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CAPÍTULO XVII
Flavio Augusto Graciano, como algunos de sus predecesores, lo había dispuesto todo con esmero.
Hacía días que los suyos habían comenzado los preparativos para reunirse con los líderes bárbaros en medio del enorme cauce del Istro, tal y como había hecho su padre en el pasado con los emisarios alamanes.
Tan sólo había una diferencia, más allá del origen de quienes se verían con el emperador: mientras que el difunto Valentiniano había obligado a los alamanes a reunirse con él después de haberlos vencido, Graciano aún no había cruzado las armas con quienes podrían constituir una nueva y desconocida amenaza para él.
Sus hombres, obedientes, habían aprovechado la estructura de un trirreme anticuado para anclar una plataforma de enormes dimensiones en el centro del río, a igual distancia entre Brigetio y Kelemantia.
Luego, la habían decorado profusamente, así como adecuado con todas las comodidades que se pudiera imaginar, para así demostrar a aquellos bárbaros el poder que él, como señor de Roma, podía convocar, capaz de desafiar, incluso, a los elementos.
–Mi señor augusto, ya vienen –escuchó el aviso de Malobaudes, el rey franco que lo servía fielmente en la labor de magister militum del Imperio.
Graciano se puso en pie. Su cabello cobrizo y rizado se alargaba por delante de sus orejas a modo de formidables patillas, con las que trataba de ocultar la escasa barba que le crecía en el mentón.
Pese a su juvenil aspecto, acababa de cumplir los veinte años y ya era un veterano de incontables batallas.
Muchas sobre el terreno, donde el hedor a la sangre, la muerte y la desesperación de los vencidos se apoderaba hasta del último rincón; otras, en cambio, las había librado en rincones perfumados, elegantes, pero igualmente peligrosos, más incluso a su entender, por lo que hacía tiempo que había decidido alejarse de los palacios, de los senadores, de todos aquellos que no se atrevieran a vivir, como él, en la frontera, junto a sus soldados.
Al poco de la muerte de Valentiniano, con tan sólo dieciséis años, había ocupado su lugar.
Tras despachar a su hermano pequeño a Italia, junto con su joven madrastra, él se decidió a mantener la frontera.
Todavía sonreía al recordarlo. Entonces era aún demasiado joven, pero se había enfrentado a las temibles hordas alamanas sin dudarlo, amparado en las veteranas tropas que habían servido bajo las órdenes de su padre.
Y él, un chiquillo, las había derrotado de forma casi definitiva en Argentovaria, atajando cualquier conato de rebelión entre los bárbaros que acosaban las fronteras, y también había puesto freno a la habitual ambición de la que hacían gala los gobernadores de las provincias.
Con su rápida y decidida actuación, había apaciguado a bárbaros y romanos por igual, y todo hubiera continuado igual si su tío, su ambicioso y estúpido tío, no hubiera jugado a ser un héroe.
Con su ataque a los godos insurgentes, había llevado al Imperio al borde del colapso.
Pero, si todavía quedaba Imperio por el que luchar, era sólo gracias a su esfuerzo, al de un joven de tan sólo veinte años.
En una hábil jugada, antes de que cualquier advenedizo pudiera soñar con hacerse con el poder en Oriente, había elevado a Flavio Teodosio en Constantinopla.
Éste había sido un hombre leal a su padre, y a él le debía todo, no sólo su grandioso y envenenado cargo en una mitad oriental del Imperio sumida en el caos, sino también la restauración de la dignidad de su familia, pues él, Graciano, había sido quien, ignorando que el padre de Teodosio había sido ajusticiado en el pasado, lo había distinguido con su amistad y un puesto entre su círculo próximo.
Teodosio no había tenido respiro desde ese instante, y, aunque mediando algunas derrotas, al fin parecía haber contenido a los godos de Fritigerno, quien ahora se contentaba con saquear el territorio al norte de la capital, olvidándose de aquélla y de las ricas ciudades más al sur.
Para conseguirlo, cierto era que Teodosio se había servido de muchos mercenarios para engrosar así las castigadas filas de su exiguo ejército, pero Graciano tampoco había permanecido de brazos cruzados: le había entregado unidades enteras, así como, desde hacía casi un año, destacado junto a él de forma permanente a dos de sus principales generales, los francos Batuto y Merobaudes.
Daba igual el tiempo que transcurriera, también los enemigos que mataran: los godos y sus aliados parecían una terrible plaga, interminable y voraz como si de langostas se tratara.
Mientras siguieran siendo incapaces de restaurar las desmanteladas defensas del Istro, nada podrían hacer, pues por ellas eran miles los bárbaros de todos los orígenes que se adentraban en las provincias orientales, sumiéndolas en el caos.
A cierta distancia todavía, las tres naves que abandonaran el puesto de Kelemantia se acercaban lentamente hacia el lugar de reunión.
