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CAPÍTULO XVIII
–Hemos llegado –anunció Goar, señalando con el brazo extendido hacia las murallas que se recortaban al fondo.
Delante de éstas, el paisaje, tras el paso de Fritigerno tiempo atrás, había ido recuperando su colorido habitual. Los campos habían vuelto a florecer, los frutales se habían vuelto a plantar, y hombres y bestias habían vuelto a trabajar la tierra para extraer su fruto.
La partida del alano avanzaba por un camino flanqueado por cipreses, con los armenios en vanguardia y retaguardia. Alarico y Caris permanecían en silencio, sin fuerzas siquiera para protestar tras tantos días de exigente marcha.
–Arsaces, adelántate y avisa de nuestra llegada. Que dispongan en la casa del señor una cama en mi habitación para el muchacho y un camastro para la mujer junto a la servidumbre. Y busca acomodo también para la mitad de los tuyos.
–¿No regresamos con el tribuno? –preguntó el armenio, sorprendido.
Goar negó con la cabeza. No, claro que no, los tentáculos de Modario y de Atanarico podían llegar hasta allí el día menos pensado.
–Le pedí a Estilicón que tú te quedaras conmigo, pero la mitad de tus hombres deberán regresar en cuanto sea posible. Ellos darán noticia de que todo ha transcurrido según lo previsto; actuarán como mensajeros en adelante, siempre que sea necesario.
Arsaces se encogió de hombros. Él no estaba allí para protestar, tampoco para opinar.
Si el alano decía que debía quedarse, lo haría, y aprovecharía para divertirse en la capital, al menos mientras le quedara una moneda en el bolsillo.
Golpeó los flancos de su caballo para obligarlo a aumentar el ritmo de su cabalgada.
Al momento, los seis hombres de la vanguardia se esforzaron por seguir su estela de camino a la ciudad.
Goar dirigió al resto a un bosquecillo cercano, en el que en los troncos de los abedules todavía se apreciaban los estragos provocados por las llamas.
Con una agilidad asombrosa, descabalgó, y de inmediato sacó un envoltorio grasiento de las alforjas.
Tras retirar la cuerda con la que lo cerraba, dejó a la vista las últimas provisiones, adquiridas el día anterior en la última mansio en su camino hacia Constantinopla.
–Comamos antes de entrar en la ciudad –les dijo a Caris y a Alarico–. Ya tendréis tiempo de sobra para andar por sus calles los próximos días. –Ése era, precisamente, su mayor temor: cuidar del chico durante quién sabía cuánto tiempo mientras Estilicón y su padre permanecían en campaña.
Alarico no dedicó ni un vistazo a la torta de queso, tampoco al pan ni al pescado en salazón. Sólo tenía ojos para las lejanas y altas murallas que marcaban el inicio de una ciudad de la que, desde donde estaban, era incapaz de ver el final.
El alano, sin embargo, hambriento, tomó un trozo de pescado y lo masticó con paciencia, y luego apuró un trago de cerveza amarga. Al percatarse de que Alarico continuaba mirando fijamente al frente, sonrió.
–Constantinopla, la capital imperial... Yo creo que puse tu misma expresión cuando la vi por primera vez. Es enorme, y peligrosa.
Caris, que había conocido otra urbe de gran tamaño como Alejandría en el pasado, se lanzó con avidez sobre el queso. Tenía hambre, sueño y le dolía hasta el último rincón de su cuerpo.
–¿Estamos ya a salvo? Bueno, ¿está Alarico ya a salvo? –preguntó con la boca llena.
–Nadie lo está totalmente en estos tiempos que corren.
Pero aquí, al menos, será muy difícil que lo encuentren.
–Caris asintió, y Goar le dedicó una mirada agradecida–.
Pero debo decirte una cosa, muchacho; una cosa que estoy seguro de que no te gustará.
–Ante el mutismo de Alarico, Caris lo golpeó con el codo, para que atendiera–.
En cuanto traspasemos esas puertas, para todos, serás mi sirviente.
–Ah, al fin veo tus verdaderas intenciones, romano: tenerme bajo tu bota... –protestó el chico, molesto.
Goar se armó de paciencia. Apenas habían intercambiado más que algún monosílabo durante la última semana.
Comprendía que Alarico estuviera disgustado, furioso y agotado, pero todo aquello era por su bien.
Había tenido muchísima suerte, aunque no lo quisiera ver así.
Además, no sólo estaba poniéndose él mismo en peligro, sino que también había asumido un papel que nunca hubiera querido para sí, el de mero protector de un muchacho, en lugar del fiero guerrero que anhelaba ser.
–Si vamos pregonando que eres el hijo de uno de esos baltos de los que tanto alardeas, atraeremos hacia ti a los hombres de Modario o de Atanarico.
En cambio, nadie se preocupará por un esclavo godo, aunque en realidad no seas tal esclavo.
