Dragón 23 #3
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23 #3

–Te has aburrido sobremanera este tiempo, me lo puedo imaginar. Y aguantar al cascarrabias de Arsaces un día tras otro, protestando por hacer de aya en lugar de estar luchando, no debe ser agradable.

Goar sonrió, y le pareció que el protector que se encontraba más cerca agarraba con más fuerza el astil de su lanza.

–Aparte de eso, que es cierto..., Alarico estuvo en la batalla de la colina, pues su padre tomó parte en ella.

–No sé por qué no me extraña –murmuró Estilicón, instándolo a continuar con un gesto.

–Gundebaldo, que ése era el nombre del padre del chico, era uno de los principales apoyos de Fritigerno, pero, además, fue quien hizo posible que Safrax y Alateo, los caudillos que irrumpieron en nuestro flanco izquierdo y cambiaran el curso de la batalla, participaran en ella.

–Sí, había escuchado esos nombres...

–Bien, pues ese Safrax es mi primo.

Estilicón abrió mucho los ojos, sorprendido.

–Safrax..., ¿tu primo? –afirmó más que preguntó–.

No sé por qué no debería extrañarme... –reconoció, más calmado, examinando el rostro de su amigo–.

Pero eso no cambia nada entre nosotros. Mi familia es hoy también la tuya, eres casi un hermano para mí y un hijo para mi padre, y lo más importante, eres uno de los nuestros, un romano.

Goar asintió, agradecido, pues se había estado preguntando qué opinaría Estilicón al conocer que era familiar de uno de sus más enconados enemigos.

–Safrax es el mejor jinete que he conocido, el más diestro con el arco, el más intrépido de entre los nuestros... Él me enseñó la mayor parte de lo que sé hoy, y temo que sea él quien tome el testigo de Fritigerno. Si lo hace, creo que habremos salido perdiendo con el cambio.

Estilicón le dio unas palmaditas en el hombro.

–Si eso es lo que te preocupa, quédate tranquilo, al menos por ahora.

Parece ser que Safrax y Alateo desaparecieron poco después de Adrianópolis, no hay rastro de ellos.

Hay quien dice que regresaron junto a los suyos más allá del Istro, aunque yo sea incapaz de entender el motivo que pudiera llevarlos de nuevo a sus tierras cuando tenían las provincias a su merced.

Pero, sin duda, me alegro de que haya sido así.

Despreocúpate, Goar, que bastantes problemas tenemos ya como para añadir otros sobre nuestras conciencias.

El alano suspiró, aliviado por partida doble, y dio un respingo al darse cuenta de que el liberto estaba a dos pasos de ellos.

Su amigo se despidió con un gesto de cabeza y él se arrellanó en el banco, buscando una posición más cómoda, e ignoró las miradas de los tres protectores que aún vigilaban la puerta, una vez la otra pareja había seguido los pasos de Estilicón.

Goar dejó volar la imaginación. Parecía que Safrax se había marchado muy lejos, o al menos a algún lugar del que nadie dentro de las fronteras del Imperio había escuchado hablar.

Aquello descartaba, como tanto se había temido, que el destino lo condujera a enfrentarse a su primo en el campo de batalla, al menos por el momento.

Pero ¿por qué habría decidido Safrax ir al norte?

¿Por qué imitar a los hunos, en vez de conseguir riquezas fáciles?

Después de la batalla en la colina, Safrax no sólo debía haber ocupado la posición de Beuca, sino que fácilmente podía haberse convertido en el líder de toda una horda.

Tal vez su decisión significaba que habían vencido a esos seres surgidos de la peor de las pesadillas.

Y si era así, Goar se alegraba, se enorgullecía de que los suyos hubieran conseguido defender sus tierras, aunque también se entristecía por no haber estado allí.

Porque ellos no habían querido que él estuviera.

–Pero si es mi joven amigo, el alano –oyó que alguien le decía, y al momento vio que era Tito Buteo–. Pensaba que algo malo te podía haber sucedido, no he tenido noticias tuyas, pero me alegro de haberme equivocado.

Goar sonrió, demasiado turbado para responderle. Justo en ese instante, la puerta del otro lado del patio volvió a abrirse y apareció Estilicón, seguido por los dos protectores que se habían convertido en su sombra desde que habían accedido al palacio.

–¡Y el hijo del leal Flavio Constancio! Debí imaginar que andabais juntos –exclamó Buteo–. Te saludo, Flavio Estilicón. –Y ejecutó una sutil reverencia.

–Lo mismo digo, Tito Buteo –respondió Estilicón, imitando su gesto.

–¿Y qué os ha traído a visitar a nuestro señor el emperador?

El hijo de Flavio Constancio hizo una seña a Goar para que se levantara.

–Mi padre ha querido que informe al augusto de los avances en el norte hasta ahora –mintió. Nadie podría asegurar que lo que decía no era cierto y, por otro lado, Teodosio le había pedido que, mientras Atanarico viviera, nadie más debía estar al tanto de la existencia del joven godo.

–Ahora que por fin la victoria parece a nuestro alcance... –apostilló Buteo.

–Eso parece, pero ni tú ni yo, Buteo, caeremos en la autocomplacencia. Aún queda mucho por hacer, y lo sabemos... Debo disculparme, pues debemos marcharnos ya. Ha sido un placer comprobar que el augusto sigue contando con tu sabio concurso, amigo.