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Goar, pese a la calidez de la estancia, sintió un desagradable escalofrío.
Sus dedos, sudorosos, resbalaron por la placa de nácar que recubría el crucifijo.
Recordó la última carga, en la que él, como tantos otros, habían sido desmontados.
Cierto que quienes lo habían conseguido eran alanos, había centenares en el campo de batalla... , sí, pero ¿Safrax?
–¿Qué edad tenía ese caudillo?
–Era joven, pero no tanto como tú. Alto, bien parecido y de cabello blanquecino. Letal con el arco y con la lanza, y mi padre decía que era el mejor jinete que había visto en su vida.
Goar sintió de inmediato que le faltaba el aire.
–Safrax, Safrax... –repitió, aunque ni tan siquiera fue consciente de que lo hacía en voz alta.
–Sí, eso he dicho. Mi hermana mayor, Baddo, aún debe de estar con él y con su abuela, Amage. Se unió a ellos después de la batalla. Espero que al menos esté a salvo y que Safrax y los suyos hayan seguido matando a muchos romanos desde entonces.
El crucifijo cayó al suelo, y Goar se apoyó en la mesa, como si las fuerzas lo hubieran abandonado.
Aquel caudillo no podía ser otro que su primo: joven, intrépido, de cabello blanquecino, el mejor jinete que se pudiera imaginar.
Por si aquello no era suficiente para identificarlo, también Amage, su añorada abuela, una madre para él, la mejor que hubiera podido imaginar.
Debían haber abandonado sus tierras para adentrarse más allá de la frontera de piedra.
O bien habían sido expulsados o las habían abandonado por decisión propia, pero aquello daba igual.
Si Safrax había tomado parte en la batalla de Adrianópolis, a punto había estado de medir sus armas con él.
Safrax estaba allí, en tierras del Imperio, y aquello sólo podía significar que, quizá, en el próximo combate o en el siguiente, quién sabía, el destino quisiera ponerlos frente a frente.
–¿Estás bien, alano? –preguntó Alarico, sorprendido por la repentina lividez del rostro de su compañero.
Goar sacudió la cabeza. Sentía una opresión en el pecho, le faltaba el aire. Claro que no lo estaba.
–Has dicho que tu hermana anda con ellos. ¿Acaso los conoces?
–Sí, fue mi padre quien consiguió que él y Alateo, que era su aliado, se unieran a nuestras fuerzas poco antes de la batalla.
Siempre me dijo que el alano era un hombre de honor, alguien en quien confiar, y semejante cumplido era extraño de oír de sus labios.
Por ese motivo accedió a que mi hermana partiera con ellos.
–Un hombre de honor, un hombre en el que confiar... –repitió Goar mecánicamente, como en una ensoñación–. Y a Beuca, su abuelo, ¿también lo conoces? ¿Está entre ellos?
–Sólo conocí a su abuela –Alarico se encogió de hombros–, a Amage. No sé si su abuelo estaba con ellos. ¿Acaso tú también conoces a Safrax?
Goar se agachó y recogió el crucifijo. Volvió a colocárselo en el cinto, en el interior de la humilde vaina de madera recubierta de vellón.
–Sí. Safrax es mi primo. Mi añorado y querido primo.
* * *
Junio del 381. Moguntiacum
Después de unas semanas marchando, junto con dos millares de legionarios, Safrax había terminado por acostumbrarse al paso rápido y constante de los romanos.
A pie, cargados con armas, protecciones y vituallas, eran capaces de recorrer más de veinte millas desde la salida del sol hasta el ocaso sin que el cansancio pareciera hacer mella en ellos.
Hombres rudos y desconfiados con los que, por otro lado, apenas mantenían contacto, ni durante la marcha ni cuando acampaban.
Al fin, los alanos habían encontrado acomodo en Moguntiacum, junto a la orilla oeste del Rhenus.
Mientras, Malobaudes acampaba con los suyos al otro lado del río, y el emperador Graciano defendía en Italia sus intereses frente a su madrastra y quienes formaban el círculo de asesores de su medio hermano.
Safrax había descubierto que más allá del Istro, al oeste, los romanos habían marcado otra frontera fluvial de enorme extensión, mediante la que mantenían alejadas a otras tantas tribus de los más variados orígenes, algunas que ni él había escuchado antes.
Los primeros meses en la ciudad, y ante la tardanza del joven augusto, el gobernador había estado buscando la manera de deshacerse de sus nuevos e inesperados aliados.
Temía que en cualquier momento pudieran surgir problemas entre ellos y los vecinos de la cannaba , o entre los salvajes y los propios legionarios.
Cuando el invierno llegaba a su fin, el gobernador creía haber encontrado la solución para aquella situación tan imprevista como indeseada.
Había ordenado a Safrax que cruzaran el río y ocuparan la fortaleza cercana, abandonada casi una década antes, para comenzar a restaurarla.
Safrax no protestó. Al contrario, prefería abandonar el bullicio de la ciudad y dejar atrás las miradas desconfiadas, así que, pese a las quejas de algunos de sus hombres, que hubieran preferido no volver a montar en un barco en su vida, obedeció.
