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CAPÍTULO XVI
Estilicón se encargó de que por el campamento se propagara la noticia de que el jovencito al que Goar había atrapado había muerto víctima de unas fiebres.
El rumor surgió de un grupo de jinetes armenios, y en poco tiempo había llegado a oídos de Modario, que no había dejado pasar la ocasión de enviar a algunos de los suyos para confirmarlo.
Pero no fueron lo suficientemente rápidos, y cuando llegaron al lugar donde los armenios incineraban los cadáveres de los caídos durante los últimos días, el pequeño cuerpecillo que atrajo sus miradas hacía tiempo que resultaba irreconocible.
Esa misma noche, poco antes del alba, Goar y los suyos se habían puesto en marcha para cumplir las órdenes de su señor: avisar al emperador de que sus leales y valientes tropas habían conseguido aniquilar a un enorme contingente godo.
Iban seguidos de una pequeña carreta de la que asomaba el brillo del oro y de la plata, pues transportaba los más ricos objetos de los godos para que engrosaran el tesoro del emperador.
En el interior de aquel carromato, a salvo de ojos indiscretos, habían encontrado acomodo Alarico y Caris.
Tales preparativos esperaban que alejara cualquier sospecha de Modario por la repentina ausencia del alano, pero, pese a todo, la comitiva avanzaba atenta en todo momento a cualquier sombra, a cualquier sonido que pudiera indicar que el godo no se hubiera tragado el anzuelo.
En cuanto el campamento quedó lo suficientemente lejos, habían exigido a sus monturas todo lo posible hasta la puesta de sol, momento en que habían sacado a Alarico y a Caris del carromato y los habían hecho montar en sendos caballos.
Junto con Goar, Arsaces y otros cinco armenios, habían continuado el camino mientras el resto de la comitiva hacía noche allí con el carromato.
Quienes iban con Goar, en cambio, tampoco se detuvieron al día siguiente, sólo unas pocas horas al atardecer para que las agotadas monturas descansaran lo imprescindible.
Continuaron su marcha, siempre hacia el este, una jornada igual que la anterior hasta que, a la tercera, al alano no le quedó más remedio que otorgar a sus compañeros unas pocas horas de sueño.
Estaban extenuados, incluso los armenios, acostumbrados a no pocas privaciones, pero Alarico y Caris ya eran incapaces de sostenerse sobre los caballos.
Goar los había dejado dormir y había aguardado, pacientemente, hasta que el horizonte comenzó a colorearse de gris, anunciando la llegada del nuevo día.
Según sus cálculos, en otras diez jornadas más verían al fin las grandes murallas de Constantinopla, y el temor a que Modario los encontrara habría terminado; al menos, por el momento.
–Arriba, muchacho, todavía no podemos estar seguros de haber engañado a ese cabrón de Modario. En un par de días podremos bajar el ritmo, pero no aún –despertó el alano a Alarico, mientras pateaba los restos de la hoguera.
El joven le respondió echándose la manta bajo la que había dormido sobre la cabeza.
Arsaces, a cierta distancia, los contemplaba, divertido, mientras se encargaba de borrar todo rastro que pudiera delatar que habían pasado la noche allí.
El armenio llevaba ya mucho tiempo al servicio de Goar, y aunque, en un principio, como otros tantos de los suyos, había recibido tal encargo con suspicacia, lo cierto era que el alano se los había ganado a todos.
Era un muchacho, sí, demasiado joven, sin duda, pero pronto habían olvidado ese detalle.
Por edad, podría haber sido el hijo de algunos de los más veteranos, hombres curtidos ya en mil batallas a un lado y al otro de la frontera que dividía a persas y romanos.
Sin embargo, a aquellas alturas habían comprendido que aquel joven y reservado alano hacía gala de una madurez, de una nobleza y de una intrepidez que la gran mayoría de aquellos que los habían comandado hasta entonces, ya fueran persas o romanos, no alcanzarían ni viviendo varias vidas.
Sólo por eso valía la pena seguirlo, aunque terminara sus días limpiándole el culo a aquel mocoso godo de mirada turbia.
–Es sólo un niño y está agotado –arguyó Caris, incorporándose con lentitud; los calambres apenas la habían dejado descansar.
–Y querrá llegar a ser un hombre. Así que más le vale levantar el culo y ponerse en marcha –protestó Arsaces.
Goar se situó al lado del pequeño y tiró de la manta.
Parecía ocultar las manos bajo su cuerpo, y de inmediato el alano localizó la cadena que mantenía al joven sujeto con fuerza a una estaca en el suelo.
Tiró de ésta, y los brazos del joven se abrieron, dejando caer de su mano derecha una rama de buen tamaño.
