Dragón 16 #3
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16 #3

Atanarico no había sido bendecido con descendencia y era ya anciano.

Modario llevaba años allanando el camino para ser el único que pudiera sustituirlo, y la inesperada aparición de aquella mocosa venía a aclarar aún más su futuro.

Él sería el nuevo juez una vez que Atanarico falleciera, y nadie se atrevería a disputarle su posición una vez tuviera de su lado la sagrada sangre de los baltos. Ni siquiera Roma...

* * *

Junio del 380. Kelemantia

El día había amanecido extremadamente claro, con el cielo de un azul intenso, sin rastro de nubes, aunque el frío se había dejado sentir incluso cuando el sol se encontraba bien alto en el horizonte.

El campamento, desde hora muy temprana, se había convertido en un hervidero de hombres, mujeres y chismes.

A lo largo de la ribera septentrional eran miles los curiosos que se habían dispuesto junto a la orilla, con la esperanza de ver lo que ocurría en el centro del río, hacia donde las tres navis lusoriae de los romanos avanzaban con lentitud, con Safrax, Alateo y otros caudillos sobre sus cubiertas.

El emperador de la frontera de piedra había consentido en recibir a sus líderes y entablar negociación, pero, ante la negativa de éstos de desplazarse hasta Brigetio, el augusto había declarado que lo harían allí, en el mismo río, a igual distancia de la ciudad que de Kelemantia.

Pocos habían creído aquellas palabras, pues para alanos, godos y el resto de tribus era imposible domeñar aquella vasta extensión de agua.

Pero para quienes habían vivido en la otra orilla sí era posible.

–¿Y si pese a todo es una trampa? Si los hombres de Graciano caen sobre ellos, llevarán los barcos a pique sin apenas esfuerzo, y entonces, ya caídos nuestros caudillos, podrían lanzarse sobre esta orilla, aprovechando el desconcierto –arguyó Marval, pensativo, sólo que entonces, por primera vez en años, cayó en la cuenta de que él ya no formaba parte de la guarnición de Kelemantia.

Si el emperador enviaba a sus legiones allí, él, Fariban y los demás serían tratados como enemigos.

–¿Es que no puedes mantener la boca cerrada un jodido instante? –gruñó Palaco, incapaz de dejar de tamborilear con los dedos sobre el murete que daba al río, visiblemente alterado.

Él también había pensado en aquella posibilidad no pocas veces durante la noche, a partir del mismo instante en el que Safrax les había revelado el trato con el emperador.

Palaco estaba de acuerdo en que era demasiado arriesgado para Safrax presentarse en la orilla sur, pero aquel arreglo intermedio tampoco estaba exento de peligros.

Podía resultar una trampa, o no; era incapaz de decidirse.

Jamás había visto a Graciano, el joven augusto hijo de Valentiniano, pero lo tenía por un hombre de palabra: hasta el último momento había tratado de cumplir su voto de acudir en auxilio de su tío Valente antes de que éste cayera en Adrianópolis.

Sí, Graciano podía ser un hombre de honor con los suyos, pero ahora con quien se las veía era con sus enemigos, que habían capturado a traición uno de los escasos fortines que el Imperio mantenía al norte del Istro.

Y él también era uno de aquellos, pues, al contrario que Malvar, Fariban y los demás, hacía mucho que se sentía de nuevo un alano de pleno derecho, pese a que no hacía tanto que además era un hombre de Safrax.

–Llevaba años sin escucharte protestar todo el rato, Palaco..., y créeme, me gustaba –continuó Malvar.

–Llevabas años aquí encerrado, comiendo a tu hora, durmiendo bajo techo, mientras yo participaba en la mayor batalla que se haya visto jamás, antes de cruzar de nuevo al otro lado de la frontera de piedra y adentrarme en tierras de los malditos hunos.

Sigues siendo un mocoso, Marval; madura de una jodida vez.

–¿Como Goar? Goar es diez veces más hombre que lo que tú podrás ser en toda tu vida.

Fariban, consciente de la tensión entre sus antiguos compañeros de barracón, agarró a Palaco por el hombro y lo obligó a mirarlo a los ojos.

–Todos estamos nerviosos, no se lo tengas en cuenta –le susurró al oído para que Malvar no lo escuchara.

Palaco asintió, y poco a poco su respiración volvió a tornarse más pausada. Agradeció a Fariban su intervención con una cariñosa colleja y se acercó de nuevo junto a Malvar.

–Tenías que haber visto cómo el mocoso de Goar se comportó en la batalla.

Yo luché con valor, pero ese pequeño demonio se batió como un campeón.

Nadie fue capaz de herirlo, siquiera de desmontarlo, hasta que en el último momento nos adentramos en la formación enemiga, en un ataque desesperado.

Sólo entonces fue descabalgado, poco antes de que yo acabara igualmente con mis huesos en el suelo.

Ojalá lo tuviéramos hoy a nuestro lado, pero me conformo con saber que aún vive.

Malvar desvió la vista del ancho cauce, sorprendido al escuchar hablar así a Palaco. Examinó el rostro de su compañero, pero no encontró rastro de ironía en su expresión.

–Sigo sin ver jinete mejor –reconoció Malvar, más calmado.

–Tampoco mejor arquero –intervino Fariban.

Palaco sonrió abiertamente y agarró a sus amigos por los hombros.

–Eso es porque no habéis visto aún a su primo en acción, pero tendréis tiempo de hacerlo, estoy seguro.