Dragón 23
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CAPÍTULO XXIII

El regreso al norte había resultado mucho más largo y penoso de lo que Modario hubiera deseado. Las bandas de saqueadores campaban libremente allí donde Roma había perdido fuerza, de modo que habían tardado semanas en alcanzar la antigua frontera.

A partir de ahí, cuando Modario esperaba que comenzaran los problemas, nada sucedió y no tuvieron más retrasos. Los tan temidos hunos parecían haber desaparecido, aunque dejando tras de sí un paisaje desolador, propio de la peor de las pesadillas.

Pese al invierno, en pocas semanas llegaron a los alrededores de las escarpadas montañas en las que habían encontrado refugio Atanarico y su pueblo.

Sin perder el tiempo, Modario había hecho entrega del macabro trofeo a uno de los hombres cercanos al juez, y, tras ordenar a los suyos que buscaran acomodo temporal para los esclavos que habían traído consigo, se había dirigido hacia la fortaleza en la que imaginaba continuaba encerrado su líder.

En aquellos valles encajonados, el frío y el viento parecían haberse instalado eternamente.

Modario había recordado al momento cuánto le desagradaba aquel lugar.

Debían abandonarlo lo antes posible, si querían que los suyos no desaparecieran como pueblo, agazapados como alimañas temerosas de ver la luz.

Los romanos eran débiles y estaban desesperados.

Él lo sabía, lo había visto ese último año que había pasado con ellos.

En cuanto los centinelas que custodiaban los aposentos del juez le dieron paso, Modario agarró con más fuerza el brazo de Gosvinta y la obligó a seguirlo.

Ella, vestida a toda prisa con las mejores galas que habían encontrado, dejando atrás aquellas hechas jirones con las que había llegado hasta allí, protestó, airada, pero fue en balde.

–Mi querido y fiel Modario –lo saludó el juez en cuanto vio que la puerta se abría y entraba a través de ella un tímido rayo de luz. Al momento, se calló, atacado por un desagradable ataque de tos.

Modario aguardó, en pie. Ya lo habían informado de que la salud del juez se había resentido durante los últimos meses. No le extrañaba, recluido como estaba en el interior de aquella sombría y húmeda fortaleza.

–Mi señor... –repuso al fin con actitud respetuosa, arrodillándose a la vez que tiraba del brazo de la pequeña para que lo imitara. Gosvinta trató de resistirse, pero Modario la hizo caer sobre el suelo con fuerza, lastimándose las rodillas.

Los ojos legañosos de Atanarico se abrieron ligeramente al reparar en que su protegido no había acudido solo. Estudió con detenimiento a la muchachita.

–Sabía que habías regresado con la cabeza de mi más odiado enemigo, Modario –dijo, señalando hacia la mesilla sobre la que descansaba el hediondo saco–, pero ignoraba que trajeras otra sorpresa.

–Ésta es Gosvinta, mi señor, la hija pequeña de Gundebaldo, vuestro sobrino.

Atanarico abrió mucho los ojos, sorprendido, y la visión de aquellos chorretones amarillentos y viscosos que le salían de los lacrimales hizo que la muchacha tratara de recular, inútilmente.

Al momento, se había acercado hasta ellos, con paso dubitativo, y ya alargaba el brazo.

La pequeña sintió de inmediato la frialdad de aquellos dedos pálidos y esqueléticos.

–Gundebaldo, el traidor a su propia sangre... –murmuró el juez, mientras recorría con los ojos cada una de las líneas del rostro de la muchacha, tan similares a las de su madre, Hild.

–He arrancado la cabeza de vuestro enemigo, mi señor, y he esparcido el miedo entre los corazones de sus seguidores, como me ordenasteis.

–No sólo ese augusto Teodosio debe estarnos agradecido, sino que yo también lo estoy contigo, viejo amigo.

Has actuado como sabía que harías, como el más leal y eficaz de mis servidores.

Y, por tanto, mereces la mayor de las recompensas.

–Modario carraspeó; buscaba las palabras con las que formular su petición, pero Atanarico continuó hablando–: Ninguno de mis hijos me ha sobrevivido, y algún día no muy lejano yo mismo faltaré.

Por ese motivo, a partir de hoy te reconoceré como mi sucesor, Modario. Nadie lo merece más que tú.

Modario se hinchó de orgullo y felicidad. Desde no recordaba ni cuándo, cada paso y a cada día había perseguido ese instante.

–Levanta, amigo mío –le pidió el viejo Atanarico.

–Mi señor, me hacéis el mayor de los honores, pero también me traspasáis la mayor de las responsabilidades.

–Que sabrás sobrellevar como has hecho siempre hasta ahora.

Modario permaneció un instante en silencio, escrutando el rostro del anciano, incapaz de decidir cómo dirigirse a él en ese momento.

–Sabéis tan bien como yo que alguno de vuestros familiares podría verse tentado de ocupar vuestro lugar cuando ya no estéis aquí, mi señor, alegando, no sin razón, la pureza de su sangre.

