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Alateo jamás había imaginado que ser rey pudiera haber sido tan aburrido, a la vez que desesperante. Pensó en su viejo compañero de armas. Ese jodido alano estaría corriendo multitud de aventuras y luchando batallas sin cuento mientras él se pudría entre aquellas cuatro paredes...
* * *
Agosto del 381. Brigetio
Flavio Nepociano supo, desde que sus botas se enterraron en el barro junto al embarcadero de Brigetio, que aquella jornada no sería la más dichosa.
Poco después atravesaba las puertas del pretorio, y los secretarios que trabajaban a aquella hora ni tan siquiera elevaron la mirada a su paso.
Todo había cambiado desde la llegada de Corvino, y no para bien.
No se escuchaba sonido alguno más allá del de los punzones arañando las tablillas enceradas.
El nuevo prefecto no era amigo de las discusiones en tono elevado ni de las risas a las que Tito Valerio Flaco, si no se había unido en el pasado, sí al menos había permitido entre quienes allí trabajaban.
No tardó en presentarse el secretario personal del prefecto, uno de los libertos que había traído consigo desde la lejana Galia, para indicarle en tono desabrido que lo siguiera.
–El tribuno Cayo Nepociano, mi señor –anunció desde la puerta del despacho privado de Marco Elio Corvino.
Nepociano realizó el consabido saludo y, a una señal de su superior, tomó asiento al otro lado de la mesa.
Aunque se guardó muy bien de mostrarlo, se sorprendió al reparar en que el prefecto había ganado peso desde la última vez.
Sus mejillas lucían plenas y sonrosadas, y un vientre ligeramente abultado resaltaba entre sus ropajes.
–Me he enterado de que de momento reina la paz entre esos salvajes, que cumplen con lo acordado. Imagino que, en parte, se deberá a tu buen hacer, tribuno –comentó Corvino con voz nasal, a causa de un molesto resfriado que llevaba meses sin abandonarlo.
–Sólo cumplo las órdenes dictadas por el emperador, prefecto.
Corvino se llevó las manos al rostro y estornudó. El gesto posterior para limpiarse las manos recordó al tribuno al de una mosca frotándose las patas.
–Como todos y cada uno de nosotros, por supuesto. Estoy muy satisfecho con tu desempeño, tribuno, pero me ha sorprendido la petición que me has hecho llegar, y por ese motivo te he enviado a buscar.
Nepociano se aclaró la garganta y miró la botella que se encontraba sobre la mesa, a muy poca distancia del prefecto.
En el pasado, Tito Valerio Flaco, cuando se reunía con él o con algún otro de los oficiales de mayor graduación, se ocupaba de que en su escritorio siempre hubiera sendas copas con las que ofrecer a sus invitados un trago.
Desde luego, Corvino no compartía aquella buena costumbre.
–Las cosas marchan muy bien en la otra orilla, prefecto.
El godo Alateo ha dado muestras de ser un aliado leal, pero, si no queremos que el asentamiento se convierta en una fuente de problemas y altercados entre las diferentes tribus, necesitamos pasar a la acción.
Debemos intentar que dejen atrás sus bárbaras costumbres, y que se establezcan como haría la gente civilizada, que entiendan que viven en una ciudad.
Con la ayuda de los agrimensores e ingenieros conseguiremos poner las bases de un asentamiento que nos permita, a su vez, proteger de mejor manera la frontera norte de Brigetio; y con el concurso de los tabularios y escribas conseguiremos atar a esas gentes a la tierra y evitar conflictos entre ellos por la posesión de las parcelas.
Corvino estornudó nuevamente, y centenares de pequeñas gotas quedaron suspendidas en el aire.
–¿Y quién va a pagar todo eso? –preguntó, sirviéndose un poco de vino.
–El augusto Graciano dio órdenes de que esas gentes fueran instaladas al otro lado del río respetando las leyes y la amistad de Roma.
Además, aún no se les ha satisfecho parte del tributo acordado para este año.
–Corvino le devolvió una mirada airada. No estaba dispuesto a malgastar el dinero del Imperio en una panda de salvajes desarrapados si podía evitarlo; máxime, si podía quedárselo él–.
Tan sólo trato de cumplir con sus órdenes, mi señor.
Por otro lado, aunque estoy de acuerdo en que puede resultar gravoso, sería mucho peor tener que hacer frente a un ataque desde el norte.
Corvino le sostuvo la mirada hasta que la desvió hacia sus pies. Tenía la nariz completamente enrojecida, y Nepociano ya dudaba si era por el resfriado o por el vino.
–Está bien –respondió, poniéndose en pie y acercándose al ventanuco más cercano, con la esperanza de que le diera un poco el aire–.
Nuestro apoyo al emperador no está exento de sacrificios, como ocurre con los buenos servidores.
Yo mismo me encargaré de reunir a los profesionales que precisas, y descontaré el coste de sus servicios de lo que aún se les adeuda a nuestros nuevos vecinos.
Dame otras dos semanas y los tendrás en Kelemantia.
Hasta entonces, confío en que te bastes para mantener a esos salvajes a raya, como hasta ahora...
–Os lo agradezco, prefecto. No os arrepentiréis.
–Nadie se arrepiente por servir al augusto, sino por no hacerlo. Ahora, tribuno, si no hay nada más, márchate. Aún tengo mucho por hacer antes de la hora del almuerzo.