Dragón 16 #2
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16 #2

El inesperado sonido de unas pisadas arañando el pavimento hizo que la muchachita se apretujara aún más contra la pared.

Hubiera querido atravesarla, fundirse con aquellas rocas, como en la leyenda que le contara Caris.

La esclava le había relatado viejas historias de antiguos y lejanos dioses, con su voz cadenciosa y ligeramente gutural, en las que ninfas y mujeres de toda índole, en su desesperación por escapar de los dioses que las perseguían, se convertían en ríos, en árboles o en cualquier animal que las liberara de sufrir tal destino. Ojalá ella pudiera hacer lo mismo.

Junto con el refulgir de una tea, lo primero que percibió Gosvinta fue un aroma desagradable, un hedor acre y pestilente, que en pocos segundos se extendió por toda la habitación.

La niña dirigió la vista hacia el suelo, pues, acostumbrada a la oscuridad como estaba, el brillo de la antorcha la incomodaba sobremanera.

Cuando volvió a levantarla, ésta pendía de uno de los soportes metálicos de la pared, junto a la puerta.

Modario, pues rápidamente reconoció el rostro de su captor, cerró la puerta con estrépito y se acercó a ella con paso irregular, como si de un ridículo baile se tratara, claramente borracho.

–Hacía días que quería hacerte una visita, pequeña esposa –anunció con voz ronca.

Gosvinta se arrebujó aún más en sí misma, de manera que la piedra se incrustó en su espalda, de forma dolorosa. Se obligó a desviar la vista de la tea, consciente de que lo único que conseguiría así era quedar deslumbrada y perder la noción de los límites de la habitación.

El godo la contempló con los labios entreabiertos, como si fuera un animal salvaje y ella un ternero desvalido, a su merced.

Era demasiado pronto, claro que lo era, pero su naturaleza violenta y resentida lo impelía a provocar a su odiado enemigo un daño aun mayor del que ya le había hecho.

Hubiera preferido tener allí a Hild, la hermosa mujer de su difunto enemigo, la misma que, con su estúpido fervor por el dios de los cristianos, le había abierto a él la puerta del corazón de Atanarico, sepultando las esperanzas de su esposo en adelante.

Hild le había servido para allanar su camino hacia la gloria, de la misma manera que aquella pequeñaja escuálida y llorosa lo haría en el futuro.

Los ojos de Gosvinta se abrieron de forma desmesurada cuando las manos del hombre comenzaron a forcejear con los cordones de su calzón.

Aunque no sin dificultad, pues sus manos temblorosas apenas le respondían, Modario consiguió aflojar el nudo y lo dejó caer hasta la altura de sus tobillos.

Borracho como estaba, ni tan siquiera notaba el frío, pero su respiración formaba tenues hilillos de vaho que ascendían hasta el techo.

Satisfecho, dedicó una sonrisa lasciva a la pequeña, pero al acercarse comprobó que su miembro colgaba flácido entre sus piernas.

Blasfemó, y el eco de sus palabras reverberó entre las cuatro paredes.

Se frotó enérgicamente el miembro, sin éxito alguno.

Estaba borracho, demasiado borracho, y Gosvinta no era más que una niña.

La pequeña, aunque aterrorizada, no dudó en ponerse en movimiento.

La sangre de Gundebaldo, de los baltos, también corría por sus venas.

Con agilidad, sorteó a su captor y corrió hacia la puerta.

Modario se giró con torpeza, confundido, y cuando quiso dar el primer paso, tropezó con su propio calzón y cayó al suelo.

Sin embargo, pese a sus desesperados esfuerzos, Gosvinta era incapaz de abrir la puerta. La golpeó con fuerza, clavó las uñas en la madera hasta que las astillas se alojaron en su carne, y fue su sangre la que quedó sobre el portón..

Entretanto, Modario, aún mareado, se puso en pie.

Estaba furioso, la cabeza no dejaba de darle vueltas.

Se subió el calzón y lo ató de cualquier manera.

No sería esa noche, por mucho que el vino lo hubiera animado a intentarlo.

Se llegó hasta la pequeña y la tomó por la mandíbula con su mano derecha.

Apretó con fuerza, para evitar así el temblor que le recorría desde el hombro, y rápidamente las lágrimas de Gosvinta se deslizaron por sus dedos, cálidas, incitadoras.

–Ya te llegará la hora en que debas comportarte como una esposa sumisa –balbuceó, acercándose a su rostro, tanto que ella trató de retirarse, asqueada.

No tenía escapatoria, y al girarse chocó contra la puerta.

Al momento, notó que los labios de Modario, gruesos y húmedos, se posaban en los suyos, mientras ella forcejeaba inútilmente.

Gosvinta sintió que el aire comenzaba a faltarle, un aire cada vez más escaso y pestilente.

Su vientre se contrajo, la invadieron las arcadas, y a continuación notó un fuerte empellón que la hizo caer al suelo. Entonces, el vómito la venció.

Modario, tan furioso como borracho, abrió la puerta y se marchó, trastabillando.

En cuanto llegó a los que eran sus aposentos, ordenó a uno de los suyos que le trajeran una esclava con la que desahogarse.

Mientras esperaba, se desprendió de la camisola y se sirvió una nueva copa de vino.

La última, pensó, a la vez que el enfado parecía remitir, y se tumbó en la cama.

Se mente se relajó poco a poco. En realidad, su plan estaba en marcha.

Había acabado con Gundebaldo y sus dos hijos varones habían muerto; le restaba encontrar a Fritigerno y ajustar cuentas con él.

Una vez lo hubiera hecho, regresaría junto a su señor, y entonces sería el momento de anunciar su gran victoria.

Su más fiel servidor habría vengado la afrenta.

Sería su espada la que habría arrancado la vida de todos aquellos caudillos que se habían alzado contra la voluntad de los dioses, contra el mismísimo juez.

Sin duda, sería recibido como lo que era, como el más leal y poderoso servidor de Atanarico, y como recompensa a su desempeño tan sólo pediría una gracia a la que su viejo señor no podría negarse.

Gosvinta sería suya, le pertenecería por derecho, y, cuando llegara el momento, la desposaría y engendraría un hijo.

A partir de entonces, le traería sin cuidado el porvenir de la niña, a la que haría sufrir si le placiera, pues él ya habría conseguido emparentar con los baltos, con la poderosa familia que llevaba generaciones dirigiendo los designios de los tervingios.