Dragón 27
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CAPÍTULO XXVII

La partida de Graciano al fin había llegado al enorme muro que cruzaba de un extremo a otro el norte de la provincia.

Cargaban con los cadáveres de treinta y dos de los suyos y con casi otra veintena de heridos, apurando el paso, sin apenas detenerse ni de día ni de noche.

Habían sufrido bajas, pero sobre el terreno habían dejado a más de un centenar de aquellos guerreros pintados de azul.

No se había respetado la vida de los heridos, tampoco de los que se habían rendido y suplicaron clemencia en una lengua ininteligible para ellos.

En el instante en el que la silueta de la formidable defensa que separaba la provincia romana de las tierras de los salvajes apareció ante ellos, Safrax y los suyos perdieron involuntariamente el paso de la montura del emperador.

Aquélla era una verdadera frontera de piedra, no como con la que fantaseaban cuando eran niños.

Allí no había río alguno que detuviera el avance de las tribus.

Sólo una imponente construcción a la que se adosaban fortines cada cinco millas, precedida de un foso profundo y ancho como jamás habían visto.

Poco después, Graciano, agotado, pero también poseído por un humor de mil demonios, irrumpía en el salón en el que Magno Máximo debatía con su Estado Mayor.

–¡Mi señor Flavio Graciano Augusto! –exclamó el gobernador, corriendo hacia él con los brazos abiertos, en actitud implorante–. He escuchado lo ocurrido, ¡y me alegro tanto de veros sano y salvo!

El joven emperador miró en derredor y comprobó que Safrax, Tasio y Palaco ya se situaban a su espalda. El rumor de los miles de anillas de sus armaduras al moverse le resultó tranquilizador.

–No sólo he tenido que perseguiros por toda la isla como si fuera un vulgar pedigüeño, Magno Máximo, sino que además he sido atacado a pocos días de aquí. ¿Así es como defendéis la provincia que os ha sido encomendada?

El gobernador se inclinó, solícito.

–Cuando me lo contaron, no podía creerlo, mi señor. Esos pictos malnacidos, esos ladrones de ganado habrán cruzado por mar desde sus salvajes tierras con la esperanza de robar en nuestra retaguardia, evitando a nuestras tropas. Lamento muchísimo tal encuentro, augusto.

Graciano dejó de apretar los puños, aunque todavía estaba lejos de calmarse.

–Eran al menos doscientos... ¿Hacen falta tantos de esos malnacidos para robar unos cuantos terneros?

–Esos salvajes son impredecibles, mi señor. Ése es uno de los motivos por el que nunca hemos conquistado por completo esta isla. Pero la buenaventura quiso que vos estuvierais ahí y les dierais su merecido.

Safrax agradeció de inmediato el calor del brasero que se encontraba a su derecha.

Jamás había pasado tanto frío como aquellos últimos tiempos en esa tierra extraña, y arrastraba una tos que nunca terminaba de calmarse.

Allí el frío era húmedo, no como en la estepa, y parecía atravesar hasta las botas fabricadas con la mejor de las pieles, también la ropa de mayor abrigo.

Evaluó el rostro del gobernador, el tipo por el que habían recorrido la isla de sur a norte, y le desagradó de inmediato.

Su nariz era demasiado ancha, y en sus ojos se podía apreciar un poso de arrogancia.

–Debisteis aguardar mi llegada en Londinium, como os pedí. Nada de esto habría ocurrido... –continuó Graciano con sus protestas.

Máximo hizo una seña a su espalda para que unos sirvientes se dirigieran a la estancia contigua y prepararan un refrigerio con el que agasajar al emperador.

–Y lo hubiera hecho, mi señor, si la situación no hubiera sido tan desesperada.

Esos salvajes comenzaron a atacar los campamentos orientales a finales del verano.

Creímos que la llegada del otoño y el mal tiempo –aquello hizo que tanto Safrax como el resto de los alanos arrugaran el ceño– los haría regresar a sus montañas, pero sucedió todo lo contrario.

Los ataques se volvieron más violentos y temerarios, y al final no tuve más remedio que venir hasta aquí para evaluar la situación.

Al norte del muro no viven hombres, mi señor, sino bestias...

Ésa es la maldición de esta isla... Ahora, venid y tomaremos un refrigerio, hablaremos con calma, mi señor augusto.

–Le señaló la puerta a su izquierda, por la que varios esclavos pasaban entonces cargados con jarras, bandejas y copas.

Graciano dejó caer los brazos y siguió al gobernador, no sin antes lanzar una mirada hacia Safrax y ordenarle sin palabras que permaneciera allí, atento.

En la habitación habían dispuesto dos divanes y sendas mesas abarrotadas de todo tipo de comida y de bebida. Magno Máximo dedicó al emperador una amable seña para invitarlo a tomar asiento.

–Vuestra escolta es tan magnífica como vos, mi señor, pero me pregunto, si me permitís, de dónde provienen esos hombres de largos cabellos rubios, más altos que el mayor de mis legionarios. Uno, incluso, tiene la cabellera completamente blanca, sin por ello ser un anciano...

