Dragón 20
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CAPÍTULO XX

–No, otra vez no –protestó Alarico en cuanto se dio cuenta de que Goar abría la puerta para dejar pasar al tonsor .

Éste, oriundo de una ciudad del sur de Italia, saludó al alano con un imperceptible movimiento de cabeza y luego dedicó una mirada cargada de desaprobación hacia la rebelde y enredada melena del joven godo.

Sin mediar palabra, dejó sobre la mesa una funda de cuero y un quemador.

Desplegó entonces tijeras y navajas, y, cuando se disponía a sacar el pedernal con el que encender el quemador, un utensilio de hierro que recibía el nombre de calamistrum y que se utilizaba para rizar hasta el cabello más lacio, Goar le indicó con un gesto que no sería necesario.

No quería que el joven pareciera el hijo de uno de los influyentes amigos del dueño de la casa; debía pasar desapercibido entre el gentío.

Alarico llevaba meses fingiendo ser su sirviente, aunque lo cierto era que en todo ese tiempo no le había acercado ni un simple vaso de agua.

Pero aquello traía sin cuidado a Goar. Entre aquellas paredes estaban a salvo.

Ninguno de los esclavos de la familia se iría de la lengua, y el muchacho había aprendido a comportarse cuando salían.

Aun así, lo más importante era que no había tratado de escapar.

Eso, y que parecía haber terminado por soportar la presencia de Goar, de Arsaces y de Caris la mayor parte del día.

–No tan corto como el del alano –rezongó el jovencito al ver que el tonsor tomaba la tijera más larga.

Goar se cruzó de hombros y sonrió. Las rubias guedejas del muchacho comenzaron a caer sobre el suelo como delicadas hojas en otoño. Al ver su expresión compungida, se obligó a animarlo.

–No estás quedando nada mal.

Lejos de mostrarse de acuerdo, Alarico respondió, airado.

–Entre los míos, el cabello largo es símbolo de nobleza.

Goar se encogió de hombros. Lo mismo ocurría en el lugar donde él había nacido, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Había terminado por acostumbrarse a llevarlo corto. Era más cómodo, y le recordaba cada día quién había elegido ser.

–Ahora vives en la mayor ciudad del mundo, amiguito, y aquí no hay mayor nobleza que poder permitirte que un tonsor como Braulio venga a tu casa para adecentarte.

Alarico protestó cuando Braulio le dio un tirón, pero éste no se detuvo. Poco después, había terminado. Recogió sus cosas, y Goar le hizo un gesto para que dejara estar los mechones en el suelo y se marchara.

Mientras Alarico sacudía la cabeza, con la esperanza de que los pelillos que habían quedado adheridos en el cuello se le desprendieran, Goar se puso a recoger los mechones con la pala, meticuloso.

Cuando hubo terminado, se la entregó al muchacho, que se la llevó al brasero y los dejó caer sobre el fuego.

Permaneció allí, con la vista fija en las llamas.

–Hacemos lo correcto, Alarico. Así será más difícil que puedan reconocerte.

Alarico se volvió. Llevaban mucho tiempo allí y nadie parecía haberlo reconocido. Vivía como lo hiciera cualquier sirviente anónimo, y estaba empezando a pensar que tantas precauciones eran exageradas.

–¿En verdad crees que pueden dar conmigo aquí? Esto es inmenso, nadie me mira cuando estamos en la calle.

Goar se encogió de hombros. No tenía la respuesta a esa pregunta. Tan sólo sabía que debían hacerlo, pues ésas habían sido las órdenes de Estilicón. Un Estilicón que cada cierto tiempo enviaba a uno de los armenios de Arsaces para informarlos de lo que ocurría en el frente.

–El augusto está muy cerca de sellar un pacto con Atanarico, ese hombre que quería veros muertos a tu padre y a ti. Si tiene éxito, vendrá y será declarado amigo y aliado de Roma, y entonces tu vida no valdrá nada. Por eso no puede encontrarte...

Al contrario de lo que había imaginado, que sus palabras atemorizarían al muchacho, su expresión dibujó una sonrisa esperanzada, la primera, de hecho, que veía en aquel rostro permanentemente serio.

–Entonces Gosvinta vendrá con él, y yo podré cumplir mi juramento.

El alano asintió. Si Atanarico se alzaba con el poder de todas las tribus godas, se presentaría en la ciudad. Y, si la muchachita aún vivía, vendría con él. Sólo que aquello no facilitaría mucho las cosas, pues sería imposible acercarse a ella.

–Eres un muchacho... –comenzó a responder el alano, pero Alarico lo interrumpió.

–Si me enseñas a luchar, alano, al menos a disparar el arco como tú lo haces, no tendría que acercarme a esos malditos.

Goar le dio una palmada en el hombro. A sus once años, Alarico era alto y fuerte como él mismo lo había sido a su edad, cuando había iniciado su periplo en tierras de Roma.

En su pueblo comenzaban a utilizar el arco de batalla a esa edad, así que estaba a tiempo, aunque dudaba que el resultado fuera del todo satisfactorio.

Por otro lado, una parte de él permanecía en guardia.

