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Pese a todo, ninguno se atrevió a quejarse, pues sabían que todo aquello no eran más que incomodidades pasajeras; pero realmente los aterrorizaba pensar en ser compañía de aquellos frágiles maderos y perder la vida indignamente en el fondo del océano.
Habían escuchado a quienes estaban acostumbrados a navegar que, terminado el estío, la época de bonanza llegaba a su fin y el océano se convertía en el mortal enemigo de todo aquel que osaba hacerse a la mar.
Y, como no poseían ningún dios al que dirigirse para que calmara las olas, se encomendaron a los marineros y pilotos.
Éstos, curtidos en sobrevivir en aquellas mismas aguas, sortearon lo mejor que pudieron cada una de las tormentas con las que el otoño daba la bienvenida a las gélidas y ventosas tierras del norte.
Aun así, fueron muchas las embarcaciones que, durante la singladura, sufrieron tales desperfectos que no tuvieron más remedio que dirigirse al puerto más cercano para ser reparadas.
Graciano estaba decidido a llegar a Eburacum costara lo que costara, y cuanto antes, por lo que cada navío debía arreglárselas por sí mismo para seguir la estela de la nave del emperador en cuanto pudiera.
Ateridos y extenuados, algunos también enfermos, los poco más de doscientos soldados entre legionarios y alanos que desembarcaron en Eburacum parecían conformar un ejército de baqueteados veteranos, incapaces de dar más de dos pasos sin detenerse sobre la pasarela que los separaba de tierra firme.
Furioso por la pésima singladura y el sufrimiento de sus hombres, Graciano pidió ver al gobernador en cuanto puso un pie en la ciudad.
Safrax había permanecido a su lado, todo lo erguido posible y haciendo un gran esfuerzo para que sus piernas no temblaran mientras el nervioso subalterno de Magno Máximo, al cargo entonces de la ciudad, lo informaba tartamudeando de que el gobernador había partido días atrás hacia el muro construido por el emperador Adriano.
Entonces sí, la ira desarboló al casi siempre correcto Graciano.
Como su padre solía hacer, gritó, blasfemó y pataleó.
El desgraciado oficial llegó a echar de menos la lucha contra los salvajes britanos ante el embate del augusto, pero aguantó como pudo hasta que éste se marchó, todavía dando voces, para encerrarse en las habitaciones que le habían asignado.
Una vez dispuso la guardia, Safrax también se fue a descansar.
Había creído que cuando al fin pusiera los pies sobre la tierra el mareo desaparecería.
Sin embargo, éste parecía acentuarse, así que se había arrastrado hasta uno de los barracones y se había tumbado en uno de los camastros sin tan siquiera liberarse de sus armas.
Había dormido durante más de un día, tan profundamente que ni siquiera había sido consciente del coro de toses y quejidos.
Al despertar, sentía la boca pastosa y un ligero dolor de cabeza, pero el mareo parecía haber quedado atrás.
Lo que sí tenía, ciertamente, era hambre.
Lógico, se dijo, tras unos días sin probar bocado o haberlo vomitado todo.
Con paso titubeante, abandonó el barracón y se dejó llevar por el murmullo de risas y voces hasta un enorme salón en el que casi un centenar de hombres comían, bebían y charlaban a la luz de las teas.
–¡Safrax, aquí! –escuchó como lo llamaban en su lengua.
Entrecerró los ojos y, entre la densa humareda, creyó distinguir las ropas de algunos de los suyos.
–¡Has despertado! –exclamó Tasio, en cuyo bigote todavía se podía apreciar espuma de la última cerveza.
Safrax lo saludó con un leve asentimiento y se masajeó la frente. El bullicio y el humo cargaban el ambiente, y su mente no estaba aún todo lo despierta que le hubiera gustado.
–Come –le indicó Sangiban, sentado frente a él–. Créeme, aunque no te apetezca, luego te sentirás mejor.
Safrax jugueteó con la carne que había en la fuente, hasta que se decidió por lo que creyó era un muslo de pollo, el trozo de menor tamaño. Sin mucho convencimiento, y ante la atenta mirada de Sangiban, le dio un mordisco.
–Tienes mejor aspecto de lo que me imaginaba –comentó Tasio, que parecía haberse repuesto bien de la travesía–. Hace dos días, hubiera jurado que era capaz de ver a través de ti...
El sabor del pollo, crujiente primero, jugoso después, pareció despertar a Safrax.
–Estábamos hablando acerca de si no habrá otra manera de abandonar este jodido sitio aparte de en esos malditos cascarones –intervino Sangiban. Luego, eructó con rotundidad.
–Estamos en una isla... Por lo poco que sé, eso significa que estamos rodeados de agua por todos lados... –respondió Safrax, cuya voz empezaba a aclararse.
–¡Oh, mierda! –blasfemó Sangiban, a la vez que lanzaba el mondo hueso con el que jugueteaba hacia atrás. Al momento, aparecieron, como de la nada, dos perros dispuestos a pelearse por él.
