Dragón 18 #3
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18 #3

La aparición de otras dos figuras a espaldas de Palaco, éstas vestidas con camisas sencillas y pantalones, llamó la atención del romano.

–¡Vaya, vaya! Y aquí están los granujas que no han tenido reparos en abandonar la verdad de Roma para convertirse de nuevo en unos jodidos y piojosos bárbaros...

Fariban y Malvar, que habían ido en busca de Palaco para despedirse de él, se detuvieron en seco.

–Centenario... –respondió Malvar con un hilo de voz.

Ellos eran demasiado jóvenes como para ir con Safrax, y por eso éste no los había aceptado entre los quinientos alanos que lo acompañarían al oeste.

Los había elegido uno a uno personalmente, por su valentía y por su lealtad, y el resto se quedarían en Kelemantia, bajo las órdenes de Alateo, con la misión de proteger a sus familias.

–Los burgundios creen que vosotros tuvisteis algo que ver en la caída de la fortaleza.

–Malvar hizo amago de protestar, pero el imperioso gesto del romano hizo que se mordiera la lengua–.

Pero son unos estúpidos. ¿Cómo unos críos como vosotros podrías haberlo conseguido?

–preguntó, antes de acercarse a ambos y, para su asombro, prodigarles un abrazo.

A poca distancia, bajo la puerta sur, había llegado el momento de que Safrax dijera adiós a los suyos.

–Dejo en tus manos todo lo que me es preciado –anunció el alano con solemnidad a un Alateo que, a su lado, se había hecho revestir por todo tipo de prendas lujosas y joyas de elegante factura, convencido de que así debía de lucir un rey en aquellas tierras.

–No te pongas sentimental conmigo, ya me lo has dicho unas cuantas veces, no soy sordo.

–Y otras tantas más que te lo diré hasta que haya subido a ese barco. Será fácil dar con nosotros en adelante, pues estaremos allí donde vaya el emperador. Si ocurriera alguna desgracia, envía hombres de confianza en nuestra busca y regresaremos sin falta.

–Descuida, diviértete lo que necesites. Mientras, yo estaré aquí administrando justicia y perdiendo el tiempo en todas esas actividades propias de un rey.

Safrax palmeó a su viejo amigo y se acercó a Cayo Nepociano, quien, como él, vestía toda su panoplia guerrera.

Pero éste no marcharía. El tribuno había sido designado por el emperador como interlocutor ante Alateo, y en adelante iba a estar al cargo de las tropas imperiales que permanecerían junto a godos y alanos.

Muchos habían murmurado que tal designación era una suerte de castigo por haber dejado caer el fortín en manos enemigas; y eso mismo hubiera pensado Nepociano si no se lo hubiera encargado el propio emperador, que parecía haberle cogido cierto cariño.

Al fin, el augusto disponía de una escolta de alanos como la que deseaba, y además unos cuantos millares de guerreros protegerían su frontera en la orilla norte para él.

De que esto se cumpliera, al menos, debía encargarse Nepociano.

No resultaría una tarea sencilla, pero, por otro lado, con ello lograba librarse durante una temporada de un Corvino que parecía no haber encajado de muy buen grado que su subordinado hubiera conseguido mayor mérito ante los ojos de Graciano que él mismo.

–Llega el momento de marcharse. –Safrax eligió las palabras con cuidado.

En esas últimas semanas, había llegado a apreciar al educado tribuno imperial, principalmente porque tanto Fariban como los demás jóvenes que habían seguido a Goar en su destierro no tenían más que palabras de agradecimiento para él–.

Mi primo confiaba en ti, Cayo Nepociano, así que yo también lo haré.

Protege a mi pueblo, como yo haré con tu emperador.

–Lo haré, tienes mi palabra –le aseguró Nepociano.

Había sido una convivencia dura en un inicio, pero, con el paso de los días, el romano había comprendido que entre aquellos hombres todavía se respetaba el honor, no como ocurría en muchos de los que vivían al otro lado del río.

Eran guerreros salvajes, violentos, primitivos, pero también fieles y valientes; en el fondo, eran, ni más ni menos, las virtudes que había apreciado en Goar, Palaco y el resto de los muchachos que había arrancado de sus hogares años atrás.

