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CAPÍTULO XXV
Desde muy temprano, el ambiente en las calles de la capital era muy distinto al de cualquier otro día.
Una extraña mezcla de nerviosismo, temor, pero también ilusión.
Y es que, pese al frío, las gentes no habían dudado en echarse a la calle en busca de un lugar desde el que no perderse detalle de la comitiva bárbara hacia el palacio imperial.
Infinidad de guardias habían tomado posiciones por todo el trayecto, y en más de una ocasión ya habían tenido que calmar los ánimos de los más exaltados, aquellos que entendían que esos bárbaros envueltos en telas y afeites no eran mejores que los asesinos que habían cercado la ciudad años atrás.
Poco después de la hora tercia, entre una mezcla de vítores y abucheos, la embajada goda había traspasado las murallas.
En la cabecera, una cuádriga ricamente engalanada y tirada por los cuatro caballos de un blanco puro.
Sobre ella, el viejo juez hacía grandes esfuerzos por mantenerse erguido.
Hubiera preferido presentarse ante su antiguo enemigo a lomos de su caballo, desafiante, pero la edad, que no perdona, no le permitía sostenerse sobre su montura.
En el trayecto, Atanarico admiró las calles, maravillado de su amplitud, de los enormes y decorados edificios que se sucedían uno tras otro, de los elevados arcos sobre los que discurría el agua, de las fuentes de agua cristalina que seguían el camino de los acueductos, e incluso de las lujosas prendas y joyas que lucían las mujeres y los hombres que lo miraban con una mezcla de sentimientos encontrados.
Cuanto veía despertaba en él la envidia por poseerlo, pero también el temor de empequeñecerlo, de recordarle que durante años se había contentado con esconderse en una hedionda madriguera, como un animal temeroso y vil.
Dos hombres acompañaban al juez en el carro. Quien conducía era un auriga al servicio de Tito Buteo; el otro era Modario, que, con expresión arrogante, miraba a un lado y al otro.
–Estamos llegando, mi señor, tan sólo un poco más –anunció Modario, sujetando a Atanarico por el codo de forma apenas perceptible, para ayudarlo a mantenerse en pie.
A cierta distancia podían ver ya la enorme escalinata que daba paso a la acrópolis, donde se habían dispuesto decenas de guardias engalanados con capas color azul oscuro y yelmos relucientes. En los peldaños superiores, los aguardaban el emperador y sus allegados.
–He hecho lo correcto, ¿verdad, Modario? –susurró Atanarico de repente. Soltó un suspiro y acomodó la mano derecha en la barandilla de madera, ajustando el equilibrio.
Tan cerca de su objetivo, dudaba. Había combatido durante gran parte de su vida contra aquella Roma que ese día le daba la bienvenida, la misma que ese día lo jaleaba como a su salvador, como a su última esperanza.
Modario se obligó a no apartar el rostro al percibir el fétido aliento de su señor.
Atanarico se moría; por eso, quizá, pensó, había mandado apurar el paso los últimos días, temeroso de que el acuerdo con los romanos no terminara por fructificar y condenara así a los suyos a permanecer a merced de los salvajes de Balamir.
–Como siempre habéis hecho, mi señor.
El sonido de las trompas elevándose hacia el cielo arrancó un coro de vítores de quienes se agolpaban a un lado y al otro de la calle, y al momento las largas varas de los que mantenían el orden salieron a relucir.
En ese mismo instante, los protectores hicieron su aparición entre la multitud y se situaron tras la cuádriga, obligando a los doscientos godos elegidos por Modario para custodiar a su señor a detenerse allí donde estaban, mientras el carro continuaba su camino hacia la escalinata donde esperaba Flavio Teodosio Augusto.
El nerviosismo de los caballos que tiraban era patente, y por un momento Modario se contagió. Habían acordado todo aquello con los romanos, pero se vio incapaz de dejar de lanzar miradas de preocupación hacia sus hombres, retenidos más atrás.
–He hecho lo que debía hacerse –reiteró el juez, tratando de convencerse–. Cuando yo no esté, te seguirán a ti, Modario. Actúa con prudencia y valentía, pues serán muchas las vidas que dependan de ti, no sólo tu vanidad.
–Lo haré, mi señor. Haré que os sintáis orgulloso de mí desde vuestro puesto en el salón de dorado brillo, junto a Woden.
Aquellas palabras hicieron que Atanarico arrugara el semblante.
Él no moriría en batalla como los héroes; ninguna aguerrida valquiria iría en su busca para recompensarlo por su valor en el combate.
Moriría en el lecho, pero, se dijo, sería un héroe igualmente, porque, gracias a su sacrificio, su pueblo conocería una era de esplendor como nunca antes habían imaginado.
–Y la muchacha, ¿qué ha sido de ella?
Modario se sorprendió un instante, hasta que cayó en la cuenta de a quién se refería.
–¿Habláis de la hija de Gundebaldo?
–Sí, de Gosvinta.
–Está con vuestro pueblo, mi señor, a las afueras de la ciudad. La haré venir, si es lo que queréis, en cuanto hayamos acordado los términos con el romano.