–Son alanos.

–¿Alanos? –Máximo sacudió la cabeza, asombrado–. Creí que los hombres de esa tribu vivían en Oriente, muy al este del Istro, como los sármatas que en ocasiones nos han servido como caballeros.

–Y así es, pero, como sin duda sabréis, en aquella región es como si alguien hubiera agitado un avispero y todos los que allí vivieran hubieran corrido para ponerse a salvo de las picaduras. Son hombres leales y valientes.

–Estoy seguro de ello, augusto. Ahora, comed algo... Estaréis agotado después de tan largo y duro viaje.

Graciano dudó, pero no veía atisbo de sorna en las palabras ni en los modales del gobernador, así que tomó una de las copas y se deleitó con su contenido.

–Esta isla siempre ha sido un nido de problemas, también lo fue en época de mi padre –comentó después, recuperando la calma–.

Por fortuna, eligió bien a quienes debían poner en orden los asuntos del Imperio aquí.

El viejo Teodosio, su hijo, y ahora tú, Máximo.

Todos habéis hecho un gran trabajo desde aquel aciago día en el que esos salvajes a punto estuvieron de hacerse con el control de toda la isla.

Máximo se recostó sobre el diván, complacido por las palabras del emperador.

–Vuestro padre fue uno de los mejores augustos que se recordarán, como vos, mi señor. Hacía falta mano dura con quienes pretendían acabar con el orden de Roma, y él supo verlo. Nosotros sólo ejecutamos sus órdenes lo mejor que supimos.

Graciano asintió y se estiró un poco para tomar un pastelillo de almendra.

–Estamos en un momento crucial, Máximo, y no sólo aquí, en Britania.

Lo ocurrido en Oriente ha sumido en el caos a la mitad del Imperio, pero aquí, en Occidente, tampoco estamos a salvo.

El equilibrio se ha roto, los bárbaros saben que pueden cruzar nuestras fronteras y someter el territorio a sangre y fuego, como tú, por desgracia, también has comprobado en tus carnes.

Necesitamos un imperio fuerte, con emperadores fuertes y gobernadores capaces, como tú y como yo.

–Gracias por vuestra confianza, mi señor augusto.

–El gobernador agachó la cabeza en señal de gratitud–.

Espero ser merecedor siempre de ella. La muerte de vuestro tío fue una tragedia para todos, pero creo que habéis hecho bien en promocionar al joven Teodosio.

Pocos hombres más capaces he conocido en mi vida.

Con él en Oriente y con vos en Occidente, el Imperio está en las mejores manos.

Seremos capaces de reponernos, como ya estamos viendo.

–Estamos en disposición de conseguirlo, pero no podemos permitirnos un solo paso atrás –respondió, tajante, el augusto–.

No se te escapa que mi hermano pequeño, Valentiniano, es un muchacho timorato, gobernado por su madre.

Si dejamos que él se ocupe de la defensa de las fronteras, podríamos lamentarlo, pues nuestros enemigos han olido ya nuestra sangre...

–¿Y qué es lo que proponéis, mi señor?

–No estoy en contra de la voluntad de mi difunto padre de elevar a la púrpura a mi hermano, pero no le entregaré el mando de los ejércitos de campaña ni de los limitanei hasta que demuestre estar preparado para ello.

No pretendo gobernar el Imperio, tan sólo quiero defenderlo.

Mi hermano podrá ser el augusto cuando llegue el momento, pero permanecerá en Italia mientras yo protejo sus fronteras.

–Una proposición loable, mi señor –reconoció Máximo, volviendo a llenar las copas–. Pero ¿qué puedo hacer yo por vos más que declararos mi lealtad, como la tuvo también vuestro padre?

–Eso es, precisamente, lo que quiero. Tu lealtad al Imperio, a mí, cuando llegue el momento.

–Y la tendréis, mi señor, como la habéis tenido hasta ahora, podéis estar seguro.

Graciano sintió por primera vez el cercano brasero calentándole el cuerpo, así como que su estómago dejaba de protestar. La pesadilla había terminado, y había conseguido su objetivo.

–Sabré recompensar a todos los que me hayan sido leales cuando llegue el momento, Máximo, y si algún día llegas a aburrirte de estos montañeses y de esta mierda de isla, imagino que no tardaré en necesitar del concurso de un gobernador leal y eficiente que dirija la rica y próspera África...

* * *

Abril del 382. Kelemantia

Marco Elio Corvino había guardado silencio todo el largo trayecto que lo había llevado a conocer los avances en la orilla norte del Istro durante los últimos meses.

Lo que había comenzado siendo un poblado de tiendas ya se asemejaba a una primitiva ciudad, circundada por completo, salvo por el lado del río, por una cerca de sólida apariencia.

En esos momentos, el aspecto de Kelemantia no debía de ser muy diferente del de cualquier otra cannaba siglos atrás, cuando los primeros pobladores habían decidido unir su suerte a la de los legionarios que ocupaban el fortín.