–«Uno de tantos», apostilló para sí mismo–.
Además, te he salvado la vida, jovencito, y me he complicado la mía cuando simplemente podía haber dejado que te mataran.
Y ahora estoy aquí, a tu lado, dispuesto a mantenerte con vida...
¿Cuándo dejarás de ser tan jodidamente desagradecido?
–Tiene razón, Alarico –apostilló Caris al escuchar el bufido del muchacho–. Si estás vivo, es gracias únicamente a él. Yo también le debo la vida.
–¿Y mi hermana? ¿Acaso te has olvidado de Gosvinta? ¿Has olvidado lo que le puede estar pasando en este mismo instante? –inquirió el muchacho, rabioso.
–Gosvinta vive, eso es lo único que debe importarnos.
–¡En manos de una bestia! ¿A eso se le puede llamar vivir?
Goar arrojó un trozo de pan al regazo del muchacho, que, sorprendido, dejó de hablar.
–Nada podrías haber hecho por tu hermana ese día, Alarico, más que morir delante de sus ojos. Vivo, podrás intentar ayudarla en el futuro, tal vez haya oportunidad; muerto, ella también estaría condenada para la eternidad.
–Estoy en manos de los enemigos de mi pueblo... ¿Qué piensas que puedo hacer? –preguntó, esta vez sin rastro de ira en su voz, sólo desesperación.
El alano ladeó el rostro y miró a los armenios, que también habían desmontado y charlaban entre ellos en aquella lengua tan extraña y sibilante.
En parte, el chico tenía razón, pero la vida podía dar muchas vueltas, él mismo era testigo.
Por otro lado, Alarico no era un rehén cualquiera: si Atanarico moría, o si el emperador, cuando fuera consciente de a quién tenían en su poder, quisiera dejar de favorecer al viejo juez, la situación del chico cambiaría radicalmente.
En cuanto a su hermana, más le valía orar a quien él quisiera para que, cuando llegara el momento, aún permaneciera con vida.
–Empeñarte en sobrevivir hasta que llegue el tiempo en el que puedas decidir por ti mismo. No tienes otra opción, pero al menos tienes una.
* * *
Septiembre del 380. Fortaleza de Kelemantia
Esa noche, la habitación parecía dar vueltas alrededor del alano. Las paredes se estrechaban, amenazando con aplastarlo, mientras su cabeza era incapaz de dejar de darle vueltas a lo mismo.
Angustiado, Safrax se levantó de un salto, se puso una capa sobre los hombros y abandonó la estancia con cuidado, tratando de no alertar ni a su abuela ni a las demás. Lo último que necesitaba era volver a hablar con nadie sobre algo para lo que no tenía respuesta.
Una vez en el exterior, inspiró con fuerza. Luego, tomó el camino de ronda hasta la puerta sur. Allí, los pocos centinelas que oteaban el río desde la muralla le hicieron una seña, dispuestos a acompañarlo, pero él negó con la cabeza y siguió solo hacia la ribera.
A medio centenar de pasos se podía observar el único barco con el que contaban en ese momento.
Cabeceaba suavemente, mecido por la marea.
El caudal del Istro había permanecido constante durante los meses que llevaban allí, para sorpresa de Safrax, acostumbrado a otros ríos mucho más pequeños, en los que el verano provocaba sequías y las lluvias prolongadas peligrosas crecidas.
Él jamás había visto el mar, pero se le antojaba imposible que pudiera resultar más extenso que aquella inmensa superficie de agua.
Dejó atrás la quietud de la fortaleza y se adentró en la marisma aledaña.
A cada paso, sentía que las botas se enterraban en el cieno y, a su alrededor, el zumbido de infinidad de mosquitos.
El clima les había dado un respiro; había comenzado el calor y, con él, las picaduras de tan molestos insectos.
Caminó un buen rato pegado al cauce, hasta que dejó atrás la amplia llanura fluvial donde se habían instalado todos aquellos que los seguían.
Al día siguiente, finalizaba el plazo para dar respuesta al emperador.
Durante aquellas casi dos lunas había sido incapaz de decidirse por una que lo satisficiera.
Así, había discutido con sus compañeros más allegados, como Tasio e incluso Palaco.
Ninguno había sido capaz de hablarle sin tapujos, o eso creía, abrumados por la responsabilidad.
Como en tantas otras ocasiones, también había recurrido a la sabiduría de las mujeres que lo acompañaban: les había compartido sus temores, sus esperanzas, y a Amage le había abierto su corazón.
Sólo que, al escucharle decir que debía aceptar la oferta, él había dudado.
¿Era su confidente quien le hablaba, su consejera, la sabia Amage?
¿O la desconsolada abuela de Goar, deseosa de reunirse con su nieto, o, al menos, de apurar la última oportunidad de conseguirlo?