Dragón 18 #2
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18 #2

Inquieto, perdido, se había atrevido a acercarse a Baddo en busca de ayuda.

De la goda esperaba todo lo contrario que de su abuela, incluso que se enfureciera al plantearle siquiera la posibilidad de prestar oídos a las promesas de Roma.

Ella había sufrido lo indecible en manos de los romanos.

En cambio, la joven también apostaba por aceptar el acuerdo de Graciano.

Le había asegurado que nada debía temer por los suyos mientras él no estuviera, pues estarían protegidos por el gran río en su margen norte, pero también por Alateo y los suyos.

No les ocurriría como a los tervingios, pues ellos no entregarían sus armas, y tampoco se adentrarían en las provincias como animales hacia el matadero; ni siquiera tendrían que convertirse al credo cristiano.

En realidad, aquel acuerdo era, ni más ni menos, lo que había estado buscando; al menos, lo que Alateo quería.

Sólo que ahora, cuando lo tenía al alcance de su mano, sentía que el vértigo lo dominaba y el estómago se le encogía.

Podría salir mal o podría salir bien. Su pueblo tendría tierras en las que asentarse, ganarían tiempo, y él y sus guerreros más fieros, además de lanzarse tras la pista de Goar, se encumbrarían en el campo de batalla.

Sí, era ciertamente un trato atractivo, beneficioso...

, pero ¿estaba dispuesto a pagar el precio?

¿Entregaría su honor, la memoria de su abuelo, para luchar por otros como había hecho un padre al que denostaba?

Miró hacia delante. Recortado bajo la luz de la luna, descubrió la silueta de un ralo bosquecillo.

Cuando llegó allí, sus pies habían dejado de hundirse en el fango.

Se dejó caer sobre la hierba húmeda y protestó para sí mismo, cansado.

Había caminado durante una larga distancia.

Miró hacia el este, donde todavía era visible el brillo de los centenares de hogueras que salpicaban la orilla.

Su pueblo, si es que podía llamarlo así, crecía cada día.

Sármatas, cuados, incluso alamanes se habían unido a ellos en las últimas semanas.

Como antaño, muchos veían en ellos esperanza, aunque él sólo viera dudas.

Suspiró. Por primera vez en su vida, se sentía perdido.

Siempre había continuado hacia delante, por muy difíciles que hubieran sido las circunstancias.

Incluso después de la gran batalla había sabido lo que debía hacer: avanzar, luchar, matar o morir.

Pero ahora, ese día, debía elegir. Necesitaba una guía, una señal, así que, como le enseñara su abuelo, decidió entregarse a los dioses.

Dejó el arco de madera de abedul, del que pocas veces se separaba, sobre la hierba y desenvainó la larga espada.

Admiró la solidez y equilibrio de la hoja, la acanaladura de su zona interior, y recordó a Attax, su dueño original.

Se puso en pie, pasó el dorso de la mano izquierda por el filo y dejó que su sangre resbalara por la hoja.

A continuación, enterró el arma con fuerza, y ésta atravesó la tierra con facilidad.

Había visto suficientes hunos en su vida para comprender que aquello que escuchara siendo un niño era verdad, que los hombres se laceraban las mejillas cada vez que moría uno de sus reyes, dejando unas pálidas cicatrices a la vista de sus enemigos.

Él también se provocaba cortes cada vez que iba a entrar en batalla, dispuesto a honrar a sus dioses, a su origen.

Tantas cicatrices como batallas; tantas que la piel del dorso de su mano izquierda se asemejaba al recio protector de cuero que utilizaba para evitar el roce de la cuerda del arco.

El romano no dejaba de estar en lo cierto: vivía por y para la guerra, sólo que ésta no era un fin en sí mismo, sino el medio para mantener con vida a quienes amaba.

Cerró los ojos con fuerza y se concentró.

Escuchó el rumor de la brisa en las hojas de los árboles y el arrullo de algún ave nocturna, muy alejada de allí.

Nada más. No sentía que su corazón se henchía, que sus nervios se atenuaban ni que todos sus sentidos se alineaban, como una flecha en su arco.

Nada. Tragó saliva. Se revolvió, incómodo, y apretó aún más los párpados.

De repente, oyó un ruido cercano y abrió los ojos.

Aquel sonido no era el de una rama, tampoco el de un pajarillo.

Él era un avezado cazador, y aquéllas eran las pisadas de un animal de buen tamaño, quizás incluso de algún hombre.

Encordó el arco en un abrir y cerrar de ojos, mientras escrutaba la oscuridad.

Tomó una flecha y tensó la cuerda. Nuevamente, el mismo sonido.

Uno lastimero, como si algún ser se estuviera arrastrando hacia él.

Entonces lo vio: el reflejo ambarino de los ojos de un lobo de enormes dimensiones que avanzaba muy lentamente.

El alano dio un paso atrás de manera involuntaria, pero sin alejar la vista del animal.

Pese a la escasa luz que se filtraba entre los árboles, se dio cuenta de que se trataba de una hembra, de pelaje gris, y de que estaba embarazada.

