Dragón 20 #3
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20 #3

Cuando consiguió deshacerse de la toalla, el alano se encontró con el mismísimo emperador. Se había quitado parte del elegante atuendo y vestía de forma sencilla, aunque el gorro frigio que coronaba su cabeza hacía que pareciera ridículo a ojos del alano.

–En absoluto –repuso Safrax, mientras con la toalla procedía a frotarse enérgicamente los brazos y la espalda, para hacerlos entrar en calor.

El rugido de las llamas y el sonido de las primeras risas les llegaron desde el campamento, y Graciano se giró para mirar.

Las primeras se elevaban hacia el cielo, casi más altas que los derruidos muros de la cercana fortaleza, y las segundas aumentarían a medida que el licor comenzara a correr, ahora que ya alanos y romanos habían dado por iniciado el banquete, por mucho que todavía faltara para que la carne estuviera lista.

–Has hecho bien en no ocupar esa fortaleza. No es más que un nido de ratas y porquería –comentó Graciano con tono distendido.

–No somos un pueblo de constructores –respondió el alano mientras volvía a vestirse la camisola y el capote.

–No, no lo sois, por suerte para mí. Hablaré con el gobernador, no puede descuidar así sus tareas, pero tampoco tratar de utilizar a mis invitados para ayudarlo en tales menesteres.

–Se acercó al alano y le ofreció los pellejos que sostenía–.

¿Vino o cerveza? No sé lo que beben los hombres como tú, debes perdonarme.

–Mejor cerveza –afirmó Safrax, agradecido y sorprendido a partes iguales por la generosidad y la humildad que demostraba aquel emperador, el primero entre los romanos; el primero entre aquellos a los que él había combatido durante dos largos y sangrientos años.

Graciano le entregó uno y, con el otro en la mano, se sentó en un tocón cercano.

–Lamento mi ausencia durante estos meses, Safrax, sé que esto no era parte del trato al que habíamos llegado, pero asuntos muy importantes requirieron de mi presencia en Italia, asuntos que hubiera preferido no tener que afrontar.

–No nos ha faltado de nada durante este tiempo, y los tuyos nos han atendido bien, al igual que, imagino, a nuestras familias. No tenemos motivo de queja, salvo, quizá, el aburrimiento.

–A eso le pondremos remedio en breve –convino el emperador.

Cuanto más tiempo pasaba en Italia, más deseaba Graciano regresar a la frontera donde podía participar en la batalla.

Porque, a medida que su medio hermano Valentiniano crecía, todo se complicaba.

La madre de éste, junto con su círculo de aduladores, conspiraba a sus espaldas para que el pequeño obtuviera su título, cumpliendo el último deseo del padre de ambos, lo que lo obligaría a él a retirarse a la provincia más oscura y recóndita.

Él, que llevaba años sosteniendo la frontera; él, que a ojos de los senadores parecía un salvaje más preocupado por la guerra que por el poder.

Pero se equivocaban, no era ningún estúpido, y tenía ojos y oídos en Italia, y por ese motivo se había presentado en Mediolanum de improviso.

Cuando entregara el poder a Valentiniano, si lo hacía, se reservaría el puesto de César y, con él, el mando del ejército.

Su medio hermano era un niño, y además débil, egoísta y manipulable; sin duda, sus virtudes llevarían la desgracia a quienes vivían en las provincias occidentales.

Por ese motivo, Graciano llevaba años utilizando sus bazas, las que había ganado a costa de su sangre y su sufrimiento.

Había conseguido que las legiones situadas en las fronteras del Rhenus y del Istro se postraran, leales a él; también Malobaudes y sus francos, como de igual manera esperaba que Alateo lo apoyara en el futuro.

Disponía así de un inmenso ejército con el que hacer valer sus derechos cuando fuera necesario, por mucho que su medio hermano contara con el apoyo de las tropas de Italia y, si no se equivocaba, con las de África.

Tan sólo Hispania y Britania quedaban alejadas de la esfera de poder de ambos hermanos, pero aquello no tardaría en cambiar.

–Dime, Safrax, tú que eres un importante caudillo entre los tuyos, ¿cómo lo haces para gobernar a tu pueblo?

Safrax se encogió de hombros. ¿Que cómo lo hacía? Eran muy pocas las ocasiones en las que se lo había planteado. Sólo se había dejado llevar, como una hoja en la corriente, confiando en que sus decisiones fueran las acertadas.

–Yo no los gobierno, sólo me preocupo por mantenerlos con vida.

Graciano dejó a un lado el pellejo y esbozó una sonrisa sincera. Sí, aquellos hombres podían ser primitivos, tanto como los primeros romanos, pero no por ello eran menos valerosos ni dignos de confianza.

–Quizá pueda aprender de ti otras cosas, además de a luchar.

Safrax miró a los ojos al romano, y le pareció que estaba hablando en serio.

–No creo que tenga mucho que enseñarte. Yo sólo hago lo que debe hacerse y cuando debe hacerse, ésa es la única máxima que aprendí de mi abuelo.

El emperador asintió, y cualquier atisbo de sonrisa desapareció de inmediato.

El alano había hablado con sabiduría, igual que siempre hacía Malobaudes, su fiel Malobaudes.

Si les hiciera caso a ambos, regresaría a Italia, le cortaría el pescuezo a su medio hermano y, de paso, a la madre de éste y a todos los que se escondían bajo sus faldas.

Pero aquello no era lo que su padre hubiera querido.

El primer Valentiniano había dejado muy claro que el gobierno del Imperio debía recaer en su hijo menor, y que él sólo lo detentaría mientras no alcanzara la edad suficiente para gobernar.

Cuando esto ocurriera, las provincias occidentales se sumirían en el caos, pero ¿contravendría los deseos de su padre en aras de un bien mayor?

–Parece sencillo, quizá trate de ponerla en marcha de aquí en adelante. Ahora, vayamos con los demás y celebremos que por fin ha acabado la espera. ¡Mañana nos pondremos en marcha!