Dragón 19
54%

19

CAPÍTULO XIX

Fritigerno caminaba por entre las tiendas a paso ligero.

Hacía frío en aquel paso de montaña donde se habían asentado; el gélido ambiente y el viento hacían que la vida en el campamento fuera desapacible, y el humor de quienes lo habitaban, oscuro.

Pero no tenían más remedio que aguardar el regreso de aquellos a quienes habían enviado al oeste.

Con ellas sí dispondría de una considerable ventaja numérica sobre un Teodosio que, tras más de dos años de lucha incesante, parecía haber aprendido la lección y evitaba enfrentarse a él a campo abierto.

El ejército de Roma casi había desaparecido en Adrianópolis, pero no parecía haber sido suficiente.

Teodosio había estado recomponiendo sus mermadas filas con miles de hombres del otro lado del Istro, muchos de los que hasta entonces habían combatido junto a Fritigerno.

Godos, taifalos, sármatas... El emperador aceptaba a todos los que se avinieran a entregar a sus familias durante el tiempo que combatieran bajo las enseñas imperiales.

Los guerreros cobrarían una importante suma, y sus seres queridos dispondrían de tierras en las que vivir mientras se saldaba su deuda con Roma.

Centenares de fogatas iluminaban el campamento, buscando calentar a quienes se sentaban a su alrededor.

Al caudillo godo, desde su tienda, ubicada por encima de las de sus seguidores, le dio por pensar en que, alguien situado en ese instante a las faldas de la montaña, podía imaginar que las estrellas habían caído desde el cielo para acomodarse en la ladera.

Se arrebujó en una capa de piel de lobo y se encaminó al lugar donde lo esperaban Tarvas y el resto de sus hombres de confianza. Arrugó la nariz al percibir el tan característico hedor que emanaba de la carne quemada.

–¿Le habéis arrancado algo? –preguntó, aunque se arrepintió en cuanto se dio cuenta del lamentable estado en el que se encontraba el prisionero.

El alano, al reconocer a su señor, se acercó, solícito.

Se había deshecho de la camisa, así que era bien visible la gruesa cicatriz que le cruzaba el pecho de parte a parte, recuerdo de la terrible batalla de la colina.

Para él no parecía existir el frío. Sudaba y tenía las manos hinchadas, enrojecidas tras quién sabía cuánto tiempo blandiendo aquel hierro candente que, en ese instante, descansaba sobre un barril.

–Lo suficiente. Se dirigía hacia el norte, en busca de Atanarico.

–¡Viejo bastardo cabrón! –exclamó Fritigerno, pateando el barril y haciendo que el hierro cayera al suelo y siseara al entrar en contacto con la hierba húmeda.

Se puso en cuclillas y agarró el mentón de aquel emisario al que habían interceptado pocas horas antes.

Al desgraciado se le escapaba la vida a cada respiración.

Había resultado ser un servidor de los baltos, de la misma familia que llevaba generaciones arrogándose el título de jueces entre los suyos.

De Atanarico, ni más ni menos, por lo que estaba claro que el maldito viejo todavía vivía, encerrado, imaginaba, en la madriguera de difícil acceso en la que se había ocultado para lamer sus heridas tras la irrupción de Balamir.

–¿Y qué demonios hacía en el sur? –inquirió, palmeando al tipo con fuerza en los cachetes, aunque éste no reaccionaba.

Fritigerno sabía bien que eran muchos los extranjeros que se habían enrolado en las huestes imperiales, pero nunca había vuelto a ver un hombre de Atanarico desde que éste decidiera replegarse en las montañas.

Tarvas se encogió de hombros. Lo ignoraba, pero tampoco le importaba.

Pocas cosas le importaban, ciertamente, más que matar y vivir cada día como si fuera el último.

–Lo ignoro, pero a estas alturas poco importa ya. El muy cabrón no ha resistido el interrogatorio.

Fritigerno meneó la cabeza, exasperado. ¿Es que tenía que hacerlo todo él?

–Seguimos sin noticias de su compañero, ¿me equivoco? –preguntó, llenándose de paciencia. Sus hombres habían visto a dos jinetes perderse a todo galope por las montañas, pero sólo habían atrapado a aquel desgraciado.

–He mandado a una docena de hombres tras él, es sólo cuestión de tiempo que lo traigan aquí. Entonces podremos continuar donde lo hemos dejado con este...

Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro pálido, pareciera que cincelado en hielo, del alano.

* * *

Marzo del 381. Kelemantia

La titilante y mortecina luz de las teas guiaba los pasos de Baddo en el interior del edificio del pretorio, donde la familia de Safrax se había acomodado.

Aun sin aquella luz hubiera sido capaz de orientarse, pues los gritos desesperados de Caina se podían escuchar en cada uno de los pasillos, retumbando contra las paredes y marcando el camino.

La joven llevaba horas intentando dar a luz a la criatura que llevaba en el vientre.

Pese a los cuidados que le había brindado Amage y las precauciones durante las tres últimas lunas, cuando el vientre de Caina había aumentado de forma considerable, el alumbramiento, para desesperación de la anciana, se retrasaba sin remedio.

