Dragón 21
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CAPÍTULO XXI

Fritigerno tomó la copa de plata y apuró el contenido de un trago. Se había acostumbrado tanto a aquellos caros y refinados recipientes como al vino al que tan aficionados eran los romanos. Estaba achispado, pero también furioso, así que lanzó la copa al suelo.

Aunque nadie se atrevía a decírselo a la cara, él sabía que sus hombres estaban cansados de guerrear.

Llevaban cuatro años así, y hasta él mismo estaba llegando al límite de sus fuerzas, pero no debía prestar oídos a las promesas de Roma.

Lo había hecho en el pasado, y había sido la peor decisión de su vida.

Había que resistir, aguantar el pulso a aquel nuevo emperador y obligarlo a postrarse ante él.

Ahora más que nunca, ahora que Atanarico, si no se equivocaba, había empezado a meter sus narices al sur del gran río.

Se volvió hacia la entrada de la tienda al escuchar lo que parecía alguien protestando fuera.

Sacudió la cabeza, pues allí no parecía haber nadie, y tomó una nueva copa, ésta fabricada en el más delicado vidrio que hubiera visto hasta entonces.

La volteó con delicadeza, admirándola, y decidió que era demasiado hermosa como para romperla.

Estaba cansado, pero, aun así, sabía que el sueño le resultaría esquivo una noche más.

Rellenó la copa y, obviando el ruido exterior, que imaginaba provenía de los hombres que Tarvas había dispuesto esa noche como centinelas, se tumbó en el lecho.

En cuanto cerró los ojos, la cabeza comenzó a darle vueltas.

Antes de que las arcadas lo vencieran, escuchó un sonido similar al roce del metal y se incorporó con dificultad.

Cuando abrió la boca, los nudillos de Modario se la cerraron con un fuerte golpe.

El caudillo tervingio exhaló un quejido y paladeó el sabor de la sangre.

Dolorido a la vez que sorprendido, pataleó, y consiguió que el arma de su contrincante cayera sobre la cama.

Ambos se lanzaron sobre ella, pero, antes de que ninguno pudiera agarrarla, Tarvas entró en la tienda.

Fuera también se estaba sucediendo una lucha desigual.

El alano no se lo pensó. Había dejado a dos de los suyos en la entrada, en franca inferioridad, mientras él acudía presto a socorrer a su señor.

Espada en mano, se lanzó contra los dos hombres que cubrían las espaldas de Modario, y éstos, sorprendidos, apenas pudieron cubrirse.

Fritigerno, aliviado por la milagrosa aparición de su escolta, se sobrepuso al dolor, olvidó el arma de su oponente y corrió a buscar las suyas propias.

De inmediato, Modario blandió la espada hacia él, y antes de que el caudillo tervingio alcanzara su tahalí, le lanzó un tajo que le atravesó de parte a parte el brazo derecho.

–¡Tarvas, Tarvas, a mí! –gritó Fritigerno, fuera de sí, y su súplica desesperada actuó como un acicate para el alano.

Tarvas, pese a su estado de embriaguez, era un luchador terrible.

Golpeó a uno de sus contrincantes con el hombro, desequilibrándolo, y entonces atacó al otro con la espada, lanzando un tajo desde muy arriba, aprovechándose de su enorme estatura, y la hoja terminó incrustada en el cráneo de su oponente.

La sangre salpicó a Modario, quien maldijo por lo bajo y se abalanzó sobre su odiado enemigo.

Para entonces, Fritigerno había conseguido alcanzar su espada, pero, inutilizado su brazo derecho, no tuvo más remedio que esgrimirla con la siniestra, sin apenas fuerza.

Al verlo, Modario lo acosó sin tregua, y al poco le enterraba la punta de su arma en el muslo; luego, en su vientre.

Casi de manera simultánea, el segundo de los hombres de Modario caía sin vida al suelo.

Tarvas, iracundo, apuntó entonces con su hoja hacia el enviado de Atanarico, pero apenas tuvo tiempo para nada más, pues otros tres enemigos penetraron en la tienda, lanzas en ristre.

Modario suspiró, aliviado, al ver que el alano se giraba para enfrentarse a los recién llegados.

Bufaba como un toro dispuesto a embestir, y su torso desnudo estaba surcado por las heridas recién abiertas, aunque parecía que ni tan siquiera había reparado en ellas.

Los tres hombres aferraron las varas de fresno con nerviosismo, conscientes de que el guerrero con el que se las tenían que ver, aunque tan sólo fuera uno, era formidable.

–¡Tarvas, a mí! –volvió a gritar Fritigerno, cada vez con menos fuerza.

El alano aulló como un animal y, sin dejar de voltear la espada, dio la espalda a los lanceros y se dirigió como una exhalación hacia donde estaba su señor, dispuesto a defenderlo hasta el último aliento.

Fritigerno, que se encontraba en su camino, tan sólo tuvo tiempo de elevar su arma para protegerse del tremendo mandoble.

Apretó los dientes para aguantar, como si se tratara de un martillo, la simple fuerza bruta de Tarvas.