Cuando se encontraban a menos de un estadio, una echó el ancla, y fue la siguiente la que se adelantó hacia la plataforma.
Poco después, sus ocupantes desembarcaron: una docena de guerreros, ataviados con armaduras, pero sin cascos ni armas, avanzaron sobre los maderos sin poder disimular su incomodidad.
Graciano escrutó a los de mayor estatura: hombres rubios, de cabezas extrañamente ahusadas y armaduras de primorosa factura.
Aquellos tipos poseían una talla única, propia de grandes guerreros, de los más grandes jinetes que hubieran visto los campos de batalla, tal y como le habían contado que sucediera en la funesta jornada de Adrianópolis.
Quien tuviera de su lado una caballería así nada debía temer de ningún pueblo situado más allá de la frontera del Rhenus, tampoco de las hordas de salvajes que asediaban Britania sin descanso.
Ni siquiera Fritigerno podría hacerles frente.
Malobaudes, seguido de dos hombres, se adelantó hasta los recién llegados y los examinó con desconfianza, pero éstos no parecieron ofenderse por el escrutinio.
Cuando se hubo cerciorado de que habían acudido desarmados, más tranquilo, hizo un gesto al emperador, dándole a entender que el parlamento podía comenzar.
Graciano pensó de inmediato en su medio hermano Valentiniano, de tan sólo ocho años, cómodamente instalado en Italia, ajeno a los peligros que acechaban en la frontera; crecía en paz, con su madre susurrándole al oído palabras cargadas de recelo, de envidia hacia él.
Eran unos desagradecidos, todos, pensó, sintiendo que la ira crecía en su interior.
Evelio, el viejo liberto del difunto Valentiniano, al reparar en el ceño fruncido de su señor y en la congestión que rápidamente se apoderaba de su rostro, se acercó a él y le ofreció una delicada y dorada copa.
–Mi señor, paladead este vino. Con él, todo trago será menos amargo, hacedle caso a este viejo –le indicó, consciente de que el genio de su padre era lo que lo había llevado a la tumba.
No sus enemigos, sino su propia furia. No había conseguido ayudar al padre, pero estaba decidido a enmendar su falta con el hijo.
Graciano la tomó, agradecido, y dedicó una sonrisa cansada a su antiguo servidor.
Apreciaba a Evelio, siempre atento, afable y leal, como Malobaudes, sin ir más lejos, el mismo que lo había informado de que, años atrás, poco antes de la muerte de su progenitor, había hecho traer desde el lejano Oriente a medio centenar de jóvenes alanos con los que conformar el germen de la guardia personal del emperador.
Pero Valentiniano había muerto en la misma ciudad en la que Graciano se había establecido semanas antes, y aquellos muchachos del terrible Barbaricum habían quedado relegados a simples jinetes de tropa.
La primera vez que había escuchado aquella historia, Graciano se había limitado a sonreír.
Brigetio quedaba lejos, y demasiados problemas tenía como para preocuparse por aquello.
Sólo que, a medida que las lunas y los años se sucedían, hasta sus oídos llegaban las hazañas de aquellos jinetes, y a cada momento más pensaba en que, en algún lugar de Panonia, cincuenta jóvenes esperaban un destino más adecuado que recorrer un día tras otro las traicioneras sendas al norte del Istro.
Había llegado el momento de reclamar aquel regalo a su padre.
Mientras el emperador cavilaba, tres hombres se habían adelantado de entre la docena de caudillos bárbaros.
El joven alzó la mirada y los estudió con curiosidad, pues eran muy diferentes entre sí.
El de mayor estatura era ancho de hombros pero de movimientos gráciles.
Parecía muy joven, quizá como él mismo, lo que le agradó.
De cabello largo y claro, casi blanco, el alano, pues Graciano se dio cuenta de que aquél era su origen, le devolvió la mirada con unos ojos azules y cristalinos.
El segundo era más bajo, recio y de mayor edad, o así parecían reflejarlo la infinidad de vetas plateadas en su barba y su cabello rojizos y las arrugas en sus mejillas y su frente.
Por detrás de ellos quien avanzaba era el tribuno Cayo Nepociano; el emperador lo reconoció al momento.
No sólo Nepociano, sino también la mayor parte de la guarnición había salvado la vida tras la toma de la fortaleza, y el tribuno había asegurado, tanto al emperador como a Malobaudes, que sus captores los habían tratado con respeto.
Aquello había predispuesto mejor al joven Graciano a escuchar a los recién llegados, a Safrax y a Alateo, quienes, bien sabía, habían sido decisorios en Adrianópolis.
Ahora allí estaban los dos, frente a él, a pocos pasos, y buscaban un acuerdo para asentar a los suyos.
Graciano llevaba días rumiando una respuesta, pues esa misma oferta le habían hecho los tervingios a su tío Valente, y éste se encontraba ya bajo tierra, pudriéndose, aunque tal vez lo mereciera.