Un ataque de tos hizo que el tervingio se doblara en dos.
–No es necesario. ¿Qué edad tiene? –preguntó con una voz ronca que parecía salir de lo más hondo de su interior.
–Ocho años, imagino –respondió, sin mucho convencimiento.
Atanarico volvió a toser, y un esputo sanguinolento se dejó ver entre sus labios.
Con toda la rapidez de la que fue capaz, se pasó el dorso de la mano por encima y se la limpió luego por dentro de la costosa capa de piel de armiño con la que se cuidaba del frío de aquellos primeros días de invierno.
–Demasiado joven aún –murmuró sin apenas voz.
El carro se detuvo al fin. Desde allí, Modario ya podía distinguir perfectamente los rasgos del emperador. Era un hombre no muy alto, maduro ya, mayor que él, de nariz ancha y poderosa y cabello demasiado negro para la infinidad de arrugas que se adivinaban en un ceño siempre fruncido.
–Hasta que llegue el momento, sabré manejar a todos los que intenten arruinar vuestra obra, mi señor, quedad tranquilo –lo tranquilizó, a la vez que le ofrecía un brazo para que descendiera del vehículo.
El viejo juez emitió un suspiro prolongado al mirar la cantidad de peldaños que lo separaban de Teodosio. Aún no había llegado, aún no había vencido.
–Me encantaría que ese hijo de mala perra de Valente pudiera verme hoy desde ese cielo del que tanto hablan los cristianos. –Atanarico elevó el rostro y escupió con toda la fuerza que fue capaz de reunir–. Te he vencido, maldito bastardo, te he vencido...
* * *
Enero del 382. Provincia de Britania
La lluvia se convirtió en su fiel compañera desde que salieron de Eburacum. De poco sirvieron los capotes engrasados, pues al anochecer de la primera jornada la tela estaba tan empapada como el pelaje de las monturas.
Cuando llegaron a la ciudad de Cataractonium, al norte, la calzada se bifurcaba, y pese a la urgencia que tenía Graciano por finalizar el asunto, no le quedó más remedio que conceder un descanso a los que lo seguían.
Las jornadas se sucedieron, pero la tormenta no escampó, y los hombres empezaron a caer enfermos.
Algunos todavía estaban recuperándose de las penurias de la travesía en barco, y el frío y la humedad de aquella isla no hacía sino empeorar sus dolencias.
La fiebre hizo estragos en los barracones, y los lamentos de los enfermos llenaron las noches y los días de quienes sí se mantenían en pie.
Al tercer día, Graciano tomó la decisión de reemprender la marcha, sin aguardar a la recuperación total de su escolta.
Entre el repiqueteo de la lluvia y las toses de los enfermos, siempre hacia el oeste, dejaron atrás primero Brocavium y luego Verterae.
Al igual que en Cataractonium, en cada una de las ciudades iban dejando a los más aquejados, de manera que, cuando se encontraban a dos jornadas de camino de Luguvallium, la ciudad más occidental de Britania, donde esperaban encontrar al gobernador, poco más de cien hombres seguían al augusto.
Esperaron hasta bien entrada la noche para montar un campamento en el que descansar unas pocas horas.
Los hombres, en grupos de diez, utilizaban sus capas a modo de protección, anudándolas entre sí y elevándolas sobre sus cabezas gracias a las astas de las lanzas, para afianzarlas a continuación en el mismo fango que, jornada a jornada, se convertía en su fiel e incómodo compañero.
Se encontraban a pocas millas de la costa, y el paisaje por fin era distinto.
Habían desaparecido los bosques de árboles de hoja estrecha y las tierras de cultivo, y en su lugar los rodeaba un sinfín de dunas de arena dorada, a la que algunos matojos raquíticos trataban de aferrarse entre aquel diluvio que parecía no tener fin.
Tras dar la orden de que una pareja de alanos y otra de romanos siguieran hasta Lugavallium, para poner sobre aviso a Magno Máximo de su próxima llegada y evitar así que volviera a marcharse, Graciano caminó por entre el bosque de improvisadas tiendas, con Safrax a su lado.
–Vaya mierda de isla –escucharon al pasar por una de las fogatas junto a la que se habían reunido varios alanos.
Graciano dio un respingo, molesto. Hacía días que había desaparecido todo rastro de humor de su gesto. Safrax, atento, lo agarró por el brazo antes de que se le ocurriera encararse con el primer soldado que encontrara.
–Ellos también están cansados –arguyó. En cuanto se percató de que el semblante del emperador se relajaba, volvió a hablar, entonces con un remedo de sonrisa en los labios–: Y en su descargo debo decir que este sitio es una jodida mierda.
El augusto lo golpeó en el hombro.
–Ya casi hemos llegado, sólo un poco más –aseguró para animarse más que dirigiéndose al alano.
Quedaban tres tiendas por delante; después, sólo las suaves formas de las dunas, donde debía haberse situado uno de los centinelas que cubrirían el primer turno.
–¡Ha parado de llover! –exclamó Safrax, extendiendo la palma de la mano hacia el cielo.