Dragón 19 #2
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19 #2

Amage ya estaba frente a la mesa donde Baddo había dejado cuanto le había pedido. Comenzó a enumerar los ingredientes y los depositó en un mortero, para luego, temblorosa, machacarlo todo. De pronto, reparó en que no había por allí cera de abejas.

–Baddo, ¿y la cera?

La goda se apartó de los muchachos y de Caina y agarró la jarra que había transportado Fariban.

–El intendente me ha asegurado que esto es mucho mejor que la cera, se llama aceite, y los romanos lo obtienen al moler la oliva. Éste es el más puro, el que reservan para el tribuno. –Para reforzar sus palabras, la joven dejó caer unas gotas untuosas y ambarinas en sus dedos.

Amage la miró con suspicacia, pero, en cuanto notó el líquido, quedó complacida.

Ella se hubiera contentado con cera de abeja o con cualquier otra sustancia grasa que sirviera para que a la criatura le resultara más fácil moverse en el interior del útero, o para que sus manos, en el peor de los casos, pudieran introducirse en aquél con la esperanza de extraer el cadáver de la criatura.

Sin embargo, aquella sustancia podía servir aún mejor a sus intereses.

La respiración de Caina se volvió aún más agitada.

Era una joven fuerte, pero no parecía guardar energía para mucho más tiempo.

Su rostro, siempre bello y lozano, había palidecido demasiado, y las sombras violáceas que se habían asentado bajo sus ojos se asemejaban al color de sus labios.

La vida se le escapaba en cada gemido, en cada respiración.

Amage, como un general en la batalla, dispuso lo necesario.

–Aleda, termina la papilla y obliga a tu hermana a engullirla. Baddo, ven conmigo y trae esa jarra.

En cuanto a los jóvenes, no fue necesario que dijera palabra alguna, le bastó una mirada para que entendieran lo que se esperaba de ellos.

–Caina –murmuró entonces Baddo con delicadeza, tratando de transmitir una tranquilidad que estaba lejos de sentir–, no te haremos daño, pero tienes que empujar fuerte, ¿vale? Tienes que empujar como si te fuera la vida en ello. ¿Me has entendido?

La joven se mordió los labios amoratados y asintió, queda. Baddo le dedicó una sonrisa agradecida. Caina también era una luchadora; como Amage, como Safrax, como todos ellos.

A una señal de la anciana, Baddo dejó derramar lentamente el aceite sobre el bajo vientre de la joven. Con mirada experta, Amage examinó la vagina. Parecía haber dilatado un poco más, y sus dedos comenzaron a masajearle la zona suavemente.

–Empuja, hija, empuja –la animó la anciana, consciente de que, incorporada como estaba, el cuerpo del niño ayudaba a la madre en su labor.

–Caina, empuja, empuja hasta que no puedas más, y cuando lo hayas hecho, vuelve a empujar –insistió Baddo, consciente de que la jarra comenzaba a vaciarse.

Amage, a sus pies, al ver por primera vez como el vientre de su nieta se abombaba, gritó, sin poder contenerse.

–Caina, empuja, hija mía, ¡empuja ahora! ¡Ahora!

Caina arqueó la espalda, y los dos alanos tuvieron que esforzarse por mantener la posición.

Pocos instantes después, una cabecita minúscula apareció entre los muslos de la muchacha, y Amage, atenta, la agarró con suavidad, pero a la vez con firmeza, y tiró de ella hasta que un frágil cuerpecillo la siguió, ya sin dificultad, cubierto por una capa espesa, mezcla de aceite, sangre y humores.

Caina aulló y, extenuada, se dejó caer, de manera que Malvar y Fariban tuvieron que sostenerla para evitar que diera con sus huesos en el suelo.

Sin tiempo que perder, Amage examinó a la criatura y la golpeó en las posaderas, una, dos veces, y al fin el chiquillo, pues era un varón, comenzó a llorar.

Primero débilmente, después con una fuerza impropia de un cuerpecillo tan menudo.

