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–Estáis ante el emperador de Roma, Flavio Graciano Augusto. Mostrad el respeto debido –interrumpió Malobaudes los pensamientos del emperador–. Habéis venido a parlamentar en nombre de los vuestros, ¿sois acaso sus reyes?
Graciano sonrió para sí al ver la mirada perpleja que se dedicaron entre sí el alano y el greutungo.
–Mi señor augusto... –intervino Cayo Nepociano, consciente de la incomodidad de los caudillos bárbaros.
Graciano elevó el brazo, haciendo callar al tribuno, también provocando que el ceño fruncido del franco se relajara.
–Safrax y Alateo, yo os saludo y os pido que perdonéis a Malobaudes por sus modales, pero es que él mismo es rey entre los suyos, además de un fiel servidor de Roma. Quizás eso sea algo a lo que no estáis acostumbrados.
Aquellas palabras provocaron aún más estupor en Safrax y Alateo; tal como Graciano imaginaba, ignoraban tal circunstancia.
El joven emperador dedicó entonces una mirada de reconocimiento a Malobaudes.
El franco había demostrado ser un hombre leal, ya con su padre, además de un servidor útil en extremo.
Su valor era doble, pues no sólo combatía en las guerras de Roma, sino que también su pueblo, instalado en la frontera, defendía sus tierras con denuedo contra alamanes y cuados, a veces con mayor virulencia que los propios romanos.
En todo caso, era un acuerdo oneroso, pues el emperador les entregaba cuantiosas sumas de dinero para que vivieran al otro lado del río, cuando generalmente los pueblos federados adquirían tierras en el interior del Imperio.
Pero ahí radicaba su interés. Graciano no debía temer, en el peor de los casos, encontrarse a un enemigo en el interior de sus fronteras, si es que aquel terrible momento llegaba; todo lo contrario, contaba con el apoyo franco para evitar que sus enemigos se presentaran a sus puertas.
Aquél era el camino, el único que podían permitirse en una época tan incierta como la que estaban sufriendo.
–Yo te saludo, Flavio Graciano Augusto. Soy Safrax, nieto de Beuca, y hablo en nombre de los alanos. Es cuanto debe importar hoy.
–Y yo soy Alateo, hijo de Liuva –anunció su compañero a continuación–. Y hablo en nombre de los godos.
El emperador asintió e hizo una seña a Evelio para que les entregara unos cálices repletos del más delicado de los vinos que podían encontrarse lejos de Italia.
–Nada de reyes, entonces, de acuerdo. Yo os saludo.
El augusto bebió. Aprovechó aquel instante de distracción para lanzar una mirada inquisitiva hacia la lejana orilla norte, donde, según había escuchado, se habían asentado miles de hombres y mujeres.
Safrax miró el interior de su dorada copa, pero Alateo, con muchos menos miramientos, apuró el contenido de un solo trago, antes de limpiar sus labios con la manga de su camisola y lanzar el recipiente hacia Evelio.
Antes de que el liberto se hiciera con él, Malobaudes lo atrapó en el aire y dedicó una mirada cargada de indignación al godo, quien, lejos de importunarse, le devolvió una sonrisa provocadora.
–Malobaudes es rey, su pueblo vive en paz al otro lado del río, con la protección y el apoyo de Roma, y, cuando Roma lo necesita, sus hombres combaten a nuestro lado.
Tal acuerdo es beneficioso para ambos, pero son un emperador y un rey los que lo rubrican con su palabra, los únicos que pueden hacerlo, pues cuentan con el beneplácito de los dioses.
–Mi pueblo nunca ha tenido reyes –repuso Safrax, orgulloso, devolviendo el recipiente al liberto sin haber probado el vino.
–Y el último rey de mi pueblo, el niño Viterico, murió hace dos años. Desde entonces, yo soy quien los lidera: así que, visto de esa manera, yo soy su rey –proclamó Alateo, orgulloso por su ocurrencia.
Graciano asintió y entregó la copa a Evelio con delicadeza.
–Está bien, entonces, Alateo, rey de los greutungos, ¿qué es lo que demandáis? ¿Tierras?, ¿paz?
–Queremos un lugar en el que asentarnos, tierras en las que prosperar y guerras con las que colmar de riquezas y honores a nuestros hombres –respondió el godo.
–Como Malobaudes, podéis tener lo que deseáis.
Podéis vivir allí donde os habéis asentado sin nada que temer por nuestra parte.
Al contrario: soy generoso con quien lo merece, con quien se lo gana.
Mis hombres lucharán vuestras batallas, siempre que sean también las nuestras, y los vuestros harán lo propio cuando seamos nosotros quienes os necesitemos.
Defenderéis vuestras tierras y contaréis con nuestro apoyo para ello, pues, haciéndolo, no sólo os estaréis defendiendo a vosotros mismos, sino que también habréis defendido a Roma, y Roma, como yo mismo, puede ser muy generosa. Podéis preguntar a Malobaudes.
Alateo dudó. Aquel romano parecía creerse muy listo, un embaucador muy listo, porque no podía resultar todo tan fácil.
–Esas tierras de las que hablas, romano, ya son nuestras. No puedes entregarnos lo que ya nos pertenece.
Malobaudes, que había estado aguardando el momento adecuado, alzó la mano antes de responder.
–¿Cuánto tiempo creéis que seréis capaces de mantenerlas sin nuestra ayuda? No sólo podríamos expulsaros de ellas en cuanto nos lo propusiéramos, sino que tampoco seríais capaces de soportar la presión de alamanes, cuados, sármatas o vándalos...
–Y entonces, ¿por qué deberíamos creer que pretendéis ayudarnos con semejante acuerdo? –protestó Alateo, encarándose con el franco, lo que provocó que el emperador posara la mano en el hombro de éste para que se contuviera.
–Porque nos conviene que quien vive en nuestra frontera sea nuestro aliado, y como tal lo trataremos.
Os entregaremos cuanto sea necesario para que defendáis con éxito esas tierras: armas, piedra con la que levantar fortificaciones...
, y acordaremos el pago de un tributo en forma de oro y plata con el que recompensaros por vuestros servicios.
Todo a cambio de paz, de que cubráis ese flanco norte y de que luchéis a nuestro lado cuando lo requiramos.
–¿Y qué pasa con los alanos? ¿Acaso estamos fuera de tal acuerdo? –intervino Safrax, aprovechando el instante de duda de su compañero.
El alano miró primero al emperador, y luego a Alateo.
Si el primero lo escrutaba con suficiencia, el segundo lo hacía con una expresión de incredulidad.
Tampoco Safrax no las tenía todas consigo.
Los romanos ya los habían engañado en ocasiones anteriores.
No a ellos, ciertamente, pero sí a los tervingios, a los que tanto mal habían causado.
Había sido Valente, pero aquel jovenzuelo no dejaba de ser su sobrino.
Graciano volvió a sonreír, y Safrax trató de encontrar en su expresión el mínimo asomo de falsedad, sin éxito. Le hubiera gustado que allí, a su lado, como casi siempre, hubiera estado Amage, pues ella jamás se equivocaba al juzgar a sus semejantes.