Dragón 27 #2
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27 #2

Llegado el mediodía, a Corvino le dolían no sólo los pies, sino también la cabeza. De poder elegir, hubiera obligado a todos aquellos salvajes a mantener la boca cerrada. Cuando se encontraban de regreso, cerca ya del embarcadero, tomó la palabra por primera vez:

–Estoy gratamente sorprendido –reconoció, con el mentón alzado y la mirada perdida más allá del hombro de Alateo.

En el fondo, nada le disgustaba más que ver que los salvajes prosperaban. Le disgustaba que otros medraran cuando él no lo hacía, y, aunque se había propuesto esquilmar a sus nuevos vecinos, no le había quedado más remedio que ayudarlos.

–Gracias a los agrimensores e ingenieros que nos cedió el prefecto –afirmó Cayo Nepociano, para el que la hosca expresión de Corvino toda la mañana no había pasado desapercibida.

Corvino asintió. Bien lo sabía él, a su costa.

–¿Tenéis noticias del Barbaricum? Todo parece estar demasiado tranquilo ahora que esos malditos godos han comprendido que debían someterse al poder de Roma.

Alateo frunció el ceño. Él también era godo, aunque no tervingio. Si con el paso de los meses había llegado a apreciar a Nepociano, no podía decirse lo mismo de su superior.

–Enviamos partidas de alanos cada cierto tiempo, pero no han surgido problemas. Los cuados permanecen en sus asentamientos, así como los demás pueblos. –«Estamos demasiado al oeste como para que esos hijos de puta de los hunos se atrevan a venir aquí», pensó, mas se guardó de decirlo.

Con las manos entrelazadas a la espalda, Corvino subió al bajel.

–Parece que os hemos ayudado a fortificar una posición en la que nadie está interesado. Sólo el tiempo dirá si ha sido un buen negocio. Ahora, debo marcharme.

A la orden del prefecto, los remeros hincaron las palas en la orilla y comenzaron a mover la nave hacia la corriente.

–A vuestro superior tan sólo le falta cagarse encima, menudo hijo de perra –gruñó Alateo, incapaz de refrenar su lengua un instante más.

Nepociano rio, y enseguida pensó que ojalá la distancia que ya había entre ellos fuera suficiente para que Corvino no hubiera reparado en su reacción.

–Es joven –intervino Amage, flanqueada por Marval y por Fariban.

–Es un jodido estúpido. Si todos los oficiales de vuestro Imperio fueran como ese tiparraco, hubiera llegado a Roma sin siquiera proponérmelo –respondió Alateo, escupiendo de malos modos.

Marval sonrió, y Nepociano le apretó el hombro.

Se alegraba por el joven, que ya parecía un hombre.

Se había marchado de su tierra siendo un muchachito asustadizo, regordete y parlanchín, del que él mismo no había creído ser capaz de sacar un guerrero.

Se había equivocado, y no solía hacerlo.

Los años a su mando y al de Marcial lo habían curtido, pero en esos meses había madurado definitivamente.

–Nada debéis temer. El emperador fue muy claro: mientras cumpláis vuestra parte del trato, él también lo hará. Yo soy el garante de esa promesa –sentenció Nepociano, conciliador.

* * *

Julio del 382. Ctesifonte. Persia.

El calor era abrasador; tanto que Goar ignoraba cómo era posible que todavía le quedara una sola de gota de líquido en el interior del cuerpo.

Llevaban más de dos meses en la capital persa, y desde entonces apenas había pasado un solo día sin que dejara de sorprenderse por todo lo que ocurría a su alrededor.

Primero lo había maravillado el fértil paisaje que circundaba la ciudad, una planicie inmensa, hasta donde llegaba la vista, regada abundantemente por dos amplios ríos de cauce casi tan ancho como el del Istro, pero de aguas cristalinas y corriente tranquila.

Una llanura sólo rota por una infinidad de árboles extrañísimos para él, que jamás antes había visto una palmera.

El trato con sus anfitriones tampoco lo había dejado indiferente.

Los había imaginado altivos y desconfiados, taimados incluso, pues conocía la inquina entre romanos y persas tras generaciones de hostilidad, pero parecían ser educados y atentos, aunque extremadamente ceremoniosos y obsesionados con la jerarquía.

Su aspecto también le resultaba raro, aunque en aquellos años dentro de las fronteras de Roma creía haber visto gentes de todo tipo y condición.

Las mujeres continuaban siendo un misterio para él, pues apenas se dejaban ver fuera de sus casas, siempre tapadas.

Los hombres, en cambio, eran de tez aceitunada y gustaban de lucir largas y cuidadas barbas con innumerables rizos; vestían, por otro lado, ropas coloridas y amplias, profusamente decoradas, incluso con hilos de oro y plata, y usaban afeites para el rostro, lo que le había llevado a pensar erróneamente que debían ser guerreros cobardes y apocados.

Con el paso de los días se dio cuenta de que, pese a todo, su pueblo tenía más semejanzas con ellos que con los romanos.

Por ejemplo, eran muy diestros en la caballería, jinetes excepcionales y arqueros letales, tal como pudo comprobar en las cacerías a las que habían sido invitados.

