Dragón 27 #3
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El acuerdo alcanzado en el funeral de Atanarico entre el emperador y los diferentes caudillos godos parecía haber fructificado.

Las tribus y confederaciones seguían siendo aliadas de Roma, y el emperador había cumplido su palabra asentándolas en su territorio, lo que no había hecho su predecesor Valente.

Flavio Teodosio había dispuesto que se instalaran a lo largo de la frontera del Istro, Los mismos que tiempo atrás habían quebrado dicha frontera estarían en adelante a cargo de su defensa.

Y, para ello, el emperador se había ocupado personalmente de repartir a las tribus entre las provincias y guarniciones, separadas entre sí.

No sólo para que su elevado número no agotara los recursos de una determinada zona y poder así abarcar una franja más extensa de la frontera, sino también para mantener alejados entre sí a los jefezuelos y evitar la tentación de aunarse de nuevo en adelante, asegurándose así su lealtad.

Todos los líderes godos parecían satisfechos con el acuerdo.

Todos, salvo Modario, que, pese a la evidente deferencia que había mostrado para con él Flavio Teodosio, no había visto cumplida su ambición de reinar sobre todas las tribus tras la muerte de Atanarico.

En realidad, aquel sueño se había esfumado ante sus ojos cuando cada tribu partió hacia sus nuevas tierras, y tuvo que conformarse con conservar a su lado a los pocos miles que Atanarico había traído consigo desde las montañas.

A principios de julio, a Modario le había tocado el turno de marchar de la capital imperial junto con el pueblo del antiguo juez.

Y lo habían hecho por las amplias calzadas, atravesando poblados casi deshabitados en los que todavía podía apreciarse la terrible huella que había dejado impresa en ellos el fuego y la guerra.

Avanzaron tranquilamente hacia el norte, sin nada que temer por primera vez en años, llevando consigo animales y enseres, todo cuanto poseían, y después, muy cerca ya del Istro, continuaron hacia el oeste hasta adentrarse en la diócesis de Mesia, la región más occidental de las posesiones de Teodosio, limítrofe con Panonia, ya bajo el gobierno nominal de Graciano.

El emperador, consciente de que el éxito de su estrategia dependía en buena parte de conseguir granjearse la amistad de cada uno de los caudillos, pero sin menoscabar la autoridad de Modario, lo había despedido con los más grandes honores, le había hecho onerosos regalos y además le había entregado una veintena de experimentados administradores para facilitarle la tarea de gobernar Viminacium, su destino final. Entre ellos iba el fiel Tito Buteo.

En cuanto llegaron, a mediados de agosto, Modario había sido reconocido con la dignidad de dux , circunstancia que lo complació, pues ninguno de los suyos, que él supiera, había obtenido tal distinción.

Poco a poco, el caudillo tervingio se convirtió en el nuevo dueño y señor de una ciudad de la que, para entonces, había huido la mayor parte de su población, atemorizada, precisamente, por la presencia de aquellos mismos hombres que ese día eran sus señores.

Acostumbrado a la magnificencia de Constantinopla los últimos meses, Viminacium le pareció gris, sucia y pequeña, pero no tardó en comprobar que aquello que precisamente él detestaba parecía satisfacer a sus seguidores, que no tardaron en acostumbrarse a vivir allí, contentos tras tantos años de penurias.

Aprovecharon el gran número de edificios abandonados para instalarse ellos, y las sólidas casas de piedra no tardaron en ser acondicionadas según las necesidades de sus nuevos y rústicos habitantes.

Éstos, además, suspiraban tranquilos cuando oteaban el horizonte hacia el imponente curso de agua que los separaba de la orilla norte del Istro, donde, imaginaban, camparían a sus anchas los temibles jinetes hunos de Balamir.

Modario había ocupado para sí el viejo y destartalado campamento militar que había dado origen a la ciudad siglos antes, obligando a las escasas decenas de desanimados soldados que aún componían la menguada guarnición, y que no se habían marchado porque tenían allí a sus familias, a hacerse cargo de restaurar el foso y los muros con la ayuda de los esclavos que los godos habían traído consigo.

Una vez todo apaciguado, Buteo había decido que había llegado el momento de marcharse.

