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CAPÍTULO XXII
Con la llegada del estío, Teodosio se había propuesto dar el golpe definitivo al rumbo del conflicto.
No conocía el paradero de Fritigerno, pero sí había convencido a los generales de Graciano, los francos Batuto, Arbogasto y Merobaudes, para que acudieran a su encuentro.
Una vez juntos, se dirigirían a las montañas donde se habían parapetado los godos.
De esa manera, y en espera de las experimentadas tropas occidentales, eran miles los hombres que se habían reunido en Adrianópolis, la mayor parte, bisoños reclutados hasta en el último rincón de las provincias orientales y hombres de las distintas tribus de más allá de las fronteras del Imperio.
Bacurio y los principales comandantes llevaban dos días, con sus correspondientes noches, preparándolo todo para cuando el ejército tuviera que ponerse en marcha.
Necesitaban avituallamiento, ropa, armas y animales para casi quince mil almas, igual número al que pondrían en liza los generales francos.
Al tercer día, el portalón del puesto de mando se abrió con un chirrido.
Flavio Estilicón, pese al agotamiento, fue el primero en identificar la silueta que destacaba entre los centinelas, pero no dijo nada.
Ante las dudas de los íberos que guardaban la puerta, cuyo nerviosismo era patente, el hombre continuó avanzando, balanceando en su mano izquierda una suerte de saco de pequeño tamaño.
–¡Modario! ¡Por todos los dioses! –exclamó Tito Buteo, poniéndose en pie y acercándose al recién llegado.
Flavio Constancio pareció despertar de repente y dedicó una mirada de soslayo a su hijo.
No habían vuelto a tener noticias del godo, ni siquiera Buteo, por lo que padre e hijo habían imaginado que había fracasado en su misión, motivo por el que el emperador había decidido regresar al campo de batalla.
El tervingio dedicó una mirada cargada de desprecio a la sala antes de apoyar el saco que llevaba sobre la mesa y desatar el nudo que lo mantenía cerrado.
Al retirar la tela, quedó a la vista de todos una cabeza cercenada, arrugada y macilenta, y coronada por una hedionda y enredada cabellera de tonos dorados.
Un olor nauseabundo inundó la estancia y, al ver la grotesca mueca en el rostro sin vida, todos los que se sentaban alrededor de la mesa se apartaron de forma inconsciente.
Todos salvo Buteo, que, para sorpresa de los demás, compuso una expresión extasiada y acarició con delicadeza las greñas rubias.
–Éste es... –comenzó a hablar Bacurio.
–Éste era Fritigerno, el traidor –lo interrumpió el godo, satisfecho–. Vuestro augusto ya ha obtenido lo que requería de mí y de mi señor: que descabezáramos esa rebelión.
Estilicón se acercó a la mesa y fijó la vista en el supuesto trofeo. Resultaba imposible saber si se trataba de la cabeza de Fritigerno; se veía que Modario había tratado de conservarla utilizando grandes piedras de sal, pero el estado de descomposición de la carne era avanzado.
–¿Cómo sabemos que se trata de la cabeza de Fritigerno y no de la de cualquier otro? –preguntó Estilicón, atrayendo las miradas hacia él, así como un murmullo de aprobación.
Modario dio dos pasos hacia él, desafiante.
–Hasta el momento no hemos tenido motivos para dudar de la palabra de Modario –alegó de inmediato Tito Buteo, situándose entre ambos para asegurarse de que el incidente no llegara a mayores.
El godo se vio obligado a apartarse de su joven rival, no sin dedicarle antes una mirada cargada de animadversión.
–¿Acaso tú lo conocías, jovencito? Dudo que te hayas acercado mucho a él en una batalla –lo imprecó mientras guardaba la cabeza de nuevo en el saco, para poder presentársela más tarde a su señor.
Flavio Constancio, furioso por cómo aquel extranjero se dirigía a su hijo, se puso en pie, pero de nuevo Tito Buteo reaccionó y fue a calmarlo.
–De todos nosotros, sólo tú conocías a Fritigerno, Modario, así que regresa ante tu señor y trasládale lo ocurrido. En breve, todos recogeremos los frutos de tu intrepidez, amigo... –anunció con gesto conciliador.
–Yo tan sólo he cumplido la palabra dada –respondió el godo, altanero.
Sin dejarle decir más, Buteo lo agarró por el brazo para llevárselo de allí.
Ignoraba si aquella cabeza era la de Fritigerno, aunque, como había dicho, tampoco tenía motivos para dudarlo.
En el fondo, le traía sin cuidado. Teodosio le había ordenado sembrar el miedo, la desconfianza y el odio entre los godos, entre todas las tribus, y no habría podido encontrar mejor aliado que Modario para tal encargo.
Y es que el tervingio no era tan diferente de él mismo.
Modario únicamente era fiel a su señor Atanarico, sin importarle el precio.
Como él con Teodosio, a quien jamás había fallado.
–Has prestado un gran servicio a Roma, Modario y, en consecuencia, serás recompensado con creces.
