22 #2
Amage hundió ambas manos en el barreño que tenía a sus pies y comenzó a caminar alrededor del semental, que la miraba tranquilo, erguido, orgulloso.
Con suavidad, casi con veneración, y sin dejar de tararear, Amage posó una mano en el pecho del animal y se la arrastró por el cuello, dejando a su paso una amplia mancha carmesí sobre el blanco pelaje.
Repitió la operación también en el flanco izquierdo y, al terminar, tomando por sorpresa a los romanos y las demás tribus, golpeó al caballo con fuerza en los cuartos traseros.
Éste, como saliendo de un trance, inició una loca carrera, que provocó que infinidad de terrones acabaran golpeando a la asombrada muchedumbre.
Los jóvenes alanos comenzaron a gritar, empujándose unos a otros, deseosos de iniciar su particular competición en pos del semental. Pero no lo hicieron, no hasta que Amage dejó caer el brazo y dio la señal convenida.
El antiguo ritual se había consumado. El rey de los caballos había sido liberado, y sería él quien elegiría el lugar donde los suyos debían asentarse, al menos, mientras el pasto allí no desapareciera.
Y por eso los jóvenes guerreros, los más dignos y valientes debían partir en su busca.
Quien lo encontrara sería rey; al menos, por ese día.
* * *
Octubre del 381. Costa norte de la Galia
El sonido del mar llegaba hasta donde Safrax y los suyos se habían instalado.
Y lo hacía como un rugido interminable, sobrecogedor, tanto durante el día como en la noche, como si uno de aquellos dragones que transportaran consigo hubiera cobrado vida de pronto y amenazara con destruir el campamento.
Aunque eran muchos los que no habían podido dormir aquellas noches por el estruendo de las olas, Safrax no había sido uno de ellos.
A medida que se adentraban hacia el oeste, pese a la soledad, pese a la incertidumbre de cada nueva jornada, al fin había conseguido descansar.
Pocas horas al principio, a pierna suelta después.
Llevaban recorrida una enorme distancia, dejando atrás bosques inmensos, montañas altísimas coronadas por blanca nieve, vibrantes y coloridas ciudades.
Pero siempre sin abandonar las larguísimas carreteras construidas por los romanos.
Asombrados por la ingeniería que vadeaba colinas y ríos, ni él ni ninguno de sus compañeros eran capaces de calcular cuánto tiempo les hubiera llevado recorrer aquellos territorios al otro lado de la frontera de piedra.
Tras abandonar Moguntiacum, habían marchado siempre hacia el norte, paralelos a aquella nueva frontera de piedra, desconocida para ellos.
Safrax se había sorprendido de la marcialidad de los hombres apostados tras los muros de las principales fortalezas, de la solidez de las defensas de ciudades como Castra Bonona o Castra Vetera, de la cantidad de máquinas de guerra dispuestas sobre las murallas y, cómo no, de la cantidad de navíos en la ciudad de Colonia, hogar de la flota del Rhenus.
En Oriente, de todo aquello, si había existido, ahora tan sólo quedaban ceniza y lamentos.
Cerca de Lugdunum Batavorum, el augusto se había detenido para visitar a Malobaudes, y allí Safrax había podido comprobar que las tribus francas que rendían obediencia al magister militum vivían en paz con el Imperio.
Por un momento, pensó que tal cosa le parecía imposible para los godos de Alateo, y mucho menos para sus alanos.
El suyo era un pueblo siempre en constante movimiento, reacio a atarse a una tierra; no estaban llamados a construir ciudades ni a pavimentar caminos o levantar muros.
Un alano se defendía sólo con su armadura y su pericia con las armas.
En esas semanas compartidas con Malobaudes, Safrax había conocido, también para su sorpresa, a un Graciano más relajado y jovial, a un romano que parecía encontrarse más cómodo en tierras de salvajes que en el interior de sus provincias.
Después habían marchado hacia el oeste. Un millar de legionarios y quinientos alanos cruzaron las fértiles tierras de un lugar siempre azotado por el viento y regado por una fina lluvia, incluso durante el estío. Hasta detenerse ese día.
Safrax y los suyos jamás habían visto el mar.
Su pueblo había crecido en una tierra entre dos mares, pero las generaciones posteriores habían marchado mucho más al oeste, en el interior, lejos de sus raíces y de ese lugar llano y siempre fértil, capaz de alimentar a miles de caballos, del que hablaba su añorado Zandipo.
Para él era como una leyenda; aunque, sin duda, la más hermosa que pudiera imaginar.
Esa mañana, tras un frugal desayuno, se había envuelto en el sayo y se había llegado a atisbar el océano. En aquella playa, con arena similar al color del cabello de muchos de sus hombres, el viento del norte, gélido, arrastraba hacia él gotas de la mar cercana; gris, peligrosa y rugiente.
–Si te atrevieras a embarcar, no volverías a encontrar tierra por mucho que navegaras hacia poniente... –escuchó por detrás que alguien le decía en el idioma de los romanos.
No muy lejos, Graciano se arrebujaba en un confortable abrigo. Llevaba las botas mojadas, y la nariz, en lo poco que quedaba a la vista bajo la cogulla, la tenía colorada, claramente congestionada. Más allá lo aguardaban su montura y varios de sus seguidores.
–Jamás había visto el mar –respondió Safrax, volviéndose de nuevo a mirarlo, rumiando para sí las palabras que había utilizado el augusto.
Hasta donde le alcanzaba la vista, sólo había una inabarcable masa de agua.
Si lo que decía el emperador era cierto, aquél era el fin del mundo.
Sus pasos los habían llevado hasta el último rincón de tierra, allí donde las esperanzas de los hombres terminaban, al igual que lo hacía el suelo sobre el que pisaban, reían y cabalgaban.
–Hay lugares que yo tampoco he llegado a ver, como esa pradera de la que me has hablado –repuso Graciano, chapoteando sobre la hierba húmeda mientras se acercaba a él.
–Si te sirve de consuelo, yo tampoco creo que vuelva a verla... –musitó el alano.
El emperador hizo un gesto a su espalda para que su séquito se marchara. Se hicieron de rogar, pero finalmente no tuvieron más remedio que obedecer.
Graciano quería que los alanos fueran quienes protegieran sus espaldas y velaran su sueño en adelante, y para eso debía ganárselos a todos, no sólo a Safrax, así que debía confiar y convencerlos de que la confianza era recíproca.
Él, al menos, así lo sentía. Era su oportunidad de hacerse con una escolta digna de su posición, temible en el combate, sí, pero también leal como ninguna otra.