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Safrax asintió. No se le escapaba la tensión en los rostros de los quinientos hombres que lo habían seguido hasta el confín del mundo.
Él también se sentía incómodo, nervioso al contemplar aquella inmensidad que, como un muro en constante movimiento, se abalanzaba una y otra vez contra los cascos de los navíos.
Sólo que sabía que no debía dejarlo ver.
–El emperador me ha pedido que me una a él en la cubierta de su nave, y conmigo los cincuenta que hemos estado con él estas semanas.
Palaco suspiró, aliviado. El lugar más seguro siempre sería aquel en el que estuviera el emperador.
–¿Y qué haremos el resto? ¿No pretenderás dejarnos aquí? –preguntó Tasio, arrepintiéndose al momento de su tono acusador. En realidad, aquello hubiera sido lo mejor que se le hubiera podido ocurrir.
–Os repartiréis en el resto de los navíos. Tú te encargarás de ello.
Tasio asintió, apesadumbrado. No había tenido suerte, no escaparía de subirse en aquellas gigantescas cajas de madera. Pero, por si aquella circunstancia no fuera suficiente para angustiarlo, había algo.
–¿Estás seguro de que es buena idea dejar aquí el resto de nuestras monturas? No me parece buena idea... Podríamos necesitarlas y no me gusta separarme de ellas...
Por orden de Graciano, los alanos no habían tenido más remedio que ir sólo con una montura por jinete. Las demás se quedaban en tierra. Si en adelante necesitaban más, les serían entregadas en Portus Adurni, el puerto que era su destino. Eso, al menos, era lo que había asegurado el emperador.
–Rezongaste menos cuando tuviste que abandonar a mi hermana, quizá debiera tomármelo como un insulto...
Tasio abrió la boca para protestar, escandalizado, pero rápidamente reparó en la expresión divertida de Safrax.
Su antiguo compañero de juegos había recuperado su buen humor.
Sacudió el yelmo coronado por la crin blanquecina que había cepillado durante buena parte de la noche y empujó a Safrax con fuerza, haciéndolo trastabillar.
–Está bien, nos veremos al otro lado del mar, o donde demonios sea –dijo, antes de perderse por el angosto sendero que llevaba hacia la playa.
Safrax miró entonces hacia donde empezaban a reunirse los estandartes del emperador. Allí debían ir sin tardanza.
–Los hombres no estamos hechos para navegar. Estos romanos se creen capaces de desafiar a los propios dioses –arguyó, molesto.
–No, lo que hacen es buscar el apoyo de todos los dioses –le explicó Palaco–.
Asumen a las divinidades extranjeras que llegan a sus tierras, también a aquellas de las tierras que conquistan, con la esperanza de que todas les sean propicias.
Bueno, al menos, los más listos –puntualizó, recordando a Marcial–.
Otros se han echado en brazos de ese Cristo crucificado al que ahora también adoran buena parte de los godos.
Safrax asintió. Le gustaba aquel razonamiento, principalmente, porque hasta él, tan alejado del pensamiento romano como estaba, era capaz de entenderlo.
Él también rezaría a cualquier dios que le asegurara que atravesaría el mar y volvería a pisar tierra firme sin contratiempo; a cualquiera, siempre que no le pidieran dejar de enterrar su espada en la tierra.
–Ellos nos han traído hasta aquí, así que no nos queda más que confiar en que no anden equivocados. En fin, reúne a los muchachos. ¡Nos vemos en la playa!
* * *
Noviembre del 381. Constantinopla
El ambiente en el palacio imperial había mejorado sensiblemente en las últimas jornadas.
Por primera vez en mucho tiempo, las dudas y el miedo que antes habitaban cada rincón, cada corazón, parecían disiparse lentamente, y quienes se dejaban ver por los pasillos parecían haber recuperado cierto aplomo y optimismo.
No hacía mucho que la noticia de que el terrible Fritigerno, el tervingio que había estado a punto de arrasar la urbe y con ella, a todos sus habitantes, había muerto, llegara a la capital.
Sin él, las tribus parecían haberse sumido en el caos, huérfanas de un líder capaz de aunarlos.
Y por eso el optimismo había cundido entre las filas imperiales: el ejército de salvajes que llevaba asolando las provincias desde hacía años no había sido destruido, tampoco derrotado, pero por fin parecía que había llegado el momento de dar la vuelta a la situación.
Flavio Constancio había actuado con rapidez, y Estilicón ya llevaba dos días en la capital.
Sólo le había dado tiempo a presentar sus respetos a su madre y a reencontrarse con algunos viejos amigos antes de que se le informara de que el emperador había accedido a recibirlo en palacio.
En ese momento aguardaba, acompañado de Goar, a que llegara su turno en uno de los múltiples patios ajardinados cerca de las dependencias administrativas, lejos de las privadas del augusto.
Mientras, Arsaces y otro de sus armenios se hacían cargo del joven Alarico, atentos a si el augusto requería de la presencia del joven cuya existencia los había llevado hasta allí.
–Es increíble cómo la muerte de un único hombre puede resultar más catastrófica para un ejército que la pérdida de miles de combatientes –razonó Estilicón en voz alta, observando el ir y venir del palacio.
Goar asintió. Nadie en la capital, más allá de ellos y del emperador, sabía cómo había muerto el líder godo.
El alano había llegado a escuchar en las calles que había sido el dios todopoderoso de los cristianos quien había acabado con la vida de Fritigerno, por sus ofensas hacia él y hacia sus seguidores.
Goar callaba, pues así se lo había indicado Estilicón, pero no dejaba de asombrarse de cuán estúpidos y manipulables podían ser los hombres.
No había dioses que lucharan por uno y otro bando, como algunos romanos aseguraban que había ocurrido en la antigüedad.
La suya era una guerra de hombres, de miserias, de barro y de pequeñas y grandes tragedias.
Una guerra en la que el concurso de cada hombre contaba, y que, hasta hacía poco, parecía capaz de, como una enfermedad, acabar desde su interior con un imperio hasta entonces invencible.
–Hasta que un nuevo líder se erija entre los suyos y ocupe su lugar... –repuso el alano, pensando en su primo. Reparó de repente en que no había informado a su amigo de sus últimas averiguaciones.
–Será difícil que se pongan de acuerdo, al menos durante un tiempo. Pero estás en lo cierto: debemos actuar antes de que eso ocurra.
Goar levantó la mirada. Al otro lado del patio, cinco protectores custodiaban la puerta tras la que había desaparecido el liberto que los había conducido hasta allí. Del primero al último, ninguno les quitaba ojo, como si su mera presencia los incomodara.
–Hay algo más que tengo que contarte.
Estilicón se removió en el banco y trató de hacer desaparecer las arrugas que amenazaban con echar a perder la elegante estampa que se había esmerado en componer.
Vestía braccae y camisa blanca, con ribetes y puños azules, cinturón ancho de tonos igualmente azulados, y por encima había acomodado un sagum de color beis claro, además de un gorro panonio azul, decorado con motivos en blanco, similares a los de la ropa.
–¿Ha pasado algo más en mi ausencia? –preguntó, llevado por la curiosidad.
–No, no... El muchacho ha estado a salvo en todo momento y no parece que nadie esté al tanto de su origen.
Pese a la tristeza que lo embarga en ocasiones y que sus modales siguen siendo muy mejorables, creo que empieza a apreciarnos o, al menos, a no vernos como a sus enemigos. Pero hay algo sobre mí...