Aguardó su turno para despedirse de Modario, mientras éste soportaba que los administradores le indicaran qué pueblos cercanos debían satisfacerle los impuestos con los que mantener las torres y los fortines que protegían el curso del río.

De repente, el britano se fijó en dos mujeres que hablaban a cierta distancia.

Se trataban de Gosvinta y la matrona que se hacía cargo de ella.

Tiempo atrás, Buteo hubiera sentido lástima por la muchacha, por su destino, pero no entonces, cuando tanto había visto y tanta desgracia le quedaba por ver, muchas veces siendo él el causante.

La balta sufriría a manos de Modario, sí, pero no más que otros tantos.

Lo único que importaba era que Roma, que la civilización, se impusiera a las tinieblas y a los bárbaros que la habitaban, sin importar el precio, como había hecho Teodosio pocos meses antes.

–He oído que nos abandonas, ¿es eso cierto, amigo Buteo? –aseveró Modario, jugueteando con una copa de vidrio y adornos de oro que le había servido instantes antes un asustadizo esclavo cuyo origen no fue capaz de reconocer el romano.

Buteo dirigió un gesto de reconocimiento a los administradores, y pensó en que tampoco le gustaría estar en su pellejo.

Eran algunos de los mejores funcionarios del emperador, y allí serían también sus ojos y oídos, por lo que debían acostumbrarse, y rápido, a tratar con tipos de la calaña de Modario.

–En efecto, debo regresar para continuar cumpliendo con las órdenes de mi señor.

–Eres un perro leal, eso no se puede negar –proclamó el godo, evidentemente achispado, y parte del contenido de su copa regó el suelo.

Buteo no se incomodó por el comentario. En parte, era todo un cumplido.

Lo mismo podía decirse de Modario, que había sido una marioneta en manos del antiguo juez, y ahora en manos del emperador.

Un emperador que había decidido que el principal de sus aliados godos, el más leal, pero también el más salvaje, se instalara allí, muy cerca de las provincias de Graciano, desde luego no por casualidad.

Teodosio estaba dispuesto a demostrar que, solventada la crisis, no aceptaría nuevamente que su homólogo de Occidente se inmiscuyera en sus asuntos.

Había despachado a sus generales francos, Merobaudes, Batuto y Arbogasto, con las mejores palabras, regalos y promesas, dispuesto a ganarse su voluntad en el futuro, y Tito Buteo, como no podía ser de otra manera, había sido su interlocutor.

–Tú y yo no somos tan diferentes, no se nos ocurriría morder la mano del amo que nos da de comer. ¿Me equivoco, dux ?

Modario se recostó en el sillón y esbozó una sonrisa estúpida.

Le aburría el parloteo de aquellos romanos de ojillos huidizos que pretendían decirle una y otra vez lo que debía hacer y anotaban hasta el más mínimo detalle en aquellas ridículas tablillas enceradas.

Si por él hubiera sido, éstas serían pasto de las llamas, junto con aquellos que las utilizaban.

–Sólo que mi señor ha muerto, por lo que yo ocupo ahora su lugar, y el tuyo se encuentra muy lejos.

Buteo agarró una de las sillas y se sentó. Elevó las piernas y las situó sin ningún cuidado sobre el escritorio.

–Ahora mismo compartimos señor, Modario, no lo olvides, o el augusto no será tan dadivoso contigo. No importa lo lejos que creas que esté, pues en verdad está en todos lados, como su Dios. Estoy seguro de que a Valtario, sin ir más lejos, le encantaría que a él también lo nombraran...

El godo bufó y lanzó la copa hacia atrás. Se hizo añicos contra la pared, a escasa distancia de Gosvinta.

–Ese advenedizo merecería que lo colgaran por las pelotas.

Buteo, satisfecho, echó un trago. Después de todo, había sido inteligente no deshacerse de Valtario en Constantinopla. Les convenía que aquellos salvajes se mantuvieran en tensión.

–Ignóralo, Modario. Tú estás llamado a ser el primero de entre los tuyos, y el emperador te distinguirá en adelante como el más fiel y letal de sus aliados. Tan sólo debes de tener paciencia, hasta que se te ponga a prueba una vez más. La última, quizá.

–Nunca hablas claro, romano, pareces una jodida mujer...

–Disfruta de tu gobierno, dux . Volveremos a vernos en unos meses.