El joven podía representar un problema en el futuro, si pretendía abandonarlos antes de tiempo para enfrentarse al asesino de su padre.

Quizás en ese momento no dudara en tratar de deshacerse de ellos con tal de conseguir su objetivo.

–Lo primero sería enseñarte a usar esto. –Señaló la empuñadura de su scrama , convencido de que sería mucho más difícil que pudiera tomarlos por sorpresa con un cuchillo.

–Sé usarla, tanto una espada como la scrama que me arrebataste. Los hombres de mi padre me enseñaron..., pero un poco de ejercicio no me vendría mal –respondió Alarico sin ocultar su decepción.

Goar se llevó la mano a su cintura, pero allí no estaba el arma del muchacho.

Se había olvidado de que se la había entregado a Arsaces para que buscara un talabartero en la ciudad que le confeccionara una vaina en condiciones.

Lo que sus dedos acariciaron fueron las delicadas y frías volutas de plata que adornaban el crucifijo de Pablo.

Hasta entonces no había preguntado al muchacho por él, pero en el fondo necesitaba saber si había sido su padre quien arrancara la vida al servidor de Víctor.

–¿Tu padre combatió en la colina junto a Fritigerno? –preguntó de repente, a lo que Alarico asintió, orgulloso.

Sin pensárselo, sacó el crucifijo y se lo mostró. El muchacho tardó un instante en reaccionar. Para él, aquel objeto seguía en manos de Modario, como todo lo que alguna vez había pertenecido a su familia.

–¿Qué haces tú con eso? –protestó al fin.

Goar le hizo un gesto para que se callara. Aquélla era la primera vez, en muchos meses, en que creía que podía perder la paciencia.

–Yo podría preguntarte lo mismo... Yo también luché en aquella colina, y junto al hombre que llevaba esto colgando del cuello.

–Tú eres demasiado joven para haber luchado en la colina, es imposible que hayas estado allí.

En lugar de molestarse, Goar esbozó una sonrisa.

–Sí, claro que lo era, pero aun así combatí ese día, y además, que sepas que me llevé por delante la vida de hombres mayores que yo. Este crucifijo pertenecía a un viejo amigo, un alano que comandaba la guardia personal del general Víctor, y quisiera saber cómo acabó en manos de tu padre...

Alarico meneó la cabeza. Había escuchado hablar a su padre de ese tal Víctor.

Un general de caballería que había conseguido no sólo sacar a Valente del campo de batalla, sino también que el sobrino del emperador, al frente de un nuevo ejército, se presentara allí a las pocas semanas.

Había sido de los pocos generales romanos que había sobrevivido, y el único que había sido capaz de mantener la cordura hasta el final.

–Lo obtuvo como parte del botín, pero no sé más. Nunca me contó nada.

Goar se acercó el crucifijo a los ojos, decepcionado.

–¿Tu padre lo mató? –Daba igual a aquellas alturas, pero necesitaba saber qué había ocurrido con Pablo, por qué aquel crucifijo, dos años después, volvía a despertar en él dolorosos recuerdos.

–Mi padre combatió a pie, junto al muro de carromatos, donde encontró la muerte mi hermano mayor. Dudo que alguien como quien dices muriera allí arriba. Imagino que mi padre se haría con el crucifijo después, cuando los jefes se repartieron el botín.

El alano asintió. Sí, aquello, sin duda, era lo más razonable. Lo prefería así. Aunque el muchacho no tuviera culpa, saber que su padre hubiera sido el causante de la muerte de Pablo no habría sido agradable.

–Y ahora dime tú, Goar, ¿cómo es que tú y otros alanos combatíais aquel día por los romanos? Con nosotros había miles de los vuestros luchando en el bando correcto, no como vosotros...

Goar, lejos de molestarse, alargó una mano y le removió el cabello.

–Los alanos adoran la guerra, viven para ella, sueñan con ella y visten sus mejores galas para ella, y da igual el campo de batalla, da igual el bando. Siempre encontrarás un alano en los más duro de la refriega. Ninguno estará jamás en el bando incorrecto.

–Pero, además de luchar en el bando equivocado, tampoco te trenzas el cabello ni te he visto enterrar la espada en la tierra, como sí he visto hacer a otros alanos.

–No lo hago, pero no por luchar en los ejércitos de Roma y no hacer lo que mis antepasados soy peor jinete o peor arquero que quienes lucharon junto a los tuyos.

Todo lo contrario, apostaría lo que quisieras a que soy mejor que todos ellos, por mucho que ellos salieran vencedores ese día –apuntó, sin rastro de humildad.

–No tendrías nada que hacer frente a Safrax. Te derrotaría en lo que se propusiera, y con facilidad –contraatacó Alarico, envalentonado.

La sonrisa que afloraba a los labios del alano se congeló.

–¿Safrax? –preguntó, apretando de repente entre los dedos el crucifijo con fuerza.

–Sí, Safrax, el caudillo alano que además comandaba contingentes greutungos. Él fue quien decidió la batalla de la colina; eso, al menos, era lo que aseguraba mi padre. Su carga de caballería desbarató el flanco izquierdo romano, y no se detuvo hasta llegar hasta el emperador.