Safrax agarró unos instantes el antebrazo que le tendía el romano a modo de despedida, y luego dio unos pasos para acercarse a Amage y a Baddo. Abrazó a la primera.

–Volveré –le susurró al oído–, y, si no he conseguido noticias acerca del paradero de Goar, lo buscaremos juntos, te lo prometo.

La anciana mantuvo el abrazo durante unos instantes más.

Sintió humedad en los ojos y se los secó con rapidez en la capa que cubría los hombros de su nieto.

Se había propuesto que nadie la vería llorar, no más después de la noche anterior, angustiada por tener que separarse de él.

Pero la rueda seguía girando, y en el vientre de Caina había comenzado a gestarse una nueva criatura.

Al año siguiente, si los dioses querían, un nuevo miembro de la familia vería la luz del sol.

Para entonces, sólo los dioses sabían dónde podrían estar.

Tal vez allí, en aquel terreno boscoso, tan diferente al lugar donde ella había nacido; tal vez más al sur, en tierras de Roma, donde el hombre parecía haber sojuzgado la naturaleza a su antojo.

Allí donde fuera, la estirpe de Beuca seguiría hollando la tierra, sin importar el lugar, tampoco las circunstancias.

Tan sólo esperaba estar a su lado cuando llegara el momento, como siempre había estado para los suyos.

–Los dioses te protegerán –murmuró cuando Safrax se separaba.

Eso era lo que Amage quería creer, que sus viejos dioses, los mismos a los que tantas veces habían fallado, velarían por la vida de su nieto.

Éste le había descrito con detalle todo lo de la noche anterior, en el claro del bosque.

De inmediato, igual que él, la anciana había entendido que había sido una señal.

Y, ante semejante prueba, no quedaba más que obedecer.

Ella ya opinaba que era la mejor solución, pero saber que los dioses le mostraban el camino a su nieto resultaba sin duda un honor para su familia, aunque también una responsabilidad.

A partir de ese instante, Safrax quedaba en sus manos, como las hojas que descienden corriente abajo del río hasta el mar.

Y debía confiar en que los dioses lo devolverían a su lado.

Safrax apartó a su abuela con suavidad y abrazó sus hermanas, para, a continuación, detenerse frente a Baddo.

La miró con detenimiento, maravillado por lo hermosa que era, por sus pómulos marcados y su cuello esbelto y pálido.

Y aún más por lo ciego que había estado él hasta aquel día en el interior del bosque. Carraspeó, nervioso.

–Hace años te envié a mi abuela con la esperanza de que te mantuviera con vida, Baddo. Son escasas las decisiones que he tomado en mi vida de las que he podido sentirme más orgulloso. Sé que no es necesario decirlo, pero cuida hoy tú de ella; es muy mayor, aunque se resista a reconocerlo.

Baddo sonrió, y dejó que la abrazara. Los brazos fuertes del alano la sostuvieron con cuidado, como en el bosque, como si temiera hacerle daño.

–Ve tranquilo, Safrax, yo cuidaré de ella y de tus hermanas, si es preciso. Pero tú debes prometerme que volverás, pues lo que yo haga en tu ausencia de nada servirá si tú no regresas.

–Volveremos a vernos –respondió él, y en ese mismo instante el viento sopló con fuerza desde el río, provocando que las enseñas que se agolpaban cerca del embarcadero, así como las tiras de tela que colgaban de los dragones de los alanos se hincharan.

La brisa atravesó a su vez los conductos de metal, y el familiar sonido de los dragones inundó la ribera, y desde las atestadas murallas de Kelemantia hombres y mujeres jalearon a los suyos, respondiendo a su llamamiento.

Safrax se apartó de Baddo y suspiró. Era el momento.

Los viejos dragones de su pueblo los guiarían hacia lugares remotos, donde ningún otro alano había llegado antes; el primero, el de Beuca.

Recordó las palabras de Attax y comprendió, por primera vez en su vida, que el viejo paladín no se había equivocado en su último aliento.

Con la muerte de sus mayores había comenzado un nuevo tiempo para su pueblo, uno que jamás habrían imaginado vivir.

Atrás quedaba el mar de hierba, para siempre, también la estepa.

Todo atrás, y aún más lejos en el futuro, pues ahora marcharían hacia Occidente, hacia el lugar donde el mismo sol se ocultaba al finalizar el día.