Había estado hurgando en el cierre, con la esperanza de liberarse.
El alano abrió la boca, dispuesto a reprenderlo, pero Alarico chilló:
–¡No quiero ir a esa maldita ciudad! ¡Y tampoco quiero que me pongáis a salvo! Dejadme en paz, dejadme regresar junto a mi hermana y liberarla, si de verdad queréis ayudarme.
Arsaces escuchó la señal convenida, aquella que le daba a entender que nadie los seguía. La señal de que había llegado el momento de ponerse en marcha nuevamente.
–¡Venga, en pie! –protestó el oficial armenio, y se colgó del hombro los morrales que Constancio había entregado al muchacho y a la mujer.
Alarico lo fulminó con la mirada. Aunque nadie le había pedido su opinión, se había opuesto desde el primer momento a aquel acuerdo, pues no quería separarse de su hermana.
Había tratado, sin éxito, de fugarse la última noche en el campamento, pero los armenios no le quitaban el ojo de encima.
Por si fuera poco, el más viejo y cascarrabias de todos ellos, Arsaces, poco había tardado en volver a utilizar los grilletes.
Habría gritado, incluso, durante la huida, si no hubiera sabido que aquello podía poner sobre aviso a Modario, pero ahora, lejos de este último, no sólo estaba dispuesto a intentar escapar, sino también a expresar su malestar frente a aquellos hombres que creían haberse erigido en sus salvadores.
–De nada le vales muerto a tu hermana, tampoco a la memoria de tu padre, así que levanta y monta –le espetó Goar, ofreciéndole el brazo para ayudarlo a incorporarse.
–¿Es que no tenéis compasión? –intervino Caris.
–Dudo que Modario la tuviera –respondió el alano, justo en el instante en el que los dos armenios que formaban la retaguardia aparecían sobre sus caballos, dispuestos a rebasarlos y continuar la marcha.
* * *
Mayo del 380. Tesalónica
La columna se había puesto en marcha hacia el oeste dos días después de la partida de Goar.
Allí, Flavio Constancio y sus comandantes habían sido recibidos como libertadores.
Ellos eran la luz en un momento de oscuridad en el que la barbarie, según el obispo del lugar, parecía imponerse a la civilización, amenazando con destruir cuanto era grato a ojos del Altísimo.
Entregados por fin los esclavos y parte del botín a las autoridades y con la tropa ya instalada más allá de los grandes muros, los comandantes habían encontrado acomodo en el interior y el comes civitatis los había agasajado con largueza.
Mientras tanto, en el vetusto edificio de dos plantas que le había sido entregado a Modario mientras estuviera en la ciudad, los servidores de éste encerraban a Gosvinta en la habitación más alejada de la calle, allí donde el sol no incidía ni tan siquiera unas pocas horas al día.
Allí llevaba desde poco después del mediodía, sola, en silencio, y ya el sol se ocultaba en el horizonte, aunque Gosvinta ni tan siquiera se había percatado de ello.
Las lágrimas, como cada día desde la muerte de su progenitor, no la habían abandonado tampoco entre aquellas cuatro paredes.
Sin más abrigo que la misma ropa que llevara la terrible noche de su apresamiento, se había acurrucado en una esquina, pese a que la humedad parecía condensarse por la pared y trepar lentamente.
Tampoco le había importado. Era el lugar más alejado de la única puerta, por si aparecía Modario, aunque lo cierto era que, hasta ese día, el caudillo tervingio apenas había tenido tiempo para importunarla.
Había quedado a cargo de sus servidores, y hasta entonces la habían tratado con rudeza, utilizando más golpes que palabras, aunque tan sólo debía de lamentar algún moratón en su espalda.
Desde su rincón, examinó la estancia. Tan sólo había un camastro desvencijado y polvoriento y un arcón igualmente en mal estado.
Mucho en comparación a lo que habían conocido sus padres al ingresar en tierras de Roma, pero poco si lo comparaba con lo vivido aquellos últimos meses en los que la fortuna les había sonreído.
Habían atravesado el río, luchado, sangrado, siempre en marcha, con las armas dispuestas para, en el último momento, caer en manos de un hombre del que su padre creía ya estar a salvo.
Gosvinta había nacido un año antes del cruce del río, cuando ningún tervingio, mucho menos sus padres, que gozaban de cierta posición privilegiada entre los suyos, hubiera podido imaginar las desgracias que les quedaban por vivir en el futuro.
Para ella, Modario era un monstruo surgido de la peor de las pesadillas; un monstruo del que, además, ignoraba el motivo por el que había aparecido en su vida, segando la de su padre y acabando con lo poco que quedaba de su familia.