Por ese motivo, os pido que me permitáis desposar a esta pequeña y emparentar con vuestra sangre, con la divina sangre de los baltos.

De esa manera, nadie se atreverá a desafiar vuestra palabra en adelante. Nadie.

Un nuevo ataque de tos se apoderó del anciano, y Gosvinta echó la cabeza hacia atrás para alejar los gélidos dedos de su cabeza.

–Aunque entiendo tu razonamiento, ella es demasiado joven, Modario –protestó el juez, una vez recuperado, volviendo a poner la mano sobre Gosvinta, a quien no le quedó más remedio que arrodillarse más, aun entre sollozos.

–Lo es, mi señor, pero crecerá y llegará el momento en el que haya que desposarla, y vos sois la única familia que le queda.

Queréis que vuestro pueblo sea gobernado con mano firme cuando ya no estéis.

Queréis que vuestra obra no quede en el olvido y que todos los que hoy os siguen no abandonen a los viejos dioses en favor de ese crucificado al que adoran romanos y traidores.

Queréis el bien para los vuestros, pero sabéis que habrá muchos que, llevados por la ambición, ignorarán vuestros deseos.

Por eso os pido que recapacitéis... Esta muchacha servirá para evitar cualquier tipo de revuelta.

Nuestro enlace conseguiría que vuestro pueblo acate vuestras palabras como las que son, las del más sabio de sus jueces.

Modario sostuvo la mirada de Atanarico. La estancia se había sumido en un silencio quedo, sólo roto por los sollozos de la niña.

Se podía así escuchar con claridad el zumbido de las moscas que rondaban la cabeza de Fritigerno.

Y Atanarico sintió un agradable escalofrío.

Por fin había recibido su merecido. Fritigerno le había arrebatado el poder en el peor de los momentos, cuando surgieron de la nada aquellos espíritus de naciente.

Pero Modario había sido el arma con la que él había puesto fin a su traición.

Modario era aún joven, fuerte y decidido.

Cruel, sí, pero ¿quién podía permitirse renunciar a la crueldad cuando la vida de los suyos estaba en sus manos?

Sus parientes, los pocos que le sobrevivirían, aquellos con los que compartía su sangre, eran unos timoratos que no se habían atrevido a bajar al llano.

Timoratos e intrigantes. En verdad, Modario tenía razón, no podía dejar que aquellos inútiles se sintieran tentados de poner en peligro a su pueblo.

–Será tuya, Modario. Cuando sea el momento, la desposarás y pasarás a ser un balto, como yo, como cada uno de los jueces que han regido el destino de nuestro pueblo.

Modario suspiró, agradecido, y por un instante se relajó, lo que aprovechó Gosvinta para alejarse a toda prisa.

La miró, casi divertido. No iría muy lejos; sería su esposa, y llegaría un día en el que le daría hijos que pudieran mantener su estirpe.

Entonces quizá se deshiciera de ella, de esa mocosa rebelde, pero no todavía...

* * *

Noviembre del 381. Costa de Armórica

El día había llegado. Centenares de bajeles se balanceaban sobre un mar oscuro y tenebroso mientras, en el cielo, las nubes, grises, amenazaban lluvia.

Palaco, con la vista fija en la cambiante superficie del océano, apenas fue consciente de que un palafrenero le arrebataba las riendas de su montura para llevarla junto al resto que, como ellos, cruzarían el mar.

Casi dos millares de hombres y la mitad de bestias, además de ingentes cantidades de comida y bebida.

Roma nada dejaba a la improvisación. Un ejército, en ocasiones, era más vulnerable por su estómago que por su capacidad combativa, y en el Imperio aquello era algo que tenían muy presente.

–¿Has subido alguna vez en uno de ésos? –le preguntó Tasio.

Como todos los alanos, Tasio miraba atemorizado hacia las enormes embarcaciones que debían llevarlos al otro lado del mar. No, claro que no, se dijo Palaco, y si estuviera en su mano no lo haría jamás.

–No, pero ya escuchaste a Safrax. Nos llevará poco tiempo, y no es la primera vez que navegamos junto a los romanos...

Tasio hizo visera con la palma de la mano para otear el horizonte, tratando, inútilmente, de encontrar aquella tierra que los romanos aseguraban que se encontraba al otro lado del mar embravecido.

–Sí, pero aquello era un jodido río. No tenía nada que ver con esto –aseveró, señalando el océano–. ¿Has visto el tamaño de esas olas?

«Claro que las he visto», gruñó Palaco para sí. Ojalá pudiera no ver que los primeros barcos que habían abandonado el puerto se mecían como simples carcasas en aquel mar grisáceo y revuelto.

–¿Está todo dispuesto? –los sorprendió Safrax por detrás.

Tasio dedicó una mirada de soslayo a Palaco. Salvo él, salvo ellos, quizá lo estuviera todo lo demás. Todo lo que dependía de aquellos romanos, al menos.

–Sí, los romanos han comenzado a embarcar. Después lo haremos nosotros, y, por último, los caballos en sus transportes. Así quieren evitar que se pongan más nerviosos. ¡Pobres animales!