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CAPÍTULO XXVIII
Munzuk había cumplido los tres años. Era inteligente para su edad, pero también reservado.
Principalmente, porque su madre no permitía que nadie se acercara a él: ni los hombres violentos que seguían a su padre, ni las mujeres horrendas y serviciales con las que compartían campamento, ni siquiera los demás niños.
Para Hilduara, su hijo, como ella misma, estaba fuera de lugar allí, entre tanta fealdad e ignorancia.
Ellos estaban muy por encima de aquellos salvajes a los que utilizarían cuando llegara el momento.
Se oían los ladridos de unos perros de fondo.
Hilduara se deleitaba contemplando sus ojos verdes, verdaderas perlas de color esmeralda que parecían poder detener el tiempo.
Era el muchachito más hermoso que había visto, y ni siquiera el basto tono oscuro de su melena gracias a sus desvelos le restaba un ápice de belleza.
En ese momento, el sonido de unos pasos la hizo volverse, y también a Munzuk.
Estaban cerca, y los acompañaban unos quedos gañidos animales.
Iba a decir algo, airada por ver violentada su intimidad con su hijo, pero las palabras murieron en sus labios en cuanto descubrió que era Uldin. Sostenía entre sus brazos dos cachorros.
El príncipe se agachó y dejó a los animales sobre la hierba seca, y poco tardaron en trotar torpemente hacia donde se encontraba Munzuk.
Tenían, claramente, poco tiempo de vida.
Uno de pelaje grisáceo, casi azul, muy corto y de unas orejas enormes, con las que parecía que tropezaría en su inestable carrera.
El otro, en cambio, era totalmente negro, como la misma noche; tan oscuro que ni tan siquiera se distinguían las brillantes cuentas que tenía por ojos.
Hilduara venció el reflejo que la llevaba a proteger a su hijo de cualquiera que se le acercara. Era imposible que aquel par de cachorrillos le hicieran daño. Eran muy pequeños, torpes, sí, pero también juguetones y mansos.
–Los he llamado Nieve y Noche, y son tuyos, hijo mío.
Pertenecieron al último caudillo alano que osó enfrentarse a mí, a ti, a nuestro pueblo.
Ahora su alma vaga en el mundo de los muertos, condenada a no encontrar la paz jamás –dijo Uldin con expresión severa, pero su siniestro alegato no pareció amedrentar al pequeño, que se limitó a abrir los brazos para acoger a los cachorros.
Hilduara no apartaba la vista de él. Los animales parecían pelear entre sí para ver cuál de ellos era el primero en recibir las caricias de su hijo.
En pocos meses alcanzarían un tamaño considerable, pues pertenecían a la raza con la que los alanos pastoreaban al ganado.
Serían recios, fuertes y leales, justo lo que Munzuk necesitaba a su lado.
Uldin se sentó junto a ella, pero ésta lo ignoró de forma premeditada, volviendo la mirada fija en la inmensa y monótona llanura que se extendía frente a ellos.
Llevaban casi dos años viviendo en aquella planicie interminable.
En todo aquel tiempo, Uldin no la había desatendido, como sí había hecho en la ciudad de su padre, pero le dedicaba muy poco tiempo.
Había acudido a ella antes de cada batalla, de cada combate, para explicarle lo que estaba por acontecer, pero se había negado a llevarla con él, como sí había hecho anteriormente.
Así que no había tenido más remedio que permanecer en el campamento, junto al resto de mujeres y críos, custodiadas por guerreros de piernas arqueadas y rostros surcados por cicatrices, mientras Uldin y sus hombres asolaban la tierra a su paso, arrasaban cultivos y sembraban el miedo en los corazones de quienes aparecían en su camino.
Una tras otra, las tribus que tiempo antes se habían sacudido el yugo del rey Balamir no habían tenido más remedio que arrodillarse ante su hijo y su temible ejército.
–¿No te gusta el regalo que he hecho a nuestro hijo?
–Has dicho que los cachorros pertenecían al último caudillo alano... ¿Eso significa que todo ha acabado ya? –preguntó Hilduara, esperanzada.
–Así es. Nadie discute ya mi autoridad ni la de mi padre. Hemos pacificado esta tierra ofreciendo a nuestros dioses la sangre de sus enemigos.
A cierta distancia, Munzuk se agachó y tomó una rama. La agitó sobre su cabeza, y los perros comenzaron a saltar. En cuanto la lanzó, los dos comenzaron una loca carrera.
–¿Podemos abandonar ya este lugar?
Uldin asintió, y por primera vez los ojos de la mujer buscaron los suyos.
–Eso haremos en cuanto estemos seguros de que nadie se atreverá a alzarse nuevamente. Antes del inicio del invierno regresaremos, te lo prometo.
–¿Para postrarnos ante tu padre y soportar los desprecios que le reserva a nuestro hijo?
Uldin miró al muchacho. Le gustaba, pero sus hermanos irían delante de él en la línea sucesoria; incluso que Hilduara quedara embarazada nuevamente podía condicionar su futuro.