Escuchó el rumor de las hojas resbalando la una sobre la otra, y, cuando quiso darse cuenta, ante el empuje de su enemigo, se encontraba con la rodilla izquierda hincada en la tierra.

Sentía los músculos de los brazos en tensión, a punto de ser vencidos, a punto de retirar la guardia, lo que significaría su muerte.

Sacó fuerzas de donde no las tenía y empujó hacia arriba.

Al principio, no fue capaz de hacer retroceder un ápice el arma del alano, pero, poco a poco, su hoja fue elevándose, a la vez que él mismo se incorporaba.

Abrió entonces los ojos, y se dio cuenta de que sus hombres habían enterrado las puntas de sus lanzas en los costados del gigante, que, aun así, se negaba a soltar su espada.

Uno de ellos entonces incrustó la moharra en la espalda del alano, con tanta fuerza que la punta de metal emergió por el pecho.

El arma cayó al suelo, y Tarvas se derrumbó de rodillas, sostenido únicamente por las lanzas de los hombres de Modario, aún hincadas fuertemente en su carne.

Modario, sudoroso, echó un vistazo al exterior, donde otros cuatro de los suyos aguardaban con gesto preocupado.

Parecía que la lucha había llegado a su fin, tanto allí como en el interior de la tienda. Debían marcharse, y cuanto antes.

Modario se volvió hacia Fritigerno, que prácticamente no se había movido. Estaba apoyado en uno de los muchos muebles con los que decoraba la tienda, con las manos sobre el vientre, allí de donde una sangre oscura no dejaba de manar.

–Espero que le hayas rezado a ese estúpido Cristo tuyo, Fritigerno, pues ahora mismo te vas a reunir con él.

* * *

Julio del 381. Kelemantia

El escándalo se había apoderado del gran salón que, desde el acuerdo, parecía haberse erigido en el lugar donde se dirimían toda clase de disputas entre quienes vivían en los alrededores de la vieja fortaleza.

Cayo Nepociano, situado tras Alateo, sentado en un sencillo asiento de madera al que gustaba llamar trono, miraba a los legionarios dispersos por la estancia.

La guarnición que le había sido asignada no superaba el centenar de hombres, un número ridículo comparado con los varios miles que el greutungo podía levantar en armas, pero no estaba allí para enfrentarse con él, sino sólo como garante de que el acuerdo con el emperador se cumplía punto por punto.

Frente a ellos, de rodillas, había dos hombres.

El que gesticulaba sin cesar era un godo, o eso intuía Nepociano.

Se trataba de un tipo de edad ya avanzada, de cabello escaso y gris, que no había hecho más que quejarse.

Junto a éste, en silencio, un alano de largo cabello hasta la cintura.

Por detrás, Marcial, el viejo y fiable Marcial, lo miraba sin poder evitar que en su rostro trasluciera el desagrado y el hastío que le causaba su nueva ocupación.

El centenario estaba próximo a terminar su servicio, y lo haría como una estúpida aya, teniendo que mediar entre aquellos salvajes melenudos a los que, en otra época, habría echado sin miramientos de aquella orilla.

–Esa tierra era mía. ¡Mis hijos colocaron estacas para reclamarla en cuanto llegamos aquí, y las vacas de ese hombre han pisoteado mis cultivos! –exclamó el godo, provocando que a su alrededor, entre la muchedumbre que se había agolpado en la estancia, otros tantos godos protestaran a voz en grito.

Marcial puso los ojos en blanco, para, a continuación, revolverse y pedir silencio. Para secundar sus palabras, varios de los legionarios de la I Adiutrix alargaron sus lanzas para relegar a aquellos alborotadores hasta las últimas filas.

Había llegado el momento de las primeras disputas.

Los godos, pero también taifalos y otros tantos habían querido hacerse con las mejores tierras, y así, gran parte de la ribera había comenzado a llenarse de improvisadas construcciones de madera y de rudimentarias tierras de labrantío.

Por el contrario, los alanos, que preferían seguir viviendo según sus costumbres, en las tiendas, dejaban que sus animales pastaran allí donde quisieran.

Así habían comenzado los problemas, y Nepociano no podía dejar de pensar que, mientras nada habían tenido, habían avanzado juntos sin dudarlo, por muy incierto que fuera el futuro, y que ahora, cuando la esperanza de asentarse y prosperar comenzaba a ser una realidad, cuando veían la posibilidad de tener un pedazo de tierra, todo se había torcido.

Para el ser humano, se dijo, la ambición se despierta en cuanto se posee algo; cuando nada se tiene, lo único que importa es sobrevivir.

Alateo carraspeó, nervioso, y le hizo una seña a Nepociano para que se acercara hasta el trono.

–¿Qué hacen los tuyos en estos casos? –preguntó en un susurro, pues tampoco quería mostrar ante los suyos su inutilidad en esas lides.

–Cada familia cuenta con títulos de propiedad de sus tierras y casas, de esa manera nadie puede disfrutar de ellas salvo su dueño.

–¿Qué cojones quieres decir, romano? –El godo lo miró sin entender.