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CAPÍTULO XXVI
Safrax miraba fijamente las dunas situadas a su izquierda; su instinto lo avisaba de que algo ocurría en el por otro lado monótono paisaje que llevaba días acompañándolos.
La bruma casi permanente y la escasez de luz le dificultaban la visión, de manera que le resultaba imposible percibir con claridad más allá de la primera línea de montículos. El sol apenas era una línea sobre el horizonte, poniéndose, según decía el emperador, allí donde el mundo terminaba.
Por mucho que aguzó el oído y esforzó la vista, no percibió ningún otro movimiento, de manera que poco a poco se fue relajando y volvió a centrarse en los sonidos que se elevaban desde los vivaques cercanos.
Las conversaciones iban subiendo de tono a medida que la cerveza y el vino iban haciendo su efecto.
–Es demasiado tarde y apenas veríamos nada. Ya probaremos mañana. Sea lo que sea, no creo que se marche muy lejos –arguyó el alano, y Graciano no tuvo más remedio que darle la razón.
Poco después, cerca del puesto del primer centinela del campamento, un grito rasgó el aire.
Safrax, sin pensar, tiró del brazo del emperador, y ambos cayeron sobre la tierra encharcada, justo cuando los primeros proyectiles de fuego cruzaron el cielo desde las dunas.
Algunos se apagaron al impactar sobre el terreno; otros hicieron blanco en los capotes que les servían como improvisadas tiendas, y, pese a la humedad reinante, muchas de las telas prendieron, iluminando la noche.
Antes de que los hombres reaccionaran, las monturas que aún no habían sido atadas ya habían entrado en pánico y escaparon en todas direcciones, sumiendo así el campamento en el caos.
Los más rápidos corrieron a buscar sus armas; sus escudos los romanos, y sus arcos los alanos, y se pertrecharon para hacer frente a una amenaza a la que aún no podían ver.
Safrax evaluó la situación: se encontraban relativamente lejos del campamento, por lo que, si intentaban ir hacia allí, serían un blanco fácil y les dispararían por la espalda.
Se centró en estudiar el terreno que tenían por delante.
A una veintena de pasos, se alzaba la primera de las dunas, y enseguida comprendió que la mejor oportunidad que tendrían de escapar a aquella lluvia de fuego era guarecerse en ella.
Al menos, si sus atacantes no iban hacia allí.
Hizo una seña a Graciano y, a la de tres, reptaron todo lo rápido que pudieron y se colocaron con la espalda junto a la arena.
Entonces, sin hacer ruido, Safrax sacó espada y scrama y pidió a Graciano por gestos que dejara el arco sobre la arena y lo imitara.
El familiar sonido de las flechas surcando el cielo aún se imponía a los gritos del campamento, pero al poco el rugido de decenas de gargantas animándose entre sí se apoderó de la noche.
A éste le siguió el de centenares de pasos sobre la arena, acercándose a gran velocidad hacia ellos.
Al otro lado, los legionarios comenzaban a formar a toda prisa un círculo, con sus ovalados escudos hacia el frente, mientras que los alanos, desprovistos de sus voluminosas armaduras, corrían a situarse en el interior de aquél, armados con arcos y espadas.
Safrax, consciente del nerviosismo de Graciano, lo agarró por la pechera y le ordenó sin palabras que permaneciera inmóvil y en silencio. A los pocos instantes, decenas de guerreros atravesaron las últimas dunas en una alocada carrera, directos hacia el círculo formado por las tropas imperiales.
Al verlos, los alanos ya sabían hacia dónde dirigir sus flechas.
Quienes los atacaban apenas vestían protecciones, lo que, unido a la escasa distancia que los separaba y su pericia con los arcos, equilibró rápidamente la balanza.
Uno de los atacantes salió despedido hacia atrás al recibir una flecha y, moribundo, quedó tendido a los pies de Safrax y de Graciano.
Safrax pudo entonces estudiar a su agresor: vestía únicamente un calzón, con la piel surcada por tatuajes de color azul claro, incluso en el rostro, y la melena cubierta por una mezcla de cal y fango.
La cadencia de los disparos se intensificaba a medida que los recién aparecidos se acercaban al círculo, pero, aun así, amparados en su mayor número, éstos consiguieron llegar hasta el anillo de escudos romanos.
La carrera se detenía con brusquedad cada vez que uno de aquellos hombres pintados se estampaba con violencia contra la irregular formación romana.
Allí desde donde Safrax y Graciano miraban la refriega, a cada momento los pasos se volvieron más espaciados. La mayor parte de aquellos rebeldes había llegado ya al campamento, tratando de cerrar la tenaza sobre la férrea defensa de alanos y romanos.
Eran más de un centenar los hombres pintados los que atacaban con fiereza, y de repente, entre aquella vociferante muchedumbre, Safrax se fijó en uno de enorme estatura que balanceaba sobre su cabeza lo que parecía un martillo sujeto por un largo mango.