Al escuchar el llanto, la anciana estalló en sollozos a su vez, y, al igual que su nieta, sintió como las fuerzas la abandonaban.

Fue Baddo quien, tan nerviosa como emocionada, se acercó hasta la mesa y, con ayuda de un cuchillo, cortó limpiamente el cordón que hasta entonces unía a madre e hijo, para al momento envolver al niño en una toalla limpia.

Entretanto, Malvar y Fariban habían posado nuevamente a Caina en el lecho, y Baddo acomodó al recién nacido en el pecho de su madre.

Lo habían conseguido, y las mujeres se fundieron en un abrazo y comenzaron a cubrir de besos a Caina.

–Es un niño precioso, hija, precioso –repetía una y otra vez Amage entre lágrimas, observando al pequeño por primera vez.

–Lo llamaremos Goar, abuela. Goar, nieto de Amage –susurró Caina.

* * *

Abril del 381. Adrianópolis

Las tropas de Flavio Constancio y de Modario habían terminado por establecerse en Adrianópolis, desde donde llevaban pocos meses acosando a los bárbaros que se movían libremente al norte de la capital.

Tal circunstancia no había sido bien acogida por los imperiales, pues todos tenían grabado a fuego la gran batalla de tiempo atrás.

Además, y, por si fuera poco, se contaban toda clase de historias espeluznantes sobre lo que sucedía fuera de las murallas al caer la noche.

Ni siquiera los ladronzuelos y buscavidas que se dedicaban a despojar a los muertos se atrevían a acercarse a los pies de la colina.

Aquel lugar estaba maldito, y eran muchas las voces que se atrevían a decirlo.

Además, la llegada de Tito Buteo la noche anterior no había ayudado a mejorar el ambiente entre la guarnición.

Pero su aparición no era casual, nunca lo era.

Esa mañana, tanto Estilicón como su padre habían sido llamados por el comandante de la guarnición, el príncipe íbero Bacurio.

Cuando entraron, no había rastro del enviado imperial.

Sólo el íbero se encontraba frente a la mesa, dando buena cuenta de un magro desayuno.

Se unieron a él, pero no tardó en llegar no sólo el enviado imperial, también Modario.

–Buenos días, señores –saludó el antiguo arcani , tomando asiento.

Modario se sentó junto a él, circunspecto.

–Hace rato que te esperábamos, Tito Buteo. Había llegado a pensar que te había sucedido alguna desgracia. La gente cuenta habladurías de algunos rincones de la fortaleza... –le respondió Bacurio, mordaz.

Buteo respondió de muy buen humor:

–He tenido que atender otros asuntos antes de venir, mi señor príncipe, pero yo también conozco esos rumores, y debo deciros que me horroriza que semejantes comentarios se hagan en una ciudad como ésta, en la que la debería imperar la fe cristiana.

Bacurio asintió, y decidió dejar a un lado toda su beligerancia.

Había tenido muestras suficientes de lo comprometido con la fe cristiana que estaba el nuevo emperador, y ahora que había conseguido enderezar su carrera en la jerarquía romana, lo que menos quería era incurrir en cualquier falta a ojos de su nuevo señor.

Si Víctor había caído en desgracia, ¿quién no lo haría?

–Está bien... A menos que me corrijas, Tito Buteo, creo que ya estamos todos. ¿Empezamos? –preguntó el íbero, dispuesto a no pasar con el godo más tiempo del mínimo imprescindible.

Buteo asintió. Sí, el emperador no quería que más hombres se enteraran de lo que estaba a punto de ocurrir.

Según entendía el arcani , ya se arriesgaba demasiado haciendo partícipes al íbero, al vándalo y al hijo de aquél de sus disposiciones.

Ignoraba el motivo, pero, pese a su decepción, el augusto parecía tener cierta predilección por aquellos dos veteranos oficiales de origen extranjero.

Por fortuna para Teodosio, él siempre velaría porque aquellos bárbaros no pudieran hacerle daño en el futuro.

–El emperador se alegra de vuestros avances durante estos últimos meses –comenzó el britano, halagando a la concurrencia.