También lo será tu señor, por supuesto: ocupará el lugar que le corresponde al frente de su pueblo a este lado del río, siempre que jure lealtad al emperador.
Ahora, regresa al norte y transmite la buena noticia al juez Atanarico.
Cuando llegue el momento, el emperador os hará llamar, y yo mismo iré en vuestra busca.
El tiempo de los godos, con la sabia guía de tu señor, no ha hecho sino empezar.
* * *
Agosto del 381. Kelemantia
Fariban desvió la vista hacia Malvar, incómodo. Su compañero, al igual que él, llevaba el pecho, la cara y buena parte del cabello cubiertos con arcilla del río, ahora rojiza por el emplaste de hierbas que Amage les había aplicado.
–¿Estás seguro de que quieres hacerlo? –preguntó Fariban al descubrir entre la muchedumbre a algunos de sus antiguos compañeros de armas, entre ellos a Marcial.
Malvar asintió enérgicamente. Claro que estaba seguro, jamás había estado tan seguro de algo.
Quería volver a ser un alano, lo necesitaba.
No le importaba que sus antiguos camaradas, burgundios, francos y romanos, los miraran con desagrado.
Le traía sin cuidado. Ni él ni Fariban, que sí dudaba de lo que estaban haciendo, habían tenido nada que ver en la caída de Kelemantia.
En verdad, todo lo contrario, pues habían combatido junto a Nepociano, jugándose la vida.
Ese día lo había lamentado por ellos; pero, ahora que convivía de nuevo con quienes compartían su sangre, había recordado quién era, y, sobre todo, quién quería ser.
–Soy un alano y, además, quiero ser rey –respondió con una sonrisa, lo que hizo que Fariban olvidara por un instante sus preocupaciones y rompiera en una carcajada.
–¿Te has vuelto loco? –le preguntó, pero su voz fue rápidamente acallada por la de Amage.
Malvar enarcó una ceja, y rápidamente ambos ocuparon sus puestos.
La anciana ocupaba el centro del círculo formado por diez jóvenes alanos, los más fuertes y despiertos, todos ellos menores de dieciocho.
Ella dirigía el ritual, siguiendo la estela de sus antepasados, y a su voz, una pequeña de unos diez años, virgen, rubia y de rasgos delicados, se acercó llevando de las riendas engalanadas un soberbio caballo de cruz alta, patas poderosas y pelaje de un blanco tan impoluto como el de la más prístina nieve.
Nepociano contemplaba la escena a cierta distancia, con una mezcla de diversión y repugnancia.
Apreciaba a los alanos, pues éstos se habían sabido ganar su aprecio: eran jóvenes duros, leales y esforzados.
También había llegado a apreciar a Safrax, primero, y después a su abuela.
Aquella anciana sólo lo parecía por lo blanco de su pelo y la multitud de arrugas que le adornaban el rostro; se mostraba siempre decidida, despierta, inteligente y muy capaz, y, en ausencia de su nieto, era quien decidía por su pueblo.
En el fondo, los admiraba, aun cuando, al ver aquellos rituales primitivos, comprendía que estaban por civilizar. Eran bárbaros incluso allí.
–Si esos alanos tienen los arrestos necesarios para matar a ese rocín, terminarán por ganarse todo mi respeto, por muy salvajes que sean... –susurró Marcial al oído del tribuno, pensando para sí que todo aquello le recordaba al rito de un iniciado de Mitra en el momento de su aceptación.
Por desgracia para el centenario, su credo contaba cada vez con menos adeptos.
El culto a Mitra había nacido como la religión de los guerreros del Imperio, la del Sol Invicto que desafiaba a la oscuridad, igual que los soldados defendían las fronteras más remotas de Roma contra los bárbaros.
Ahora, con la llegada del cristianismo, su poder declinaba, como también las guarniciones encargadas de mantener el limes .
El primero de los jóvenes comenzó a canturrear en voz baja, y Malvar, cerrando los ojos para concentrarse, lo imitó. Fariban aún dudó un instante, pero por fin unió su voz a todos los demás, de manera que lo que había comenzado siendo un susurro ganó intensidad.
El vello de la nuca de Nepociano se erizó al escuchar el cántico, unos sonidos guturales, ininteligibles, y también al reparar en que los jóvenes, en trance, se movían rítmicamente.
La pequeña, en cambio, no dudó y siguió avanzando, y los dos alanos más cercanos se apartaron, franqueándole el paso al interior del círculo.
Detuvo al semental al lado de Amage, y entonces la niña le tendió las riendas y esperó a que la anciana posara las manos en la frente del animal, donde dejó impresas unas huellas rojizas como las que embadurnaban a los jóvenes guerreros.
Amage elevó la voz, y los cantos y bailes cesaron de inmediato.
Nepociano aguzó el oído, pero fue incapaz de entender las palabras de la anciana. Si había accedido a presenciar aquel rito, había sido sólo porque ella se lo había impuesto a cambio de aceptar la ayuda de agrimensores y tabularios.