En todo caso, también las cacerías eran diferentes.

En ellas se reunían centenares de cazadores y un todavía mayor número de sirvientes, que liberaban animales jamás vistos antes por el alano: avestruces, leones, guepardos, asnos salvajes y rinocerontes, monstruos de leyenda a ojos de Goar.

Luego, por la noche, servían su deliciosa carne en enormes pabellones fabricados con la más lujosa tela e iluminados con infinidad de lámparas de dorado brillo, bajo los que una multitud de comensales rememoraba entre risas los lances del día.

No podían quejarse del trato de sus anfitriones, todo lo contrario, pero apenas habían avanzado en las negociaciones.

Estilicón había descubierto que los secretarios del máximo dignatario persa preferían tomarse con calma todo lo referente a la oferta de paz; quizá, imaginaba, con la esperanza de comprobar si efectivamente el acuerdo del Imperio con los godos era duradero o no.

Así que la misión se había estancado, y a cambio vivían una vida de placeres y lujos, pero, también, sujeta a un calor sofocante.

–¿Te encuentras mal? –preguntó Alarico a Goar.

El alano se había apoyado en la pared de la habitación que compartía con el muchacho, con la esperanza de que ésta mantuviera cierto frescor.

El pecho le subía y bajaba trabajosamente, y su respiración era entrecortada.

El godo, por su parte, vestido únicamente con un calzón, y con el pecho sudoroso, había estado reproduciendo con la scrama las posturas que el alano y Arsaces le venían enseñado desde hacía meses.

Era un alumno aplicado, el mejor que había tenido, de hecho, aunque también el único.

–¿El fuerte y enérgico alano no es capaz de soportar un poco de calor? –lo sermoneó Caris desde el otro extremo de la estancia, donde tejía.

Al contrario que sus compañeros, la mujer parecía estar disfrutando de aquellas semanas de tranquilidad en la que apenas nada de lo que hiciera durante el día importaba.

No había estado antes en Ctesifonte, pero la capital persa le resultaba mucho más familiar a Alejandría, a su lugar de origen, que la lejana Tracia donde había vivido durante los últimos años.

Le encantaba aquella rutina; también, que nadie le dijera lo que debía hacer en cada momento.

Disfrutaba por las mañanas en el interior de la casa, pero también por las tardes, cuando se acercaba al río para escuchar el rumor de las múltiples aves que, en su periplo hacia el sur, se detenían allí una temporada.

Si la vida de Gosvinta no dependiera de ellos, hubiera deseado que aquella embajada durara para siempre.

–¿Un poco? Siento que el tuétano de mis huesos burbujea... –repuso Goar, recostándose aún más contra la pared en busca de un frescor imposible.

Caris rio la ocurrencia.

–¿Cuándo fue la última vez que bebiste agua? ¿Acaso todos los alanos son tan frugales como tú?

–Al levantarme, tenía la garganta seca.

–¡Al levantarte! ¿Acaso estos persas, con lo generosos que son, te racionan el agua?

–Un alano puede cabalgar durante todo un día sin necesidad de beber ni de comer. No lo necesito –arguyó Goar, orgulloso.

–Eso será en tu tierra, allá donde esté, no aquí. Aquí el verano es la estación más peligrosa del año, igual que en Egipto. Hasta los animales lo saben, y por eso apenas se dejan ver durante el día y beben cada vez que tienen oportunidad. Ven, déjame verte –insistió la mujer, meneando la cabeza.

Goar hizo amago de apartarse, pero Caris le cogió el mentón con la mano derecha.

–¿Crees acaso que soy un caballo? –protestó él.

–Desde luego que no. Un caballo colaboraría más. Anda, abre la boca.

Alarico había dejado la scrama y sonreía, divertido por la escena y el creciente apuro del alano.

–¿Has orinado hoy? –preguntó Caris, arrugando la nariz al notar su aliento.

–¿A quién le puede interesar eso?

–A ti, debería...

Goar se apartó con timidez.

–Al levantarme, creo –mintió, pues lo cierto era que había ido por última vez la noche anterior, apenas unas gotas.

–¿De qué color era?

–¿Ahora también quieres saber el color? –protestó, pero terminó por claudicar ante el severo gesto de la mujer–: Más oscura de lo habitual.

–Tienes que beber más agua, alano, y comer, aunque el calor te quite el apetito.

–No tengo hambre. Es imposible tenerla con este calor que consume hasta los huesos...

–Todavía no ha llegado el mes más caluroso del año, Goar, ¿quieres no ser más que pellejo y huesos para cuando eso ocurra?

El alano sintió como Alarico, a espaldas de la mujer, le dedicaba un gesto de mofa.

–Ahora, muévete –insistió Caris–. Iremos primero a las cocinas para que bebas agua, y cuando el sol esté cerca de ponerse, iremos al río. Allí comerás algo y te bañarás. Verás como te sentará bien.

–¿Bañarme también? ¿Acaso también quieres que me beba el río?

–Goar, además, apestas.

* * *

Agosto del 382. Diócesis de Mesia