para que todos los que alzaran la vista recordaran las aventuras del gran cazador, las victorias del hombre sobre las bestias.

Comienza a ser visible al inicio del invierno y desaparece antes de que empiece el verano, cuando Escorpión, su inesperado asesino, ocupa su lugar en el cielo.

Alarico, quien a sus ya doce años comenzaba a ser un joven fuerte gracias a las largas horas de entrenamiento diarias, escuchaba con los ojos muy abiertos, fascinado por aquella antiquísima historia.

–¿También os afanáis en poner nombre a las estrellas? –preguntó Goar, divertido ante la reacción del muchacho.

Caris se incorporó y lo miró con dureza.

–Hay hombres que aspiran al conocimiento como meta para ser mejores. No todos son como tú, alano, que sólo pareces ser feliz cuando hay lucha de por medio.

Goar protestó, pero continuó tendido, buscando inútilmente la figura de un perro en el cielo.

–Saber si hay un perro o un gato allá arriba no hará que aumenten mis posibilidades de sobrevivir mañana, así que prefiero seguir siendo como soy.

Tus sabios vivirían rodeados de lujos mientras otros los protegían, por eso podían permitirse holgazanear y divagar: porque unos salvajes como yo guardaríamos sus espaldas...

El sonido de unos pasos los alertó de que no estaban tan solos como habían creído.

–¡Al fin os encuentro! –Estilicón apareció entonces, acompañado de Arsaces y de otros armenios–. No pensé que me resultara tan difícil dar con vosotros cuando tengo buenas noticias.

–¿Qué ocurre? –preguntó Goar, incorporándose con rapidez.

Estilicón llegó junto a su amigo y apretó su hombro con fuerza.

–Por fin han dado el visto bueno a mis condiciones. Imagino que no les ha quedado más remedio que aceptar que la estrategia de Teodosio ha tenido éxito de verdad y que los godos se han convertido finalmente en sus aliados. En pocos días podremos regresar a casa.

Al escuchar aquello, la mente de Alarico voló muy lejos de allí, incluso más que las brillantes estrellas que hasta entonces acapararan su atención.

Volvió al interior de la tienda en la que su padre había encontrado la muerte y en la que el destino lo había separado de su hermana.

Durante demasiado tiempo no había tenido más remedio que templar sus nervios y calmar sus ansias de venganza, pero la hora de regresar al otro lado del mar había llegado.

El día en el que encontraría al asesino de su padre estaba un poco más cerca.