Al cruzar el río, cumplieron parte de la palabra dada, aunque, por otro lado, ignoraron la ruinosa fortaleza y se establecieron en sus tiendas, como llevaban haciendo durante toda su vida.
Aquella mañana de finales de primavera, el alano se había levantado temprano y, acompañado por Palaco y un puñado de guerreros, había abandonado el campamento para dirigirse al bosque cercano.
Tras el crudo invierno, comenzaban a brotar las primeras hojas en las ramas de los árboles.
Armados con lanzas y arcos, se dispusieron a matar el aburrimiento con su pasatiempo favorito desde hacía varios meses: la caza.
No regresaron al campamento hasta media tarde, satisfechos, cargados con un corzo y dos jabalíes de gran tamaño.
Había resultado una jornada más que provechosa, pero no exenta de peligros, como proclamaba el aparatoso corte que Palaco lucía en el muslo.
En cuanto vislumbraron el río a lo lejos, Safrax comprendió que aquélla no sería una noche como las anteriores.
Más allá de los restos de la fortificación y de las tiendas que conformaban su campamento, se veía la silueta de una de las embarcaciones romanas de pequeño tamaño, de las que se usaban para transportar tropas con rapidez, además de una navis lusoriae .
–Tenemos visita –anunció Tasio saliendo a su encuentro.
Antes de que fuera capaz de explicarse, Safrax le hizo un gesto. Por detrás de él se acercaba media docena de romanos ataviados con lujosas vestiduras. Al poco, reconoció al augusto, que iba el primero.
–Yo te saludo, Safrax, nieto de Beuca –anunció Graciano. Allí, lejos de Italia y de lo que aquélla significaba, parecía sentirse liberado. Agradecía incluso el rigor de la marcha y el frío que azotaba los caminos del norte.
El caudillo supo por los ruidos que, a su espalda, sus hombres se removían, inquietos, sin decidirse acerca de cuál era la manera adecuada con la que se suponía debían dirigirse al señor de la frontera de piedra.
–Bienvenido, augusto –respondió Safrax, igualmente confuso–. Deja que te ofrezcamos nuestra hospitalidad, como los vuestros han hecho con nosotros en este tiempo.
El emperador arrugó la nariz por un instante, sorprendido por la falta de decoro en las formas del alano, pero rápidamente volvió a mostrar aquel gesto franco y despreocupado que tanto había impresionado a Safrax cuando lo conociera.
–Estoy seguro de que lo haréis mucho mejor de lo que lo han hecho los míos enviándoos hasta aquí... Ahora, aseaos y descansad, lo que queráis, pero permitid que os ayudemos a preparar el banquete con el que celebrar nuestro reencuentro.
Tasio encogió los hombros, y Safrax supo que no había nada más que decir por el momento, así que hizo una seña a los suyos para que entregaran las piezas que habían cazado a los romanos.
Al llegar al campamento, Safrax se ocupó en primer lugar de Palaco.
Lo llevó a la orilla del río y allí le lavó la herida con abundante agua, y, pese a los gestos de dolor de su compañero, hurgó en el corte hasta comprobar que estaba limpio.
Los afilados colmillos le habían desgarrado la cara externa del muslo sólo de forma superficial, por lo que no habían detenido la caza, pero en todo caso debería tener cuidado.
Le tendió un pellejo de fuerte cerveza y se dispuso a coser la herida con ayuda de una finísima aguja de hueso y de un trozo de cuerda de las que él mismo utilizaba en el arco.
–Ya está, amigo –le dijo al fin, una vez hubo terminado de vendar la zona–. Quizá mañana te suba la fiebre, pero sobrevivirás.
Palaco, agradecido, esbozó un amago de sonrisa. Había perdido bastante sangre y estaba agotado.
–Creo que aprovecharé este rasguño para quedarme en la tranquilidad de mi tienda esta noche y así evitar tener que sonreír a nuestros anfitriones más de la cuenta...
–Y harás bien. Yo me encargaré de que te lleven las tajadas más jugosas. Descansa.
Una vez a solas, Safrax se desprendió del capote, de la camisa y de las botas de piel de gamo, se remangó los calzones y se acercó de nuevo al río.
Cuando metió los pies, los dientes le castañetearon, el agua estaba tremendamente fría, pero se obligó a no salir.
Por el contrario, se adentró unos pocos pasos en la corriente y, cuando le llegó por debajo de sus rodillas, empapó la toalla que llevaba consigo.
Se restregó con ella los brazos hasta eliminar cualquier rastro de sangre y mugre, para a continuación hacer lo mismo en la espalda, las axilas y el pecho.
Al terminar, metió la cabeza totalmente en el agua, unos instantes sólo, y luego marchó de vuelta a la orilla, sin importarle la incomodidad que suponía caminar sobre los guijarros.
Agarró el paño seco que había dejado junto a la ropa y con éste se enrolló la cabeza, como hacían los suyos con los recién nacidos, para secarse el cabello.
–Espero no molestarte, Safrax –escuchó de repente una voz a su espalda.