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–¡Oh, esto que cuentas es maravilloso, joven!
–exclamó Amiano, visiblemente emocionado–.
Marcho ya para añadirlo a mis notas cuanto antes, y os dejo solos, que imagino que este joven ha venido no para hablar sólo con un viejo historiador como yo.
Aunque quiero que sepas que siempre que regreses a Antioquía, Goar, serás bienvenido.
Amiano volvió a guardar los pergaminos en el estuche y salió de la estancia, ufano, mientras el sármata lo observaba con condescendencia.
–Amiano es un gran hombre, de lo mejor que podemos encontrarnos en esta vida, sin duda.
Y ahora, muchacho, ¿por qué has venido a verme?
Y disculpa que te llame muchacho, pero es que los viejos añoramos tanto la juventud que nos aferramos a ella con la palabra, ya que no podemos hacerlo con nuestros actos. No me lo tengas en cuenta.
A Goar nunca le había importado que lo llamaran así; le gustaba, más, proviniendo de veteranos como Víctor o Flavio Constancio.
–Mi señor Víctor...
–Eh, eh –lo amonestó el sármata–. No te dije nada delante de Amiano, pues él es muy tradicional, pero, si sigues llamándome así, yo seguiré diciéndote muchacho. Ya no soy ningún señor, ni siquiera lo soy en mi casa...
Ambos rieron, y el eco de la risa reverberó en el interior de aquellas paredes decoradas con tanto gusto como las del palacio imperial de Constantinopla.
–Ahora, dime, ¿qué era eso tan importante que te ha hecho venir hasta aquí solo?
–Mi señor Víctor –comenzó a hablar, pero la protesta del antiguo general murió en sus labios en cuanto Goar apartó la tela del paquete que acababa de colocar sobre la mesa–, esto es vuestro.
El sármata alargó la mano, tembloroso, y recorrió cada una de las delicadas volutas de plata y las finas y relucientes placas de nácar del crucifijo.
–Pero ¿cómo ha llegado esto a tus manos, hijo? –preguntó, de pronto sin aliento.
–Lo encontré en Macedonia, en la tienda de un caudillo godo.
Era el padre del chico que nos acompaña, pero éste asegura que no combatió con la caballería ese día, así que no fue él quien acabó con la vida de Pablo, pero el crucifijo acabó entre el botín que le correspondió tras la batalla.
Lo he llevado conmigo desde entonces. Cuando el señor Constancio nos dijo que pudiera ser que estuvierais aquí, deseé que fuera cierto, para poder devolvéroslo.
El sármata tomó la cruz con veneración y se la llevó al pecho, como hiciera tantas veces en el pasado, embargado por la emoción.
–Es vuestro, mi señor..., pero me gustaría haceros unas preguntas al respecto de Pablo. Hace muchos meses que duermo mal, y en mis sueños aparece su rostro, el de Pablo, una y otra vez. Por desgracia, en el poco tiempo que compartimos, apenas hablamos de su pasado, que es lo que hoy me atormenta.
Víctor lo escuchaba, aunque era incapaz de desviar la mirada de la brillante superficie del crucifijo.
–Nunca fue un hombre muy comunicativo, sobre todo en lo que a su vida anterior se trataba, pero sí fiel, y un gran guerrero, el mejor.
Su nombre era Respendial, y lo conocí en la terrible expedición del emperador Juliano a la capital persa.
Allí, como muchos otros, tanto él como yo estuvimos a punto de perder la vida.
Él salvó la mía frente a las murallas de Ctesifonte y el Señor, en su sabiduría, salvó la suya días después de que el mejor físico que encontré asegurara que no podía hacer nada por él.
Eso es todo lo que sé de su vida anterior, a excepción de que había dejado a su familia atrás, incluso a tres criaturas de poca edad.
Aquellas palabras fueron como flechas en el corazón del alano, que terminó por agarrarse a la mesa más cercana, invadido por el vértigo.
–¿Cuándo sucedió eso exactamente?
Víctor dejó la cruz en la mesa y se miró las yemas de los dedos, como si esperara verlas en carne viva tras haber estado en contacto con ella.
–Amiano nos habría servido de ayuda en esto, pero imagino que unos diecinueve años, año arriba año abajo. Soy demasiado mayor ya para calcularlo bien...
La mente de Goar se puso en marcha con rapidez.