Lo seguían, apiñados, decenas de guerreros deseosos de adentrarse en el interior del anillo de protección romano.
El arma giró sobre la cabeza del picto una, dos veces, y luego la dejó caer con una fuerza descomunal sobre el escudo más cercano.
Aun desde donde estaba, Safrax hubiera jurado que podía escuchar el aullido de dolor del legionario al recibir el impacto, así como el crujir de la madera destrozada.
El romano cayó de inmediato al suelo, con el brazo roto, y por el hueco que dejó se abalanzaron al instante dos hombres pintados, acuchillando a un lado y al otro.
De inmediato, los siguieron otros, como una jauría de perros de caza excitados ante la aparición de la primera sangre.
Safrax comprendió que era el momento de abandonar la relativa seguridad que les ofrecía la duna.
Desvió la mirada de la lucha en el interior del campamento y se concentró en los pasos que todavía podían escuchar sobre sus cabezas.
Se espaciaban poco a poco, y, cuando lo creyó conveniente, se lanzó hacia la figura que acababa de darles la espalda.
La reluciente hoja de su scrama atravesó al hombre pintado de parte a parte antes de que éste fuera capaz de gritar siquiera.
Animado por la intervención del alano, Graciano saltó sobre otro hombre que en ese mismo instante saltaba la duna.
El forcejeo entre el emperador y el picto llamó la atención de los salvajes que se encontraban en los alrededores, que se volvieron hacia ellos con expresión sorprendida.
Safrax, que había dejado caer sobre la arena el cuerpo de su contrincante, miró de nuevo hacia el campamento, donde el monstruoso martillo seguía sembrando el terror entre los legionarios.
Si no detenían a aquel gigante, y pronto, la defensa de los suyos terminaría por derrumbarse, y todos estarían perdidos.
–¡El muro, el muro! ¡Mata a aquella bestia! ¡Ahora! –gritó Safrax a Graciano, señalando el arco que había dejado sobre la arena.
Graciano dudó, pues tres enemigos iban ya hacia ellos, pero Safrax pasó rápidamente a la acción.
Lanzó su scrama como si de un puñal se tratara, y ésta voló por encima de la cabeza del romano para enterrarse con fuerza en el pecho del salvaje que se encontraba más cercano.
Sin detenerse, desenvainó la spatha y con un aullido echó a correr hacia el siguiente picto.
Entretanto, el emperador agarró el arco y miró en derredor.
Nadie más parecía haber reparado en él, así que intentó serenarse, como el alano le había enseñado, y apuntar hacia el enorme blanco que suponía el guerrero del martillo.
Llevaba meses practicando, pero todavía estaba muy lejos de conseguir la habilidad y puntería de un alano.
Si era honesto consigo mismo, sabía que nunca lo lograría, pero ese día su objetivo estaba cerca, a medio centenar de pasos, además de ser mucho más voluminoso que aquellos con los que solía practicar.
Sin embargo, en ese momento debía luchar contra sus propios nervios, que lo atenazaban al pensar que un nuevo salvaje podía aparecer en cualquier momento a su espalda.
El entrechocar de la espada de Safrax con las de sus enemigos sacó al emperador de sus cavilaciones.
Se llevó el brazo derecho hacia atrás, como le habían enseñado, y tiró con fuerza hasta que la flecha quedó detrás de su oreja, mientras sus dedos trataban de aferrarse con fuerza a la húmeda cuerda.
Cuando el proyectil salió disparado, no podía asegurar si había sido él quien había soltado la cuerda o si bien ésta se había escurrido entre sus dedos.
Pero la flecha atravesó el aire, ligera, el astil vibrando mientras esparcía a un lado y al otro gotas de agua y granos de arena.
Instantes después se incrustaba en el hombro desprotegido del gigante, que detuvo por un momento el hipnótico balanceo de su arma.
–¡Sí! –gritó Graciano, eufórico.
Safrax ya corría hacia él, tras haber despachado a los otros dos pictos. Sin detenerse, el alano dejó caer la espada sobre la arena y le hizo un gesto imperioso para que le entregara el arco.
–¿Lo has visto? ¡Lo has visto! –exclamó el emperador, feliz como un niño.
Pero Safrax no le respondió, sino que le arrebató el arco y tomó una nueva flecha, para disparar sin apenas haber apuntado.
Graciano quiso seguir la trayectoria del proyectil, pero tuvo que conformarse con verla enterrada en la nuca del enorme guerrero, que poco tardó en sentir cómo las fuerzas lo abandonaban y caer al suelo sin vida.
Quienes se encontraban por delante quedaron atrapados por su tremendo corpachón, y aquel instante de duda fue aprovechado por alanos y legionarios para reponerse y contraatacar, cerrando nuevamente el anillo defensivo.