Dragón 21 #2
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–Es lo que nosotros hacemos... Quizá, si pudiera hacerse entre los suyos, acabarías de una vez por todas con este problema...

–¿Y podemos hacerlo?

El tribuno dedicó una mirada a ambos peticionarios, que los observaban esperanzados.

–Puedo ir a Brigetio y solicitar el concurso de agrimensores y tabularios que nos ayuden en el inventario del nuevo territorio.

–Pues hazlo sin tardanza.

Nepociano carraspeó. No se entendía tan bien con Alateo como, imaginaba, lo hubiera hecho con Safrax. El greutungo era terco e impaciente, y pocas veces se dejaba aconsejar, sólo cuando no tenía más remedio, como en ese momento.

–Esa labor requerirá de varios meses. Sois muchos.

Alateo lo miró horrorizado.

–¿Y qué cojones hago yo con estos cabrones quejándose como viejas durante los próximos meses? Como no nos andemos con prisas, en algún momento alguien arreglará estas disputas mediante las armas, y entonces sí que estaremos metidos en un buen lío...

Mientras hablaban, una solitaria figura entró en la sala y, a su paso, los curiosos abrían hueco para que se acercara hasta el estrado.

–Amage, tienes que decir a los tuyos que dejen de comportarse como unos salvajes –protestó Alateo en voz baja en cuanto reconoció a la mujer. Aunque vestía unos humildes ropajes de color pardo, era respetada tanto por godos como por alanos, sin necesidad de corona alguna.

La anciana endureció el gesto, y Nepociano, sin darse cuenta, dio un paso atrás.

Le resultaba desconcertante que aquel rostro, que la mayor parte del tiempo expresaba bondad y afabilidad, pudiera reflejar todo lo contrario cuando se enfadaba.

Era una mujer conciliadora la mayor parte del tiempo, pero también sabía ser dura, él lo había comprobado en aquellos meses, y en ausencia de su nieto se había arrogado la responsabilidad de conseguir lo mejor para los suyos, sin importarle tener que enfrentarse a Alateo o a él mismo.

–¿Acaso le dirías a un pájaro que no volara? ¿A un pez que no atravesara las aguas? –murmuró, molesta.

–¿No puedes simplemente responder, anciana? –protestó el greutungo, aunque rápidamente, al ver la expresión airada de la mujer, prosiguió de mejor modo–: Esto es algo muy serio. Como no le pongamos fin, terminará por ocurrir una desgracia.

Amage observó sin apenas pestañear a Nepociano, que se limitó a asentir ante las, por una vez, razonables palabras del godo.

–Éste es tu pueblo, Alateo, como también es el de mi nieto, el mío. Uno solo, recuérdalo.

Un nuevo murmullo volvió a escucharse en las últimas filas, pero el sonoro grito de Marcial fue suficiente para que las protestas murieran en los labios de los más impacientes.

–Es la cuarta vez en pocos días que me veo obligado a intervenir en un problema como éste. O eres tú quien ata en corto a los tuyos o me veré obligado a hacerlo yo.

–Los míos viven como aprendieron de sus mayores, y ahora mismo es lo único que les queda a lo que aferrarse para seguir siendo alanos... Así seguirán haciéndolo hasta que quieran, Alateo; tú también eres su rey, e igualmente te corresponde defenderlos.

Con un carraspeo, Nepociano se situó delante de Alateo, para que nadie pudiera ver su rostro.

Si Alateo y Amage eran los encargados de mantener la paz entre sus nuevos aliados, él lo era de que la situación a aquel lado del Istro no se convirtiera en un foco de problemas para el Imperio, al menos si no quería que Corvino metiera sus narices también allí.

El prefecto había dado sobradas muestras de desearlo en los meses anteriores, y a Nepociano no se le escapaba que le encantaría ganarse a aquellos miles de guerreros para su causa, pero Graciano había sido contundente al respecto.

Nadie, a excepción del dux de la provincia, podía movilizar a alanos y godos en su ausencia, y para evitar eso estaba él allí.

El emperador podía ser muy joven, pero no era menos cierto que había sido el único capaz de contener la hemorragia que la alocada intervención de su difunto tío había provocado en las provincias del este.

–No es de tierras de lo que estáis faltos.

No existen poblados alamanes ni cuados en las cercanías, y cuanto veis es vuestro, con el permiso de Roma –se obligó a apostillar–.

Quizá podemos levantar una cerca alrededor de las casas que habéis comenzado a construir, de manera que los animales no puedan entrar, al menos si eso es lo que queréis.

Amage miró al romano como si hubiera dicho una estupidez.

–No permitiré que entregues las peores tierras a los míos, romano.

–En absoluto planeo hacer eso –respondió Nepociano con rapidez–.

Las tierras cercanas al río, las más fértiles, pueden destinarse a producir cereal y aquellos otros cultivos que consideréis.

Vuestros caballos y el resto de animales pueden pacer tranquilamente hacia las tierras del interior, sin molestar a nadie y sin nada que temer.

Hay pasto suficiente para todos, y, en el peor de los casos, podéis comprar forraje en la ciudad o canjearlo por cualquier otro producto que resulte de interés para los comerciantes.

–Los animales no son estúpidos: saben buscarse su propia comida –respondió Amage, con un respingo.

En esa ocasión, Alateo sonrió, feliz de no ser el único en ganarse las reprimendas de la alana.

–¿Y vas tú a levantar esa cerca? –preguntó el godo.

Nepociano negó con la cabeza. Estaba visto que tenían demasiadas esperanzas puestas en él, o en aquel a quien representaba.

–Puedo encargarme de traer desde la ciudad a algunos ingenieros y constructores que os ayuden, pero vosotros deberíais buscar la mano de obra. En pocas semanas habremos superado estos problemas, os lo aseguro.

Las miradas de Amage y de Alateo se centraron en Nepociano.

–Mi señor Alateo, ¿qué habéis decidido? –preguntó el peticionario greutungo, desesperado por la escasa atención que recibía su caso.

Nepociano asintió, esperanzado, a la vez que Alateo lo apartaba.

–El alano te ayudará a plantar nuevamente, o que sea su mujer quien lo haga, me trae sin cuidado –puntualizó, al recordar la aversión de los alanos a trabajar la tierra–, pero no recibirás ningún tipo de compensación.

–Se dirigió entonces a la muchedumbre que abarrotaba la sala–.

Los próximos meses, todos nosotros tendremos que trabajar, codo con codo, hombro con hombro.

Levantaremos una muralla de madera y tierra alrededor de nuestras casas, también cercas para nuestros animales, porque aquí hemos de quedarnos.

Ésta es nuestra tierra y, escuchadme bien, nadie os la arrebatará, tenéis la palabra de vuestro rey.

Ninguno de los demandantes de justicia pareció quedar muy satisfecho con el resultado, pero la gente comenzó a jalear a un Alateo que se contentó con indicar a Marcial que alejara a los dos hombres de su vista.