Veinte años atrás, Safrax ya había nacido, también Aleda; incluso Caina, imaginaba, rondaría en esos días el año de vida.
Si aquello era cierto, sus tres primos habrían quedado atrás mientras un joven Respendial cruzaba la frontera de piedra dispuesto a saciar sus ansias de gloria.
–¿Supisteis algo más de su familia, de esos tres hijos que dejara atrás, de sus padres?
El sármata se levantó y escanció vino en unas copas. En los meses que llevaba allí se había acostumbrado al estilo de vida de la ciudad, pausado y alegre. Todo allí sabía mejor o, si no, al menos, lo parecía.
–Pablo siempre fue muy celoso de su intimidad. Desde su conversión, no volvió a hablar de nada de lo que había dejado atrás, como si todo aquello hubiera pertenecido a otra vida, a otro hombre. Debió ser muy duro para él, así que lo respeté. Imagino que para todos era lo mejor.
Goar apartó la copa y, sin querer, derramó unas gotas sobre la madera de cedro de los bosques del interior. Cabizbajo, pasó los dedos por encima y se los llevó distraídamente a los labios.
–Acabo de recordar algo –anunció Víctor, golpeando la mesa con fuerza.
El alano se sobresaltó–. Un día, en Ctesifonte, mientras participábamos en una embajada, igual que haréis vosotros, Pablo tuvo una pesadilla.
Yo me disponía a ir a mis aposentos cuando lo escuché farfullar, alterado.
Se había dejado la puerta de la habitación abierta, y entré.
Se agitaba en la cama y no dejaba de repetir un nombre: Beuca.
Ignoro quién era, pues nunca le pregunté, pero en sueños le pedía perdón una y otra vez por haberlo abandonado.
–¿Estáis seguro de eso? –preguntó Goar, pálido, echándose a temblar.
Víctor apuró el contenido de la copa, asombrado por la reacción del joven.
–Goar, hijo, ¿qué sucede?
–Mi señor Víctor... Creo que Respendial, Pablo, era mi tío, el mismo que abandonó a su familia para enrolarse en el ejército imperial y cuyo recuerdo maldijo mi abuelo Beuca un día tras otro...
Entonces fue el sármata quien abrió mucho los ojos, incrédulo.
–¿Estás seguro, muchacho?
–Tiene que ser así, tiene que ser así... –repitió, tratando de convencerse él mismo–. Mi primo Safrax es su viva imagen, sólo que no me di cuenta hasta que era demasiado tarde.
Víctor volvió a llenar la copa y bebió con avidez, sin perder detalle del turbado rostro del joven, tratando de identificar en él algo que le recordara a su viejo y malogrado amigo, sin éxito.
¿Estaría en lo cierto? Goar era un buen muchacho, su corazón era noble, pocos los había mejor que él.
Era un alano, en parte, y por tanto compartía sangre con Pablo, siempre lo había pensado así, sólo que nunca de manera tan directa.
Aunque no debía extrañarle, pues ambos eran de lo mejor que había conocido.
–Entonces, el crucifijo es tuyo, o de ese Safrax al que mencionas.
Quédatelo, y si en algún momento vuelves a ver a tu primo, entrégaselo.
Sé que le costará entenderlo, y no lo culpo por ello, pero dile que su padre fue un hombre excepcional, el mejor que conocí, por mucho que vuestro abuelo no pudiera entender las razones por las que nunca regresó.
Hay circunstancias que están por encima de nosotros a las que no podemos enfrentarnos, aunque quisiéramos.
Cuando Dios aparece en nuestras vidas, ya no somos libres para decidir, Goar, debemos agarrar su mano y seguir hacia delante, sin mirar atrás, por mucho que nos duela.
Eso fue lo que le ocurrió a Respendial, a tu tío...
Goar enterró la cabeza entre las manos para ocultar las lágrimas.
El hombre al que tanto había admirado a ese lado de la frontera había resultado ser su tío.
El mismo que, desobedeciendo a su abuelo Beuca, había marchado hacia tierras imperiales para convertirse en un equite , justo lo que él era ahora.
–Bebe, muchacho, en breve volverás a los caminos y, llegado ese momento, echarás de menos las comodidades de una ciudad como ésta. Los persas son buenos anfitriones, no diré lo contrario, pero desde luego su hospitalidad no es la misma... Vamos, bebe y charlemos de cosas más mundanas.