Dragón 24
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CAPÍTULO XXIV

Desde lo alto de la muralla este de Kelemantia, Malvar observaba con curiosidad la cerca que estaban construyendo los ingenieros romanos.

En ella trabajaban godos, alanos y gentes de otros pueblos desde la salida del sol hasta la llegada de la noche.

Primero habían tenido que talar cientos de robles y abetos, lo que había servido, además, para despejar la vista de los alrededores desde el campamento.

Después habían tallado la madera y cavado los cimientos sobre los que se dispondría el muro, de la altura de dos hombres.

Cada cien pasos a lo largo de toda la empalizada, levantarían torres, igualmente en madera, con una altura de tres hombres.

Y poco a poco iba tomando forma. En esos momentos, cuatro meses después de que llegaran los ingenieros y agrimensores, ya semejaba que al corazón de piedra de la vieja Kelemantia lo envolvía una débil cubierta de madera, salvo en su extremo sur, donde el río era toda su protección.

Los tabularios, por su parte, habían establecido los límites de cada propiedad entre las familias asentadas en la llanura fluvial, y éstas disponían ya de títulos de propiedad. Aquello había complacido a Alateo, pues las riñas entre vecinos parecían haber cesado casi por completo.

–¿Malvar?

–Hola, Baddo –la saludó el joven. Intuía que su aparición allí no era casual, pues la goda solía ser la sombra de la anciana Amage y aquélla no era la primera vez que venía a buscarlo.

–Amage quiere verte.

Caminaron hasta más allá de la muralla sur, junto al río.

Allí, Amage parecía dormitar apoyada en una roca lisa y tapizada casi por completo por líquenes de color grisáceo.

Como arrullada por el suave sonido de la corriente cercana y por el trinar de los pájaros que todavía no habían emprendido su migración hacia el sur.

A poca distancia, Caina canturreaba de forma apenas audible, con la mirada perdida en la otra orilla, hacia donde debían alzarse las férreas construcciones de Brigetio.

Pese a que el día era tibio y el sol brillaba en todo lo alto, la joven se arrebujaba en una capa amplia, para proteger así al pequeño Goar del frío.

–Aquí estás, joven –murmuró Amage sin siquiera abrir los ojos, atenta al instante en el que la silueta del guerrero ocultó el brillo del sol de su visión.

Malvar sonrió y, atendiendo a las indicaciones de Baddo, tomó asiento sobre una roca.

Aunque en un primer momento la presencia de la anciana lo había intimidado, se había acostumbrado a ella, incluso disfrutaba estando a su lado.

Anhelaba, de hecho, ser aceptado de nuevo como uno de los suyos, y nadie mejor que Amage podía recordarle lo que aquello significaba, lo que aquello implicaba.

Pasadas las primeras semanas de lógicas vacilaciones, con ella podía hablar sin tapujos de recuerdos que creía enterrados para siempre, de las dudas que se habían instalado en su corazón, pero también de la historia de su pueblo, de sus tradiciones y anhelos, de su credo.

Y, por supuesto, también hablaban de Goar.

–Me alegro de saludarte, Amage.

–Y yo a ti, Malvar. Y más aún porque creo tener la respuesta a una de mis preguntas. Anoche soñé con la que había sido tu tribu cuando vivías entre los tuyos –anunció con expresión satisfecha.

La sorpresa se reflejó en el rostro del joven, que se tocó la barbilla. Se había dejado crecer una suave pelusa con la que pretendía esconder en parte la redondez de sus líneas y también la juventud de sus rasgos.

Aquélla había sido una de las primeras preguntas que Amage le había hecho al día siguiente del rito con el semental, cuando logró la corona que lo distinguía como rey de los suyos por ese día.

Contra todo pronóstico, había sido el más diestro de la jornada, imponiéndose a los alanos que vivían desde siempre como tales mientras que él había sido educado para ser un guerrero de Roma.

Para su decepción, y para la de Amage, aquel día apenas había sabido responder.

Pocas eran las certezas que recordaba de su otra vida, más allá de algunas sensaciones y de los nombres de sus padres, de sus hermanos y de Sangar, el cabecilla de su tribu.

Ignoraba la tierra donde había crecido, tampoco recordaba cómo era el dragón que acompañaba a los hombres a la batalla, ni mucho menos qué parentesco tenía Sangar con el resto de caudillos alanos.

–Sangar fue el hijo de Sangiban, uno de los doce señores del mar de hierba que se unieron en un primer momento contra los jinetes oscuros, como Beuca, mi esposo.

Aquel nombre nada le decía a Malvar, que sacudió la cabeza.

–De eso tiene que hacer mucho tiempo ya...

–Treinta años al menos, pero ¿qué son treinta años para un pueblo que, como el nuestro, lleva siglos hollando la tierra?

–No lo recuerdo... Siento no ser de mucha ayuda, Amage –respondió, encogiéndose de hombros.

