26 #2
El desánimo no tardó en propagarse entre los salvajes en cuanto fueron conscientes de la muerte de su campeón, y poco a poco fueron deteniendo su hasta entonces arrollador avance.
Y al momento los legionarios volvieron a empujar con fuerza hacia delante con sus escudos, ganando terreno paso a paso y dejando el suficiente a los alanos en el interior de la formación como para volver a tensar sus arcos y disparar a los enemigos que aún perseguían a sus rezagados compañeros a lo largo y ancho del campamento.
Safrax hizo entonces un gesto a Graciano para que corriera hacia su izquierda, lejos del combate.
En la oscuridad, sus propios hombres, liberados y con los arcos dispuestos, podrían confundirlos.
Él, sin embargo, permaneció donde estaba y disparó una tras otra todas las flechas de la aljaba del emperador.
Tan cerca, sin protección de metal alguna y desde su retaguardia, fueron casi una docena los pictos que quedaron sobre el terreno sin saber quién los atacaba.
Desmoralizados por la muerte de su líder y sorprendidos por la espalda, poco tardaron en creer que habían sido ellos los que habían caído en una celada, y enseguida muchos emprendieron la retirada de manera desorganizada.
Al verlos, Safrax arrojó el arco al suelo y corrió hacia donde se había refugiado el emperador, a salvo de la lluvia de proyectiles por el momento, pues sabía que poco tardarían las flechas en caer sobre quienes huían.
–Tenías razón, al final hemos cazado al animal más grande que podía depararnos esta jodida isla –lo saludó el romano, con una amplia sonrisa en el rostro.
* * *
Febrero del 382. Ciudad de Antioquía
Aunque creía que ya nada lo sorprendería, Goar no pudo evitar quedar prendado de la enorme y populosa Antioquía en cuanto puso un pie en ella.
Había escuchado decir a legionarios y auxiliares que aquella ciudad era la cuna de todos los placeres; una ciudad en la que nunca se dormía, si hacía caso a las habladurías de los más veteranos.
Era extensa y rica, no menor que la propia Constantinopla, y, como ésta, en ella se podían encontrar todo tipo de divertimentos.
Pero, además, allí el clima era benévolo todo el año, y, como le asegurara un entusiasmado Arsaces, en Oriente vivían las mujeres más bellas y complacientes del Imperio.
No sólo de tez blanca, como las de Tracia o más al oeste, sino que también las había de tez aceitunada, procedentes de ciudades nabateas, armenias o egipcias, incluso de otros lugares aún más distantes y exóticos.
Allí, Caris no parecía fuera de lugar, como hasta entonces.
Y es que, entre las tropas de Roma, desde la fría Britania hasta la calurosa Cirenaica, se decía que no había destino mejor al que un militar pudiera aspirar que Antioquía.
El viaje había transcurrido sin mayores percances, pese a las constantes quejas de Alarico, que nunca antes había visto el mar, lo que le había valido no pocas chanzas por parte de un ya veterano en esas lides como Goar.
Tan rápida fue la travesía en barco que llegaron antes que el contingente de arqueros a caballo que debía acompañarlos en adelante, y por ello habían dispuesto de varios días para descansar y dejarse atrapar por los placeres que escondía la ciudad, al menos, algunos afortunados.
Flavio Estilicón no fue uno de ellos, pues se vio obligado a permanecer en el palacio del gobernador de Siria, uno de los hombres más poderosos de Oriente, en la parte antigua de la ciudad, separada del resto por cinco enormes puentes tendidos sobre el río Orontes.
Los días y las noches se sucedieron para Estilicón entre las paredes del palacio, Goar no tuvo más remedio que dividir las jornadas entre ayudar a su amigo y ocuparse de Alarico y de Caris, aunque al fin ya parecía que el muchacho había abandonado toda esperanza de fuga.
Entre otras cosas, porque, estando tan lejos de los suyos, era imposible regresar a Constantinopla.
La alegría fue, tanto para Goar como para Estilicón, el reencontrarse con Víctor. Aun así, el alano aguardó el momento oportuno para verlo a solas, pues nadie, a excepción de Alarico, debía conocer, al menos por el momento, el origen del crucifijo que guardaba entre sus escasos bienes.
Escoltado por dos árabes, el general sármata lo recibió acompañado de otro hombre de edad ya madura, éste sentado frente a la mesa llena de legajos.
Aunque de edades similares, uno y el otro no podían ser más distintos.
El sármata seguía siendo alto, mantenía el porte erguido, mientras que su compañero, en cambio, era enjuto y bajo de estatura.
El primero había dejado que su cabello, casi blanco por completo, creciera; el segundo, en cambio, hacía mucho tiempo que lucía una cabeza totalmente pelada, lo que a ojos del alano lo hacía parecer aún mayor.