Ya debía haber salido de cuentas días atrás, pero no había sido hasta esa mañana cuando Caina había ido a buscar a su abuela, aferrándose el vientre con evidentes gestos de dolor, mientras a su paso dejaba un pegajoso rastro sobre el pavimento.

Amage se había desperezado al momento y había corrido a prepararle una tisana de adormidera para mitigar el dolor. Cuando la joven sintió sus miembros relajarse, la anciana corrió en busca de Baddo, dispuesta a prepararlo todo para el parto que, sabía, acababa de comenzar.

Las primeras horas resultaron tranquilas.

Caina descansaba, aunque con incomodidad, y en cuanto se le pasó el efecto de la adormidera pidió a gritos un nuevo bebedizo.

Para su desesperación, Amage se lo negó.

No podía permitir que la joven se abandonara.

Había llegado el momento de empujar, y con todas sus fuerzas.

El sol ya comenzaba a declinar, pero Caina apenas había dilatado y estaba agotada por un esfuerzo que parecía en vano.

Amage había ayudado a muchas mujeres, en tantos años de vida, a dar a luz; sin embargo, por primera vez en su vida, su mente parecía dudar.

Decidió esperar un poco más, y sólo cuando el sol parecía haberse ocultado por completo, administró a Caina un bebedizo a base de calico, una planta que por muchas generaciones su pueblo utilizaba para estimular el parto en condiciones como aquélla.

La joven bebió con rapidez, sedienta, confiada en que aquélla era la tisana de adormidera que le mitigaría el dolor que parecía horadarle el vientre.

Pasados unos instantes, gritó con más fuerza, y entonces miró a su abuela con los ojos desorbitados.

Amage le devolvió la mirada, tratando de insuflarle ánimos, pues poco más se podía hacer, salvo esperar a que la criatura decidiera nacer.

Pero la noche llegó, y pese a las pócimas y la grasa aplicada en el cuerpo de Caina, todo parecía seguir siendo insuficiente.

Amage salió de la habitación; cuando cerró la puerta, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Habían pasado demasiadas horas, y comenzaba a temer que la criatura que Caina llevaba en su interior hubiera muerto, y por ese motivo era incapaz de alumbrarla.

Si era así, también la vida de su nieta estaba en serio peligro.

Al pensar en ello, recordó la maldición del hechicero huno sobre Beuca, condenándolo a emparentar con otros pueblos, avergonzándolo delante de los suyos.

De repente, comprendió que en su mano estaba demostrar que el huno se equivocaba.

El hijo que traía Caina en sus entrañas era la prueba: un alano de estirpe pura, y ella debía salvarlo, costara lo que costara.

Sólo así el alma de su añorado Beuca conocería la paz.

Volvió a la estancia, y de inmediato los ojos de las mujeres se volvieron hacia ella; confiaban en que ella consiguiera sacar a Caina de aquel trance. Con paso decidido, se acercó a Baddo y la llevó hasta el rincón en el que había dejado el mortero con el que preparar las cocciones.

La goda era incapaz de desviar la mirada de una Caina que se desgañitaba, pálida y ojerosa, con la ropa pegada a la piel. Desde el primer momento se había negado a asistir a Amage en ningún parto, pues su recuerdo era demasiado doloroso. Ahora, sin embargo, se arrepentía por su egoísmo.

–Vete en busca de quien nos ayude a incorporarla, y trae harina de cebada, manzana, membrillo y limón. Prepararemos una papilla que le dé fuerzas para seguir empujando, y trae también más cera de abeja, toda la que encuentres.

Poco después, Baddo regresaba acompañada por Fariban y por Malvar, pues eran pocos los alanos que se habían instalado en la fortaleza.

La escena era la misma que había dejado allí pocos minutos antes.

Allí estaba Caina, acostada, con las piernas abiertas y temblorosas a causa del esfuerzo continuado y el cansancio.

Amage le acariciaba la mano y la consolaba con palabras dulces.

La abuela dedicó una mirada severa a los jóvenes, que, temblorosos, estaban detrás de Baddo, uno de ellos cargando con lo que parecía una de las jarras que utilizaban los romanos.

–Fariban, hijo de Farasmanes –dijo la anciana, reconociendo al joven amigo de su nieto Goar–. Lo que aquí veas no debe ser revelado, ¿me has entendido? –El chico asintió, nervioso–. Y tú, ¿cómo te llamas? –se dirigió su compañero.

–Malva –respondió, sintiendo por primera vez en su vida que las palabras se negaban a salir de sus labios.

–Pues que lo mismo sirva para ti, Malvar. Ahora, incorporadla sobre vuestras rodillas y manteneos firmes, no dejéis que se escurra.

Los jóvenes respondieron de inmediato. Elevaron en volandas a una Caina que, con los ojos cerrados y la mente embotada, fue incapaz de entender lo que ocurría a su alrededor, ni tan siquiera de darse cuenta de que se encontraba incorporada y no tumbada.