Dragón 19 #3
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19 #3

El íbero se relajó. Él era de los pocos que no creía que la maldición que parecía haberse apropiado de la campiña cercana pudiera extenderse a la ciudad.

Aquellos muros a él le habían traído suerte.

Si no hubiera sido por la férrea defensa planteada frente a Fritigerno tras la derrota de la colina, en ese momento estaría de vuelta en su casa ordeñando cabras y escuchando los gritos de su esposa.

Por el contrario, Modario bufó, disconforme con aquella apreciación, pues aquellos meses se habían contentado con lanzar tímidos ataques contra los godos, como si los estuvieran pastoreando, reuniendo alrededor de Fritigerno, en lugar de atacarlo mientras fuera vulnerable.

–Amigo Modario, estoy convencido de que no has permanecido ocioso este tiempo que te he dejado solo. ¿Me equivoco?

–Siempre hay malnacidos a los que matar, en todas partes –respondió, y escupió hacia la ventana cercana.

Buteo sonrió. Claro que lo había hecho. Modario era un animal, una bestia sin otra razón para vivir que matar; le daba igual quién fuera el desgraciado que cayera bajo sus garras.

Y eso, en según qué contexto, era muy útil.

Aquel godo salvaje podía resultar un importante aliado, siempre y cuando no supusiera un peligro para Roma.

–Me gustaría conocer, como hombre experimentado en la guerra e influyente entre los tuyos que eres, si crees que ya ha llegado la hora de hacer llamar a tu señor Atanarico para que cumpla su palabra.

El emperador cree que no debemos retrasarlo mucho más, pues Fritigerno ha sufrido muchas bajas y la situación se ha estancado. ¿Qué piensas?

El godo dejó de mirar hacia la ventana y, con el ceño fruncido, escrutó a sus compañeros de mesa.

–Lo primero que tenemos que hacer es matar a ese hijo de perra de Fritigerno. Sin ese bastardo muerto, sin la cabellera de ese malnacido en poder de Atanarico, el juez no vendrá...

Bacurio le lanzó un vistazo furtivo. Era la primera vez desde que lo conocía que coincidían en algo.

–Eso mismo le he dicho yo al augusto –continuó Buteo–.

Que sería más seguro para vuestro juez acudir a su llamada con Fritigerno muerto.

Ignoro si vosotros, los godos, sois como los sajones, pero, entre ellos, un caudillo puede retar a un combate al otro por la supremacía entre los suyos, y creo que tu señor no se encuentra en edad de poder aceptar un reto como ése.

Aunque sabía que aquello era cierto, el godo se guardó de responder. Aquel romano con ínfulas no era quién para saber cuáles eran las tradiciones de su pueblo.

–¿Y qué es lo que sugiere el augusto? –preguntó Constancio–. Porque imagino que ése es el motivo que te ha traído de vuelta, Tito Buteo.

Antes de que éste respondiera, Modario tomó la palabra.

–No lo conseguiréis por medio de una batalla campal, si es lo que pretendéis.

Sabéis que sus hombres son luchadores tenaces, a la par que desesperados.

Pero es que, además, Fritigerno, aunque muy listo, nunca ha sido valiente.

Jamás lo encontraréis en primera línea del combate.

Si éste se tuerce, será el primero en marcharse a uña de caballo y reunirá a más hombres, a la espera de otra ocasión.

–¿Y qué es lo que propones? –intervino Estilicón.

El godo se atusó el mentón y dedicó una mirada cómplice a Buteo.

–Plantarnos en su campamento y acabar con su vida. Yo mismo puedo adentrarme en él y pasar desapercibido, al menos durante unas pocas horas. Para cuando descubran lo que nos proponemos, será ya demasiado tarde. Si me dais sólo una docena de hombres, le arrancaré la cabeza.

–¡Es una magnífica idea! –exclamó Bacurio, golpeando la mesa con las manos, satisfecho por partida doble.

Por un lado, si eso tenía éxito, les aseguraría eliminar al caudillo godo que llevaba años asolando el territorio, al único y más importante en esos momentos.

Por otro, se aseguraría de perder de vista a Modario durante un tiempo o, quizá, para siempre, en el caso de que fallara en su propósito.

–Magnífica, en verdad –reconoció el emisario imperial–. Ciertamente, tu señor sabía lo que decía cuando te envió a nosotros, amigo.

–Soy un hombre al que le gusta tomar decisiones, no hablar como una vieja, y ya he hablado demasiado y con demasiadas viejas. –La sonrisa de Bacurio se borró rápidamente de su rostro–. Dejadme hacerlo a mi manera.

–¿Y qué pasará con los que queden en la ciudad mientras él va en busca de Fritigerno? –preguntó Flavio Constancio, señalando al godo.

–Yo puedo hacerme cargo de ellos hasta que Modario regrese –respondió Buteo de inmediato.

Esa respuesta convenció a Estilicón de que el acuerdo había tenido lugar tiempo antes de aquella reunión, y por eso mismo ambos se habían retrasado esa mañana.

Modario se puso en pie, animado. Demasiado habían esperado para lanzarse sobre Fritigerno.

Llegaba la hora de arriesgar. Atanarico era un anciano, y, si fallecía en su ausencia, algún otro jefezuelo tomaría las riendas, y él nada podría hacer cuando volviera.

Así que debía dejar de actuar como un romano estúpido y eliminar a Fritigerno cuanto antes.

–Antes de la próxima luna habré regresado y traeré conmigo la cabeza de ese perro traidor. Entonces habrá llegado el momento que tanto desea vuestro emperador, y yo mismo volveré al norte para anunciar la buena nueva a mi señor juez.