–¡Goar, qué agradable sorpresa! No recordaba que Flavio Estilicón me hubiera dicho que fuerais a venir hoy...
–No lo hizo, mi señor, he venido por mi cuenta –respondió, azorado, pero el sármata no lo escuchaba, pues su acompañante le había hecho una seña para que se acercara.
–Ven, Goar –le dijo, cuando el otro hubo terminado de hablarle al oído.
A cada paso, el joven podía sentir el exhaustivo examen al que lo estaban sometiendo los ojillos del acompañante de Víctor.
–¡Me niego a creer que sea alano! –exclamó el desconocido con voz potente, sobresaltándolo.
–Éste es Amiano Marcelino, Goar –lo presentó el sármata–. Un buen amigo y antiguo magister militum . Hoy en día se dedica a cosas mucho más interesantes, pero menos excitantes.
El romano hizo un gesto al sármata para que se callara y otro a Goar para que se acercara más, pues su vista ya no era tan penetrante como años atrás. Cuando estuvo a su lado, se puso en pie.
–¿Estás seguro de que es alano? Desde luego, no es como los recordaba.
–Mi padre era vándalo, señor.
El viejo Amiano devolvió la mirada a Goar, a la vez que le dedicaba una media sonrisa, casi triunfante, antes de propinarle una palmadita en el hombro.
–La edad no perdona, pero no he perdido un ápice de mi perspicacia, Víctor. Sabía que no podía ser alano, o no, al menos, de sangre pura.
–Amiano será recordado por las generaciones futuras, no como nosotros –comentó el sármata con un gesto de reconocimiento–.
Pero no por sus victorias en el campo de batalla, que también las obtuvo, sino porque desde que se retiró de la vida militar escribe sus memorias, las nuestras, las del mundo que nos ha tocado vivir, o sufrir.
Las de Roma, pero también las de los pueblos que la acechan más allá de sus fronteras, como el tuyo o el mío.
–Una tarea que está lejos de terminar, porque nuestro querido sármata sigue sin traer a uno de esos malditos hunos a mi presencia –lo interrumpió Amiano–. ¿Acaso tengo que volver al frente de batalla para describir a uno de esos demonios?
–Estoy convencido de que entonces ganaríamos esta guerra de una vez por todas, si es que no la hemos ganado ya, como asegura el augusto.
Los ojillos de Amiano se estrecharon aún más, y se volvió hacia la mesa. Sacó un estuche, y de él, varios pergaminos. Los examinó hasta encontrar el que buscaba.
–¿Tú has visto a esos demonios surgidos de naciente, joven? –preguntó después de aclararse la voz.
Goar miró a Víctor, buscando su aprobación, y luego asintió. Entonces, Amiano alejó de su rostro el pergamino y comenzó a leer en tono firme:
Los hunos tienen el cuerpo rechoncho, los miembros robustos, la nuca grosera.
Su anchura de espaldas los convierte en terroríficos.
Se diría que son animales de dos patas o esas figuras mal talladas, en forma de troncos, que guarnecen los parapetos de los puentes...
No cuecen ni sazonan sus alimentos, únicamente se nutren de raíces salvajes o de carne cruda del primer animal que encuentran a mano, recalentándose tan sólo durante cierto tiempo en la grupa de su caballo, sosteniéndola entre sus piernas.
No tienen lugar en que abrigarse... Las casas no son empleadas entre ellos, como tampoco las tumbas...
Se cubren de lienzo o de pieles de rata de los bosques, cosidas conjuntamente.
No cuentan con un traje para el interior y otro para salir.
Una vez que se han endosado su túnica de un color desvaído, no se la quitan hasta que se cae de vieja.
Podría creérseles clavados sobre sus caballos...
No echan pie a tierra ni para comer ni para beber.
El asombro que siguió a las primeras palabras de Amiano pronto provocó que el gesto del alano se relajara, hasta que no pudo más que lanzar una risotada divertida, lo que provocó que el veterano diera por terminada su alocución.
–¿No son acaso así, joven? –preguntó, molesto, mientras señalaba a Víctor con el dedo índice, dando a entender que parte de aquella descripción se la debía a su viejo amigo.
Goar se esforzó en borrar toda expresión ofendida de su rostro y se cuadró como si se encontrara frente al mismísimo augusto.
–Lo son, lo son, sin ninguna duda, mi señor.
Además, os diría que no sólo comen sobre sus monturas, sino que también duermen, incluso aman sobre ellas –apuntó, recordando las palabras de Zandipo cuando él era un muchachito–.
Y su llanto..., su llanto no es como el de los demás.
Cuando muere uno de sus jefes, los guerreros afilan los cuchillos y se hacen cortes en las mejillas para derramar así lágrimas de sangre por su difunto señor.
Los ojillos de Amiano se abrieron cuanto podían, y por primera vez el alano creyó entrever un iris parduzco sobre las bolsas que destacaban bajo sus párpados.