25 #2
Graciano miró al alano como si se hubiera vuelto loco de repente, pero pronto comprendió lo que ocurría.
–Benditos sean todos los santos.
–Creí que nos iban a salir membranas entre los dedos, como si fuéramos jodidas ranas.
El romano soltó una risotada y se apoyó en el hombro de Safrax.
–No estarás cansado, ¿verdad?
Safrax carraspeó. Claro que lo estaba. Como todos. Casi estaba al límite de sus fuerzas, pero al menos él no había enfermado durante la exigente marcha.
–¿Alguien no lo está?
–Venga, aprovechemos este respiro para volver a practicar con el arco. Desde que llegamos a Britania no he tenido la oportunidad de utilizarlo, y ése también era uno de tus cometidos aquí.
Safrax creyó percibir un movimiento cerca de las dunas más cercanas al campamento, pero, por mucho que aguzó la vista, no distinguió nada más allá de la silueta de los montículos de arena.
–Aunque no llueva, hace demasiada humedad como para disparar decentemente. Así, ni yo sería capaz de acertar siete blancos de cada diez... Además, ya es casi de noche.
–¿Eso que percibo es miedo, Safrax? ¿Acaso crees que ha llegado el momento en el que el alumno puede superar al maestro? –preguntó el emperador, socarrón.
El alano quiso responder, pero de nuevo le pareció que una sombra se desplazaba entre una duna y otra.
–¿Qué clase de animales crees que hay en estas tierras? –preguntó, con el brazo extendido hacia donde había creído localizar el movimiento.
Graciano se encogió de hombros. No había estado en aquella isla antes y, si podía, tampoco volvería en el futuro.
–Lo ignoro, pero no me digas que no sería divertido intentar cazar lo que quiera que sea que haya aquí. Estoy seguro de que, por un rato, conseguiremos olvidar esta mierda de sitio.
El augusto tiró del arco que Safrax le había entregado tiempo atrás y que gustaba de llevar siempre bajo la capa.
De repente, un grito surgió de las mismas dunas en las que el alano había fijado la vista.
Éste ya había colocado una flecha en su arco cuando el romano ni tan siquiera había conseguido encordar el arma.
–Ese sonido no es de ningún animal que conozca...
* * *
Enero del 382. Constantinopla
Si en las calles de la capital el ambiente festivo, los vítores y la algarabía se habían desatado tras el esperado encuentro entre el emperador y el godo, en ese momento, dos jornadas después de la celebración de la Epifanía del Señor, el miedo y las dudas habían vuelto a apoderarse de la población.
La mayor de las desgracias había tenido lugar: el castigado cuerpo de Atanarico había dicho basta.
El viejo juez había expirado en el lecho de la lujosa domus que Teodosio había puesto a su disposición.
Fueron muchas las voces entre los romanos que se alzaron clamando que aquello era un mal augurio; otras, también romanas, que aquello significaba que los dioses mostraban así su desacuerdo con el arreglo al que pretendía llegar el augusto.
Entre los godos, los aún reticentes a la paz trataron de dar a entender que los romanos habían acabado con la vida de Atanarico.
Aun así, antes de expirar, Atanarico había dispuesto del tiempo suficiente para acordar con el emperador los términos de un tratado que llevaría la paz a godos y romanos. Su última obra, la mayor de su vida, por la que estaba seguro de que sería recordado en adelante entre los suyos.
Con todo, aquello no dejaba de ser un desgraciado inconveniente, y, en cuanto fue informado, Teodosio había destruido, entre gritos, la vajilla que se encontraba sobre la mesa.
Ignorando al aterrorizado sirviente que lo miraba con los ojos desorbitados y el calzón manchado de orín, ordenó que trajeran de inmediato a su presencia a Tito Buteo y al resto de sus confidentes, mientras los arcani tomaban posesiones en la domus del difunto juez con la misión de que la noticia de la muerte no trascendiera.
Acto seguido, hizo reunir a todos los caudillos godos alojados en la ciudad, dispuesto a evitar que se marcharan.
El emperador no podía aceptar que el plan que había comenzado a urdir tantos meses antes se le escurriera entre los dedos, cuando tan cerca lo tenía.
Necesitaba que aquellos violentos caudillos reconocieran a una autoridad superior, a un nuevo Atanarico, y que éste los guiara al servicio de Roma.
No tenía más remedio que encontrar, y cuanto antes, a alguien capaz de ocupar el puesto de juez entre los suyos.
Y Tito Buteo, como siempre, había susurrado a su oído el nombre del candidato ideal.
Los caudillos, que no parecían sospechar nada, fueron atendidos con la mayor de las comodidades, y entretanto Teodosio se fue serenando.
Sólo entonces se presentó ante ellos para informarlos del desgraciado y fortuito fallecimiento del que había sido su señor.
El emperador no tuvo que disimular afectación, pues se encontraba tremendamente inquieto.
Ante el estupor de los bárbaros por la noticia, tuvo palabras de elogio para la figura del antiguo juez y les recordó los términos de su acuerdo, basado en anteponer el bienestar de sus pueblos a sus propios intereses, para por último informarlos de que había ordenado el funeral de Atanarico como el de un leal amigo del Imperio.
No en balde, necesitaba a su vez la amistad de aquellos levantiscos señores de la guerra.
El luctuoso cortejo, compuesto por los más importantes caudillos godos, senadores imperiales y sendas guardias de honor con Teodosio al frente, recorrió parte de la ciudad vieja hasta el lugar donde el emperador había ordenado construir una majestuosa tumba en la que el cuerpo de Atanarico descansaría para siempre.
Y, poco a poco, calle a calle, cada vez eran más las plañideras y los curiosos que acompañaban a la comitiva.
En las últimas filas avanzaba Gosvinta, custodiada por guerreros de Modario.
Desde allí, la pequeña era incapaz de ver lo que sucedía entre aquel bosque de piernas y de figuras masculinas.
Tampoco le importaba, maravillada como estaba por cada rincón de una Constantinopla que se abría ante ella.
El hechizo por la belleza de la ciudad se rompió en cuanto unos brazos tiraron de ella y la obligaron a avanzar entre la multitud.
Se resistió, en balde, y sus ánimos flaquearon en cuanto vio a Modario.
Desde que la raptara, casi dos años antes, había aprendido a no provocarlo, a no responderle, a evitarlo.
Y así Modario solía olvidarse de su existencia, pues tenía cosas más importantes y más placenteras que hacer que divertirse a costa de una mocosa.
Y, entretanto, en el mucho tiempo que pasaba a solas, su imaginación volaba muy lejos, imaginando dónde podrían estar sus hermanos, Baddo y Alarico; aquellos a quienes tanto añoraba y con los que compartía una sangre que parecía maldita, la de los baltos.
De un violento empujón, Modario la hizo situarse en primera fila, cerca del propio emperador, sus más allegados y los principales caudillos bárbaros.