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–En unas semanas partiremos a Britania. Me han dicho que Magno Máximo, el gobernador de la isla, cree que hace tiempo que lo hemos olvidado, y ha llegado el momento de recordarle que no es así. Debo asegurarme su lealtad para los días difíciles que están por llegar.
Safrax dejó de mirar hacia el océano por un momento. El emperador parecía dispuesto a visitar cada una de sus tierras para recordar a sus gobernadores que era a él a quien debían obediencia.
–¿Y dónde está esa Britania?
El agraciado rostro de Graciano se contrajo en una sonrisa. Extendió el brazo para señalar hacia el norte.
–En algún lugar más allá del mar, más allá de la bruma, o entre la bruma, como he escuchado a los más veteranos.
El alano no pudo evitar que la sorpresa que se dibujó en su gesto lo delatara.
–No hay nada que temer del mar, por mucho que su visión pueda llegar a sobrecoger. Arribaremos a la isla a bordo de nuestras embarcaciones, como Roma ha hecho durante siglos, desde que la conquistamos en época del emperador Claudio.
Safrax guardó silencio. Había visto como los romanos eran capaces de desviar el curso de los ríos, de desecarlos si era necesario para construir sobre su cauce un sólido y majestuoso puente de piedra; también como llevaban el agua hasta sus ciudades sin importar la distancia.
Conseguían cualquier cosa que se proponían, pero atravesar aquel mar rugiente, surcado por olas gigantescas y hasta un lugar que sus ojos no eran capaces de alcanzar, se le antojaba imposible, pese al aplomo que mostraba el emperador.
Aun así, no iba a demostrar temor alguno.
–Si tú lo dices...
Graciano estornudó y se inclinó sobre sí mismo antes de hacerlo una segunda vez. Luego, escupió sobre la hierba y carraspeó.
–Cuando lleguemos a Britania –ronqueó–, quiero que elijas a cincuenta hombres y me acompañes allí a donde vaya. A partir de ahora, los gobernadores, como Máximo, deben saber que quienes guardan mis espaldas sois vosotros.
El alano asintió. Había hablado de aquello con Malobaudes.
El emperador, pese a contar con la lealtad de las legiones de la frontera, temía que su madrastra y los senadores que aconsejaban a su medio hermano trataran de ganarse voluntades para perjudicarlo o, incluso, eliminarlo.
En tales circunstancias, Graciano no tenía manera de saber qué oficiales del Imperio podían estar en su contra, por lo que había decidido encomendar su vida a extranjeros como Malobaudes, de cuya lealtad estaba más que seguro.
–¿Y qué ocurrirá con los demás?
–Nos seguirán, por supuesto, pero vosotros estaréis a mi lado en todo momento..., salvo cuando me disponga a entrar en el dormitorio con una mujer –apuntó, divertido.
–En ese caso, velaremos por tu descanso... –se rio el alano.
–Debo dejar atrás este estúpido resfriado antes de embarcar... Ya lo verás, pero Britania se encuentra en el rincón más remoto del mundo, y su clima es... una mierda, sí. Por eso no me extraña que el humor de Magno Máximo se haya agriado.
–¿Y la segunda de las peticiones?
–Ah, sí. Los muchachos que han venido con vosotros desde Brigetio rumorean...
que eres capaz de acertar en nueve de cada diez blancos con el arco a más de un centenar de pasos.
También dicen que ni el viento ni la distancia te hacen errar el tiro...
No pasarían por ser más que habladurías si yo no hubiera sido testigo.
Safrax sonrió. Sólo la lluvia, únicamente la lluvia, era capaz de hacer que los arcos alanos, y suponía que también cualquier otro, perdieran precisión, amén de la pericia de quien lo empuñaba.
Por otro lado, jamás se había parado a pensar en cuántas veces era capaz de acertar en un blanco.
¿Acaso alguien calculaba cuántas veces respiraba en un día?
–Los hombres tienden a exagerar –respondió, modesto.
–Yo desde luego que no. Y quiero que me enseñes a disparar, Safrax.
El alano ladeó el rostro y se limpió los labios con la lengua, saboreando las gotas que allí le habían caído.
Le gustaba el sabor a sal. ¿Enseñarle a disparar como él?
Graciano era joven, pero no tanto; jamás conseguiría alcanzar la destreza de un alano, cuyo primer juguete era un arco de flexible madera de abedul con el que imitar a sus mayores.
Desde los diez años, algunos antes incluso, como él o su primo Goar, practicaban cada día, desde el alba hasta el anochecer; las heridas en dedos y antebrazos les cicatrizaban una y otra vez, hasta que su piel se convertía en correosa como el cuero con el que fabricaban las tiendas que les servían como hogar.
Ese ejercicio, repetido una y otra vez, cuando sus cuerpos todavía no se habían terminado de formar, fortalecía y ensanchaba sus músculos.
Sin embargo, eso no sería posible ya con el emperador...
, pero tampoco podía negarse. Tan sólo esperaba que no fuera un alumno demasiado exigente.
Él, desde luego, sería un instructor benévolo.
–¿Nueve de cada diez? Creo que quizás es un poco tarde para eso...
–Me conformaré con siete de cada diez.