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–He escuchado que el tuyo es un pueblo de guerreros, Safrax, nieto de Beuca.
Un pueblo que considera que morir en el lecho es el peor de los deshonores para un hombre.
¿Acaso quieres convertirte en campesino y criar terneros gordos con los que alimentar a tus hijos?
¿O prefieres preocuparte por construir puentes o acueductos? ¿Es eso lo que quieres?
Safrax dudó y volvió la mirada hacia Alateo, pues aquello era lo que le ofrecían a su compañero, siempre que fuera capaz de defenderlo.
–He nacido para la guerra, como mi padre y mi abuelo antes de mí.
Los alanos no necesitamos otro idioma ni otra ocupación que ésa para entendernos con quienes nos encontramos en nuestro camino, y así ha sido desde generaciones.
Nuestras armas hablan por nosotros con mucha mayor elocuencia que nosotros mismos.
–La guerra... Pese a nuestra juventud, ambos la conocemos muy bien, Safrax, no somos tan diferentes.
Quien ha nacido para la guerra, como tú, debe hacer honor a su nombre y al destino que le ha venido marcado.
A ti, nieto de Beuca, te ofrezco un lugar a mi lado en la batalla, un lugar de honor.
A cambio, tu familia y las de todos los tuyos podrán vivir en paz junto a las de Alateo, así como aquellos guerreros que designes para su protección.
Además, yo mismo enviaré un destacamento de apoyo al otro lado del río.
Nada les faltará. Tenéis mi palabra. Malobaudes es testigo de mi ofrecimiento, y él mismo puede dar fe del vínculo que se ha formado entre sus francos y el Imperio.
Safrax sostuvo la mirada del emperador. Querían asentarse en aquellas tierras para reponerse de sinsabores sufridos durante los últimos años.
Necesitaban que sus jóvenes crecieran, que sus caballos engordaran y se reprodujeran; necesitaban pastos, si querían seguir existiendo como pueblo.
Todo había cambiado a su alrededor, pero no en sus corazones, aunque la memoria de los suyos se diluyera con el paso de las estaciones y fueran cada vez menos los ancianos que les contaran su historia.
–Os he ofrecido a ambos un trato ventajoso –añadió el joven augusto ante la falta de respuesta.
–Pero... yo también deseo luchar –protestó Alateo.
–Y lo harás, pero aquí, Alateo, y por los tuyos. Serás su rey, como tú has dicho, y un rey, como un emperador, se debe a su pueblo.
–¿Y yo, entonces? –intervino Safrax.
–Tú lo has dicho: la guerra es el único gozo que conoce un alano desde que nace y hasta que va a la tumba.
Así que hacerla, matar a tus enemigos, cabalgar sin descanso hacia la victoria o la muerte es lo que te ofrezco.
Me seguirás allí a donde vaya. He oído que los dragones que nuestras legiones utilizan en Oriente imitan a los de tu pueblo.
Tú serás el dragón que proteja mi espalda, nieto de Beuca.
Serás mi lanza en la batalla, y mi escudo en la retaguardia.
Ante tales palabras, Safrax creyó encogerse.
Lo cierto era que aquel romano le ofrecía todo cuanto un alano como él podía anhelar.
Sí, el mayor de los honores para su pueblo, pero bajo las órdenes de un extranjero.
Le vino a la mente el orgulloso alano cuya vida había segado al pie de la colina, cuando la gran batalla llegaba a su fin; seguidamente, volvió a ver en él los rasgos de su padre, los suyos propios.
Respendial había dejado atrás a su familia para combatir bajo las enseñas de Roma.
¿Estaba él destinado a seguir el destino de su progenitor?
¿El mismo que su abuelo, quien lo había criado en la verdad de los suyos, tanto detestaba?
El silencio se apoderó por un momento de la plataforma, sólo roto por el suave oleaje lamiendo la quilla.
Graciano evaluó la situación. Había preparado aquella entrevista con todo cuidado.
Había hablado con Nepociano, también con el prefecto Corvino y con Marcial, el centenario que había tenido a su cuidado a los jóvenes alanos y del que tanto había aprendido sobre ellos los últimos días.
Creía haber entendido cuáles eran los anhelos y las dudas de aquellos hombres llegados desde tan lejos.
Y, vista la reacción de Safrax, intuía que sus palabras habían tenido el efecto esperado.
Ahora sólo debía dejar que éstas penetraran en la mente del caudillo.
Si no era así, no tardaría en llegar el momento de regresar a la batalla, una vez más, sólo que, entonces, la guerra, en lugar de dirimirse en sus tierras, arrasaría aquéllas que se extendían al norte del río.
–No pretendo que me contestéis ahora mismo, pues soy consciente de que se trata de una oferta muy importante como para tomarla a la ligera.
Disponéis de dos lunas para darme una respuesta.
Si accedéis al acuerdo, no os arrepentiréis; en cambio, si lo rechazáis, los proyectiles barrerán vuestra orilla desde las cubiertas de nuestras naves.
Así que elegid sabiamente, pues sólo os haré esta oferta una vez.
Cuando os hayáis decidido, enviad a Cayo Nepociano con vuestra respuesta.
Eso sí, luego, él y todos los romanos cautivos de la fortaleza deberán ser liberados, sea cual sea el resultado de la negociación.