–Sangiban perdió la vida en aquel primer conflicto que nos expulsó de nuestras tierras, de manera que fue su hijo, el jovencísimo Sangar, el que reunió a los suyos y marchó hacia el oeste. Beuca no tuvo otro remedio que hacer lo mismo poco después.

–Sangiban... –repitió el joven, pero aquel nombre no le decía nada–. ¿Y qué habrá ocurrido con ellos? ¿Habéis tenido noticias suyas?

–Ellos eligieron su camino, como nosotros.

Pero ahora eso ya no importa. Lo que importa es que el semental te eligió a ti por encima de otros jóvenes que habían crecido junto a los suyos, empapándose de la fe de sus antiguos, Malvar.

Y eso, lejos de ser una afrenta, como alguno de esos estúpidos te habrá querido hacer creer, es una lección para todos nosotros. También para mí.

Baddo le dirigió una mirada cómplice. Aunque su situación era diferente, ella también había sido aceptada por Amage.

La anciana no esperaba respuesta, así que continuó hablando:

–Los tiempos han cambiado. Ninguno de los señores de la hierba se encuentra ya entre nosotros, para nuestra desgracia, pero la vida discurre por sus propios derroteros, por mucho que nos empeñemos inútilmente en dirigirla hacia donde nosotros queremos.

Hoy son otros líderes los que alumbran nuestro camino, jóvenes intrépidos como mi nieto Safrax, y como tú, estoy segura, también lo harás en el futuro, Malvar.

Nos encontramos más al oeste de lo que hayamos podido soñar, de lo que nadie de nuestra sangre hubiera podido imaginar en el pasado.

Hemos visto que todo cambiaba a nuestro alrededor, el paisaje, las edificaciones, las lealtades, todo, y hemos de aprender a sobrevivir en un lugar hostil, pues la mayoría de quienes viven en él nos quieren muertos.

Y en ti, Malvar, de alguna manera, se conjugan estos dos mundos: el antiguo, del que provenimos, pero también el nuevo, aquel al que nos hemos visto arrojados.

–He vivido entre los romanos y he aprendido de ellos, pero mi corazón es el de un alano.

Así he nacido y así quiero morir. Haré lo posible por caer sobre mi caballo, con el viento agitando mi cabello y con un último grito en mi pecho.

No volveré a abandonar a los míos jamás, te lo juro, sabia Amage.

La anciana asintió con la cabeza, complacida, y examinó el joven rostro de Malvar.

Era de la misma edad que Goar, pero de menor estatura que la mayoría de alanos, aunque lo suplía con la fuerza de sus músculos.

Era un buen muchacho, y ellos estaban necesitados de jóvenes buenos e inteligentes que fueran capaces de tomar decisiones por el bien de todos, como Safrax.

–Sé que lo harás, Malvar. Eres la prueba viviente de que nuestro pueblo no perecerá jamás, aunque hasta los suyos olviden el lugar del que provienen...

* * *

Enero del 382. Eburacum

Sólo tres de las diez naves que habían formado la flota del emperador Graciano lograron llegar a la ciudad de Eburacum, la principal urbe del norte de Britania.

Habían sido muchos meses de viaje y el viaje no había estado exento de peligros.

Para colmo de males, lo que parecía un tranquilo y corto trayecto hasta Portus Adurnis y de allí a Londinium a pie, se había convertido en una auténtica odisea.

El gobernador, Magno Máximo, había tenido que marchar con rapidez hacia el norte para atajar un inesperado ataque de los pictos, por lo que los esfuerzos de Graciano por encontrarse con él habían sido inútiles.

El augusto, furioso en un primer momento por no haber sido avisado, dudó si debía permanecer en la ciudad y exigir a Máximo regresar, pero, finalmente, decidió hacer la vista gorda y seguirle los pasos.

Le convenía pensar que los sucesos en la frontera eran tan relevantes como para justificar la presencia del gobernador, pues se había propuesto ganarse su voluntad y su apoyo en el futuro.

Así que, venciendo su malhumor, había vuelto a embarcar en Londinium hacia el norte de la isla.

Si durante la cómoda travesía hasta la costa sur de Britania Safrax y el resto de alanos habían rogado a todos los dioses que recordaban que pusieran fin a aquel tormento, mucho peor fue la segunda parte del viaje, cuando dejaron atrás las tranquilas aguas del Temes y se adentraron en mar abierto.

Allí, el océano era siempre gris, sin asomo de azul, tampoco en el cielo.

Gris y amenazador, y las nubes descargaban lluvia una jornada tras otra.

En cubierta, sin lugar para guarecerse, el agua que caía desde el cielo se mezclaba con las olas del mar que chocaban contra el casco, azotándolos incesantemente.

Los alanos conocieron así el sufrimiento.

Los ojos les escocían; tosían y siempre estaban empapados, ya fuera día o noche.

Quienes aún tenían estómago suficiente como para atreverse a comer, vomitaban poco después por la borda hasta que las arcadas eran incapaces de arrancar más que bilis de sus entrañas.