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Teodosio no se sorprendió ante la aparición de la pequeña.
En realidad, nadie más que él, a instancias de Buteo y de Modario, era el responsable de que la chiquilla estuviera allí.
A Gosvinta no le gustó la expresión de suficiencia de aquel hombre de corto cabello oscuro y nariz ancha.
De su padre sólo había escuchado insultos y desprecios hacia esos mismos romanos que ese día parecían querer ganarse su favor.
Si ella había aprendido algo era a no fiarse de nadie, y en eso pensó al ver al hombre de corta estatura y cabello rojizo que se encontraba a espaldas de Teodosio, el romano al que había visto no pocas veces con Modario.
Con gesto amenazador, éste se situó detrás de la muchacha y escrutó los rostros de los líderes godos que habían formado parte del cortejo. La pequeña era suya, y con ella tenía entre sus manos el arma más poderosa.
–Mi señor Flavio Teodosio Augusto, por las venas de esta chiquilla corre la sangre de nuestros reyes, la sangre del difunto Atanarico, juez de todos los tervingios.
Uno de los godos que había seguido a Fritigerno, de nombre Valtario, se adelantó y tomó la palabra, interrumpiéndolo de mala manera:
–Es una chiquilla, tú lo has dicho. Ninguno de nosotros seguirá a esa muchacha, por mucho que comparta sangre con el difunto juez. Somos los hombres, los guerreros, quienes hemos puesto a Roma en esta situación, y por tanto los únicos que debemos recoger los frutos de nuestro coraje.
De forma inadvertida, Tito Buteo, que hasta ese momento se encontraba apartado, se acercó a Valtario y le habló en un susurro.
–¿Osarás ser el primero en contravenir los designios de nuestros dioses? –protestó Modario, airado.
Valtario dio un paso al frente, y un murmullo de expectación se elevó entre los godos: unos, los llegados junto a Atanarico, a favor de Modario; otros, los que llevaban años en el Imperio, apoyando a quien había hablado.
–Hace tiempo que los baltos nos abandonaron.
Tú, Modario, escondido en aquellas montañas como un tejón, deberías saberlo bien.
No seguimos a los viejos dioses, como tampoco seguíamos a tu señor.
Estamos aquí porque ha llegado el momento de alcanzar el premio a nuestra tenacidad, la misma que nos llevó a cruzar el gran río mientras tú te escondías como un cobarde...
El emperador dio también un paso al frente. No podía permitir que los godos se enfrentaran entre ellos, no aún.
–Tú, muchacha, ven aquí –la interpeló con dureza, y, al ver la indecisión de la niña, la agarró por el brazo y la zarandeó–. Atanarico, en su último aliento, quiso que fuera esta muchacha, sangre de su sangre, la garante del acuerdo entre ambos pueblos... Tú eres su protector, ¿verdad, Modario?
Éste retó a todos los caudillos godos con la mirada.
–Soy su protector y, cuando llegue el momento, será mi esposa.
Teodosio asintió y se acercó a Valtario.
–Todos estáis hoy aquí porque vuestro difunto señor tuvo la valentía de hacer lo que ningún otro antes, pese a que esta guerra podía haber terminado hace ya mucho tiempo.
En verdad, esta guerra nunca debió haber tenido lugar.
Atanarico ha muerto, sí, pero ha llegado el momento de poner fin a años de sufrimiento y emprender un nuevo camino.
Un camino en el que godos y romanos convivan y luchen juntos contra sus enemigos, contra quienes se atrevan a atacar nuestras fronteras.
¿No estáis, acaso, de acuerdo? ¿No habéis venido hasta aquí para eso?
¿O es que deseáis seguir luchando y muriendo cuando os tiendo generosamente la mano?
Un murmullo se elevó entre los godos, que empezaron a hablar en voz baja entre sí.
–¿Estáis o no de acuerdo con la voluntad del hombre que os reunió para estar hoy aquí? ¿Estáis de acuerdo con terminar esta guerra hoy y comenzar un nuevo destino juntos?
Modario agarró a la niña con una mano y alzó la otra, orgulloso. Poco tardaron los caudillos que lo habían seguido en imitarlo. El resto, lentamente, de uno en uno, no tuvieron más remedio que unirse a aquel gesto. El último fue Valtario.
Al reparar en la muda capitulación, Teodosio suspiró hondo, e incluso se atrevió a dedicar una mirada de suficiencia a Valtario.
Quizá, después de todo, no sería necesario eliminarlo; podía resultarle útil más adelante.
Buteo, como casi siempre, no se había equivocado al valorar la muerte de Atanarico no como una amenaza a sus intereses, sino como una oportunidad.
Que fuera Modario su interlocutor en lugar del juez ungido por los dioses, como aseguraban aquellos godos, favorecía a sus intereses, pues la posición del nuevo líder sería mucho más frágil, y él, diestro en tales lides, podía jugar a alimentar las vanidades del resto de jefezuelos en su beneficio.
–Hacedlo, entonces, respetando la última voluntad del que fue vuestro juez: que Modario, como protector de la última sangre de los baltos, sea quien os represente.
Si convenís, a partir de hoy mismo dispondréis de tierras para vuestros pueblos y privilegios para vosotros, como grandes señores que habéis demostrado ser.
Como contrapartida, acudiréis a mi llamada siempre que se os necesite, dispuestos a combatir a nuestro lado.
Juntos, seremos más fuertes. Juntos, nadie podrá derrotarnos.
–¡Haya paz! –exclamó Modario, tendiendo el brazo hacia el emperador.
–Por una nueva era. Por la paz entre los godos y Roma –respondió éste, antes de estrechárselo, al tiempo que miraba de soslayo a Tito Buteo.