24 #3
En pocas jornadas, Atanarico se presentaría en la capital.
Había llegado el momento de que el juez tervingio y el emperador acordaran los términos que pondrían fin al terrible y largo conflicto entre ellos.
Ni más ni menos iban a llegar a un acuerdo, en los mismos términos que Valente había pactado con Fritigerno.
El Imperio estaría al fin en paz, pero la vida de Alarico corría peligro.
Por ese motivo, el emperador había elevado a Flavio Estilicón a la dignidad de embajador, ordenándole representar los intereses del Imperio frente a su homólogo persa.
Constancio examinó el agraciado rostro de su hijo.
Era todo un hombre, y el emperador demostraba su sabiduría al confiarle aquella misión.
La vida de Alarico podía ser importante en el futuro, pero no lo era menos mantener la paz con Persia hasta que las heridas abiertas con los godos sanaran, si es que aquello era posible.
No se trataba de un asunto baladí, ni mucho menos.
Indicó a los jóvenes que tomaran asiento, y cuando él lo hizo, escuchó que el cuero crujía bajo su peso; o quizás era su propio cuerpo el que protestaba.
–¿Qué tal el chico? ¿Alarico, se llamaba?
–Bien, ya habla latín con fluidez. Sigue sin tenernos en demasiada estima, pero nos respeta y sabe que su enemigo no es Roma. Al menos, por ahora –respondió Goar.
–Me alegro. Espero que acabe entendiendo que el mundo no es un lugar tan sencillo como piensa. Pero bueno, la fortuna no lo ha abandonado del todo, porque, según he podido enterarme, su hermana vive y viene hacia aquí.
Goar hizo amago de volverse hacia Estilicón, pero éste se le adelantó.
–No, será mejor que no lo sepa, o buscará la manera de escaparse y enfrentarse a Modario. Sólo conseguiremos que malgaste su vida.
–Su vida y una valiosa ficha para el Imperio en el futuro... –apuntó Constancio, que reparó entonces en que probablemente los jóvenes, al contrario que él, que había cenado mientras aguardaba a su recepción con el emperador, tendrían hambre.
Dio una palmada, y en poco tiempo se presentó un diligente Narciso. Poco después servía un ligero ágape en la misma mesa de trabajo que Constancio acababa de despejar.
–Comed, comed –los instó, mientras él se servía vino en una delicada copa de vidrio realzada con filigranas de plata.
Goar no se hizo de rogar, no así Estilicón.
–Padre, ¿y qué haréis vos ahora?
Constancio jugueteó con la copa y miró a través de ella hacia la luz más cercana.
–Ha llegado el momento de dejar los caminos. Me instalaré en la ciudad definitivamente y ayudaré en lo que pueda a los tribunos de las scholas de palacio.
El dátil bañado en miel a Goar le supo extrañamente amargo, y levantó la mirada hacia su benefactor.
Recordó entonces lo sucedido con Víctor dos años antes, cuando el emperador lo había enviado a Oriente.
Flavio Constancio era un veterano ya, pero había demostrado sobradamente que todavía podía ser útil en el frente de batalla.
–¿Acaso la guerra ha terminado y yo no me he enterado? Aún queda por ver si los godos aceptan a Atanarico como a su señor –protestó Estilicón.
–No, pero el augusto confía en que Atanarico sea capaz de detener este derramamiento de sangre. Nuestros enemigos siguen huérfanos después de la muerte de Fritigerno, y ya son muchos los que se han ofrecido a entablar negociaciones de paz. Confío en que pronto esta pesadilla haya quedado atrás.
Goar escupió de forma discreta. Por su mente pasaban las aldeas calcinadas, las ciudades humeantes y sin vida, los inocentes pasados por las armas. No estaba de acuerdo: el horror que él había visto y muchos habían sufrido tardaría mucho tiempo en quedar atrás.
–No estaré ocioso, si eso es lo que te preocupa, pero prefiero ahorrarme en adelante los rigores de una campaña.
Creo que lo agradeceré, y a la vez puedo resultar de utilidad aquí.
El emperador quiere que se vuelvan a instaurar las antiguas scholas , cuyos integrantes murieron en su mayor parte en Adrianópolis, y estoy de acuerdo con él en que a pocos podría recurrir con más experiencia que yo.
Como también estoy de acuerdo en que pocos lo harán mejor que tú en Persia, hijo mío... ¿Ya lo tenéis todo dispuesto?
–Sí, padre. Todo preparado para embarcar mañana.
Vendrán con nosotros medio centenar de protectores escogidos por el propio augusto, además de Arsaces y más de veinte armenios.
Una vez en Antioquía, nos uniremos a un destacamento de jinetes sirios para atravesar el desierto hasta Nísibis, donde una comitiva persa ha prometido aguardarnos hasta finales de invierno.
–Tenéis tiempo de sobra. Mejor así. Esta misión que te ha encomendado el augusto es crucial, hijo mío.
Más allá de mantener a ese joven godo con vida, restablecer las relaciones con nuestros vecinos persas es un asunto de la máxima importancia.
El emperador ha tenido que descuidar la frontera este demasiados años, y pasarán otros tantos antes de que estemos en disposición de enviar nuevos contingentes hasta allí.
–El emperador así me lo ha transmitido –afirmó Estilicón–, y le he asegurado que conseguiré renovar la paz al menos por otros dos años. Para entonces la devastación sufrida en aquellas tierras no será más que un recuerdo.
–Cuidado con el precio que te pidan...
–No tiene por qué ser oneroso, no, al menos, como lo sería una nueva guerra sin tropas con las que defender una frontera tan extensa como ésa.
El veterano tribuno asintió con la cabeza, satisfecho por el vino y por la comedida actitud de su hijo.
–Que así sea, y que en pocos años estemos en disposición de volver a despedazarnos con esos persas, como siempre ha sucedido. Será un placer ver que las aguas vuelven a su cauce.
Goar no pudo evitar reír al escuchar esa última expresión, y Constancio se volvió hacia él.
–¿Tú nunca has estado allí, verdad, Goar? –Éste negó con la cabeza–. No, claro, no creo que ningún alano lo haya estado.
–Creo que Pablo sí fue allí con Víctor, hace muchos años, mi señor, también en una embajada –apuntó el alano, rememorando algunas de las peripecias que el viejo capitán de la guardia de Víctor le había contado.
Constancio dio un manotazo sobre el escritorio, decepcionado consigo mismo por no haberse acordado.
Pero de repente comprendió el porqué de su error: Pablo no era un alano en aquel entonces, ni siquiera mantenía el nombre que le habían dado al nacer, como él, que hacía muchos años había dejado de ser un vándalo.
–Dices bien, muchacho, y ahora que lo nombras, Víctor me escribió desde Antioquía, de esto hace ya un mes.
Ha decidido pasar allí una pequeña temporada junto a nuestro querido Amiano Marcelino, aunque yo creo que lo que trata es de escapar también de la fogosidad de su joven esposa...
Me encantaría poder reunirme con ellos, como en los viejos tiempos, pero mis nuevas ocupaciones me impiden abandonar la capital.
Así que dadles un fuerte abrazo de mi parte, a ambos.
El tiempo de los viejos leones llega a su fin.
Ahora el Imperio necesita de jóvenes como vosotros.