Pero debía reconocer que parecía despierto, incluso inteligente para ser tan pequeño.
Debía serlo si quería sobrevivir en el mundo que le había tocado vivir.
Sagaz, sí, pero también taimado y siempre dispuesto a hacer lo necesario para imponerse a sus rivales.
–Pasaremos allí una corta temporada. Antes de que llegue el verano, volveremos a ponernos en marcha, sólo que entonces lo haremos con destino a las tierras de Roma, como te prometí.
Hilduara se giró hacia él, súbitamente esperanzada, y desenvainó a Alimaña. Se rasgó la piel de su mano izquierda, sin torcer el gesto, y le tendió la hoja.
–Un pacto nos une desde hace años, y una promesa nunca debe hacerse en vano.
El príncipe alargó el brazo y tomó el puñal, despacio.
Él había cumplido su parte hasta entonces, pero no era menos cierto que ella también.
Tan cierto como que el viejo Bleda seguía hablando a través de Hilduara, pues, allí donde la mujer lo había predicho, su hueste se había alzado una y otra vez con la victoria.
Suspiró y se abrió la carne lentamente con la afilada hoja del cuchillo ritual.
–Aquí tienes mi promesa –anunció, solemne, mezclando su sangre con la de ella.
* * *
Noviembre del 382. Provincia de Germania
Tito Buteo había recorrido centenares de millas a través del Imperio desde que abandonara a su señor.
Tras asegurarse de que Modario y los suyos se asentaban correctamente, se había adentrado en las tierras bajo gobierno de Graciano, sin detenerse hasta llegar a orillas del mar Germánico, a la ciudad de Ulpia Noviomagus, donde descansaría antes de continuar su viaje.
Pero antes había despachado a dos emisarios hacia el este, al otro lado del gran río que los separaba de las tierras de los francos.
Nadie en la ciudad, triste y lluviosa como su añorada Britania, podía imaginar que uno de los mayores confidentes del augusto de Oriente se encontraba allí, pues Buteo no vestía ropas elegantes, ni se hacía anunciar.
Todo lo contrario. Su aspecto era el de un simple comerciante, eso sí, al que escoltaban media docena de hombres de aspecto fiero, cada uno vestido a su manera.
Y, como buen comerciante, se había hospedado en una de las tabernas en el antiguo puerto comercial, un barrio sucio y oscuro, pues los barcos que se dirigían desde el norte hasta el mar Germánico cada vez eran menos, y menos aún los que se detenían en la ciudad teniendo el fortificado y seguro enclave de Castra Vetera en las cercanías, allí donde se habían establecido el magister militum Malobaudes y parte de sus francos.
Buteo ya comenzaba a impacientarse. Los días se acortaban, y eso dificultaría sus planes, pues cada vez serían menos las naves que se atrevieran a hacerse a la mar pese a los contactos de los que disponía.
Pero, al fin, sus dos emisarios regresaron, acompañados por cuatro hombres más.
Al momento, Buteo ordenó al posadero, al que conocía de su estancia en Britania, que se marchara y los dejara a solas.
–Bienvenido, ilustre Batuto –saludó el arcani cuando éste entró en el salón.
Se hallaba sentado junto a una mesa sobre la que destacaban una olla humeante y dos cuencos de vino, mientras los suyos vigilaban cualquier entrada al edificio.
El franco, bastante más alto y agraciado que Buteo, se deshizo del capote y se acercó a él con lentitud, mientras lo miraba de forma descarada.
Batuto estaba a punto de alcanzar la cuarentena, pero seguía siendo ancho de hombros, con cabello trigueño y ojos color miel.
Arrojado en el combate y de espíritu despierto, había conseguido hacerse un hueco entre los principales oficiales francos de los que hasta entonces Graciano se había servido en sus guerras, pero siempre bajo la sombra de Malobaudes, el favorito del emperador.
Era valiente, pero también cruel, y ambas eran cualidades que Buteo sabía apreciar, aunque vinieran de un bárbaro.
–Estás muy lejos de tu señor, Tito Buteo –comenzó el franco, escogiendo sus palabras con cuidado.
–Así es, pero igualmente sigo sirviéndolo. Incluso aquí. Mi lealtad no entiende de distancias.
Batuto asintió. Sobradas muestras había tenido de ello los casi tres años que había servido bajo las órdenes de Teodosio en Oriente.
–Cuando me anunciaron que te encontrabas en Noviomagus, dudé que fuera cierto.
Me alegro de haber seguido mi instinto. Imaginé que sólo alguien como tú habría elegido una ciudad pequeña para sus propósitos, teniendo Castra Vetera tan cerca.
–Tomó el cuenco, agradeciendo el calor que desprendía el barro cocido.
–En Castra Vetera nos hubiera resultado más difícil charlar de nuestros asuntos, con los hombres de Malobaudes tan cerca, ¿no crees?
–Por supuesto. Como siempre, has obrado con cautela y sabiduría.
–Y con rapidez, por lo que veo, pues no me esperabas tan pronto.