De ahí su abultado vientre, también su pesado caminar.

Le debía faltar muy poco para dar a luz.

Las plumas de ganso de la flecha le acariciaban la oreja, y, concentrado, apuntó a donde intuía se encontraba el corazón del animal.

Éste, por su parte, daba pasos lentos hacia el claro, pareciendo ignorar al alano.

Al darse cuenta, Safrax sintió un ligero alivio, y pensó que, si hubiera dado con aquella loba poco después de dar a luz, todo habría sido muy diferente.

Entonces, como toda madre, defendería a sus crías, aunque ningún peligro se cerniera sobre ellas, hasta la muerte.

El animal se detuvo a pocos pasos de la espada enterrada y la olisqueó, sin perder tampoco de vista la figura del alano, que, de forma mecánica, llevó aún más atrás la flecha.

Entonces vio, sorprendido, que la loba se dejaba caer sobre la hierba y comenzaba a lamer la sangre que aún manchaba la hoja, con mucho cuidado.

Aquello hizo que Safrax aflojara la presión sobre el arco, y sus ojos se encontraron con los del animal, fijos los unos en los otros, hasta que la loba volvió a incorporarse con pesadez.

Esta vez sí, dio la espalda al alano y se marchó por donde había venido.

Safrax permaneció en pie, con la flecha y el arco fuertemente aferrados, hasta que la oscuridad circundante se tragó por completo al animal.

Entonces, en pocas zancadas, alcanzó la espada y la arrancó de la hierba con gesto enérgico.

Debía marcharse o podía encontrarse con más bestias salvajes en los alrededores.

Pero, antes de hacerlo, cerró los ojos un instante y volvió a encontrarse frente a las ambarinas cuencas del animal.

Había terminado sus oraciones sin apenas haberlas empezado, y, pese a lo que había pensado cuando se arrodillara junto a la espada, que sus dioses lo ignorarían, éstos no lo habían hecho.

Lo sabía, pues Palaco le había dicho tiempo atrás que la loba era un símbolo sagrado para Roma.

Sí, Roma era una loba tan grande como vieja, y él, un dragón sin tierra, condenado a vagar eternamente.

Tal vez aquélla era la respuesta. ¿Querían sus dioses que uniera su futuro al del joven emperador?

* * *

Septiembre del 380. Kelemantia

Palaco miró, no sin desconfianza, hacia los grandes navíos que habían traído los hombres de Brigetio.

Durante toda la mañana, éstos no habían hecho otra cosa que transportar de la ribera norte a la sur los centenares de caballos de quienes seguirían a Safrax a tierras del Imperio.

Él había tenido el honor de ser uno de los elegidos.

Se giró con rapidez al escuchar un vozarrón familiar, y enseguida reconoció la fornida figura de Marcial.

El centenario lucía tal y como lo recordaba, grueso como un tonel, de corta estatura y piernas poderosas.

Sostenía el yelmo en la mano, así que pudo ver que su cabello, siempre corto, estaba más plateado.

El tiempo pasaba para todos, también para él.

Sonrió, comprendiendo que, en el fondo, había echado de menos a aquel oficial malhablado y despótico.

Era extraño que se sintiera atado a hombres tan dispares como a Marcial y a Tasio a la vez, o a Safrax y Nepociano.

–¡Centenario, centenario! –gritó, a la vez que se alejaba de quienes, como él, aguardaban su turno para embarcar.

En pocas zancadas llegó al entramado de madera que servía como embarcadero. Marcial tardó en reconocerlo; para él, todos los salvajes que cruzaban el río eran iguales, enfundados en aquellas armaduras relucientes, como si compusieran un brillante cardumen a través del océano.

–¡Centenario, soy yo! ¡Palaco!

Marcial dio un respingo. Golpeó a uno de los marineros y lo apartó de su camino. Corrió hacia la pasarela y saltó sobre aquélla, haciéndola temblar bajo su peso.

–¡Por los cojones del toro, muchacho! –gritó, sacudiéndolo con fuerza–. Joder, hijo, lo negaré en adelante, pero de todos los cabronazos malnacidos a los que he instruido en mi vida, tú fuiste uno de mis favoritos. Si hubieras nacido en el lado correcto, podrías haber sido un digno centenario.

–Yo también te he echado de menos, Marcial –respondió el joven alano, sintiéndose extraño por tanta cercanía.

–¿Y a la mujer de Nescens? ¿A ésa también la has echado de menos, bribón? –preguntó el romano, a la vez que dejaba caer una de sus pesadas manos sobre la armadura del muchacho.

Palaco recordó de inmediato a la madura mujer del líder de los bajos fondos de Brigetio. Por ella había tenido que abandonar la ciudad a toda prisa; bueno, por ella y por el dinero que debía a su marido.

–No tienes de qué preocuparte, hijo. Ese cabrón apareció muerto hará cosa de un año. Le rajaron la barriga y lo dejaron flotando en el río. Emergió del agua en Kelemantia, inflado como un zurrón.