El rumor de los bancos al ser retirados de manera repentina alertó a Safrax de que algo ocurría. Se volvió hacia la puerta y descubrió al emperador, seguido a muy poca distancia por Palaco y otra media docena de alanos.
Safrax hizo ademán de levantarse, pero Graciano ya se había llegado hasta él y lo retuvo en el asiento apoyándole una mano en el hombro. Todo rastro de enfado parecía haber desaparecido; y volvía a ser el joven decidido y de carácter afable que habían conocido hasta la fecha.
–¿Has descansado? –le preguntó a Safrax.
–Sí, estoy casi recuperado –mintió éste.
–Estupendo, porque nos pondremos en marcha mañana mismo.
–¿No esperamos a los demás? –inquirió Tasio, inquieto.
–Tengo doscientos hombres. Si Máximo quisiera matarme, lo haría igual así tuviera dos mil que doscientos, por lo que no tiene mucho sentido seguir esperando.
Además, su intendente no ve la hora de que nos marchemos.
Ha hecho que me informen muy educadamente de que, de seguir alimentándonos una semana más, acabaremos con las provisiones que debían durarle hasta la primavera.
–Bien merecido se lo tendría –apuntó Safrax, provocando un coro de risas alrededor de la mesa.
–No se salvará tan fácilmente. Le ordenaré que nos prepare vituallas para alimentar a la tropa para, al menos, otra semana.
–¿Volvemos a las naves? –preguntó Sangiban, tratando de mantener la compostura, con escaso éxito.
De inmediato, las conversaciones que se mantenían en las mesas cercanas parecieron detenerse, y todos los ojos se posaron en Graciano.
–No. Las dejaremos aquí y marcharemos a pie.
Llegaremos al muro en pocos días. Cuando haya conseguido hablar con ese esquivo de Máximo, volveremos, y entonces sí será el momento de embarcar de nuevo.
Sólo que partiremos a la Galia, donde os olvidaréis del mar durante una buena temporada, espero que para siempre.
Sangiban, aliviado por tal promesa, elevó el vaso y prorrumpió en un sonoro alarido antes de apurar el contenido de un único trago. Al momento, toda la sala lo imitó.
* * *
Enero del 382. Constantinopla
Flavio Constancio abandonó el palacio imperial cuando ya había anochecido.
Pocos eran quienes se atrevían a deambular por las calles a esas horas, incluso allí, en la zona más pudiente y tranquila de la ciudad.
Había llegado a la capital ese mismo día, y no había tenido tiempo siquiera de asearse y presentarse ante su familia, pues el emperador había exigido verlo al instante.
Precedido de dos esclavos iluminando el camino y de dos armenios armados hasta los dientes, recorrió la distancia que lo separaba del hogar familiar sin mayor percance que meditar sobre las noticias que el emperador acababa de transmitirle.
Cuando se encontraban a unos pocos pasos de su destino, uno de los esclavos comenzó a agitar la antorcha.
Dos figuras se apoyaban en la puerta de la casa.
Al momento, uno de los armenios se adelantó, con la mano en la empuñadura de la espada.
Pero Constancio lo detuvo: ya había reconocido a su hijo.
–¡Padre, qué alegría veros! –exclamó Estilicón, corriendo hacia él–. Aguardábamos vuestro regreso, desde que Narciso apareció por aquí.
–¡Hijo mío! –Se fundió con él en un sentido abrazo.
Una figura seguía a su hijo, y Constancio sonrió al ver que era Goar. En casi el medio año que no lo veía, parecía haber crecido, si es que aquello era posible. Además, su piel lucía más morena, al igual que su cabello, corto, parecía más oscuro, lo que destacaba sus ojos verdes.
–¡Goar, muchacho! –lo saludó, abrazándolo también–. Me alegro tanto de veros –reconoció.
Ya en el interior de la domus , Constancio, en contra de lo que esperaba Estilicón, no les pidió que lo dejaran asearse y descansar, sino que fue directo a su viejo despacho, situado muy alejado de la calle, para evitar ruidos molestos.
Constancio sabía que no disponían de mucho tiempo.
La estancia, pese a los años de ausencia, permanecía tal y como el veterano tribuno la recordaba.
Sus sirvientes no sólo habían eliminado el polvo del más escondido rincón, sino que los pergaminos permanecían apilados como los había dejado.
Incluso el aceite de las lucernarias había sido renovado.
Aguardó a que Narciso y otro sirviente las encendieran para hacerles una seña de que podían dejarlos a solas.
–¿No queréis saludar primero a madre? –preguntó Estilicón.
–Tiempo tendré de hacerlo, pero no creo que pueda decir lo mismo en cuanto a vosotros. El emperador me ha informado de que mañana partís a Oriente. Doy gracias por haber llegado antes.