Dragón 15 #3
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15 #3

–Lucharemos vuestras guerras; contra los hunos, contra los cuados o contra Fritigerno y los suyos, contra quien sea necesario, sin importar el enemigo ni el peligro.

–Pero ¿y para eso habéis tomado la fortaleza? –preguntó, confuso, Nepociano.

–No somos unos ilusos, no somos como Fritigerno.

No cruzaremos al otro lado como unos miserables muertos de hambre, dispuestos a conformarnos con vuestras sobras.

¡No lo haremos! Os ofrecemos la paz, pero también sabremos haceros la guerra si no hay otro remedio.

Cada día que pasa, sármatas, vándalos y cuados se unen a nuestras filas.

Buscan un líder victorioso, un líder que no tema a Roma, un líder que la haya vencido en el pasado y que esté dispuesto a hacerlo de nuevo en el futuro.

–Y tienen dos –puntualizó el godo.

Nepociano evaluó el rostro del alano. Trató de encontrar el parecido entre él y Goar, sin éxito una vez más. En cambio, algo en su forma de hablar, en sus gestos, en su determinación, le recordaba a su antiguo discípulo.

–¿Y pretendéis que el emperador acceda a vuestras demandas? ¿Por qué iba a hacerlo?

–Porque su situación tan sólo es un poco mejor de la de su colega en el este.

De momento, mantiene las fronteras a salvo, pero ha dejado tropas en Oriente, por lo que es vulnerable.

Necesita hombres, necesita paz y tiempo con el que recomponer sus defensas; necesita cerrar la herida abierta en Oriente, antes de que ésta se gangrene y se extienda a cada una de vuestras orgullosas provincias.

Si no conseguís atajarla a tiempo, a los godos se les unirán un sinfín de pueblos, incluso algunos que vosotros mismos desconocéis, y eso supondrá vuestro fin.

Así que os ofrecemos ayuda, la de los mejores jinetes de la pradera y la de mi querido amigo Alateo y sus bravos godos –apuntó Safrax con una sonrisa, a la vez que dedicaba una mirada agradecida a su aliado.

El romano pensó que, años atrás, aquellas palabras no hubieran significado más que una estúpida baladronada, pero ahora, tras Adrianópolis, sonaban estremecedoras.

–¿Te ha quedado claro, romano? –insistió Alateo.

Nepociano dudó. Miró hacia las embarcaciones, cada vez más cercanas; ya podía distinguir las figuras de los hombres que manejaban los remos en las más pequeñas.

–¿Eso es todo lo que queréis de mí? ¿Que traslade vuestras demandas?

–Me va cayendo mejor este romano, parece listo –asintió el godo, esbozando una amplia sonrisa.

–El enviado del emperador se encuentra a bordo de esa nave –explicó Safrax, con el brazo extendido hacia el trirreme–. Se llama Malobaudes, ¿lo conoces?

El tribuno negó con la cabeza. Sabía que se trataba de un franco, como otros tantos germanos que habían medrado junto al emperador y al padre de éste.

Como bien había dicho Marcial años antes, aquello sucedía cada vez con mayor frecuencia.

Los altos cargos del ejército dejaban de ser ocupados por la nobleza romana para pasar a ser propiedad de hombres avezados en el combate, ajenos a cualquier intriga política, sólo leales a quienes los habían encumbrado.

–No, pero sé quién es.

–Pues más vale que sepas manejarlo, pues tu vida depende de ello –repuso Alateo, mostrando una blanca hilera de dientes.

Safrax, por el contrario, le hizo un gesto para que se acercara y lo tomó del hombro para que se colocara a su lado, junto al muro desde el que se apreciaba con claridad el esfuerzo que realizaban quienes empujaban los remos.

–Te doy las gracias por haber tratado a los míos con honor durante este tiempo, tribuno, también a mi primo –dijo en voz baja para que Alateo no lo escuchara.

–El honor ha sido mío. Todos son buenos muchachos, pero Goar era el mejor.

–Safrax le dedicó una mirada cargada de orgullo–.

Algunos de los míos se preguntan si los que estaban ese día de guardia los traicionaron para franquearos el paso hacia el interior de la fortaleza.

Yo no lo creo así, pero los hombres, a veces, son demasiado simples...

El alano se giró hacia él, sorprendido.

–Nadie estaba al corriente, ni siquiera estábamos seguros de que se encontraran aquí. Ahora están de nuevo con los suyos, como siempre debieron estar. –Tragó saliva, nervioso–. Y Goar, dijiste que estaba en Oriente... ¿Dónde?

El romano miró por el rabillo del ojo hacia Alateo, pero éste parecía haber decidido ignorarlos y estudiaba con atención las embarcaciones.

–Imagino que seguirá en Tracia, muy lejos de aquí.

–Me gustaría volver a verlo. También a mi abuela, que es la suya –le señaló, con un gesto de la cabeza a Amage, a su izquierda–. Nada la haría más feliz.

Nepociano sopesó aquellas palabras. Aunque Goar viviera, tal reencuentro parecía harto improbable, salvo que Graciano aceptara la oferta de los alanos y los enviara contra Fritigerno. Quizá, entonces...

–Entonces, habrá que convencer a Malobaudes de que acepte vuestra propuesta.

Aquellas palabras provocaron que el sempiterno gesto de tristeza que había arraigado en el rostro del alano desde hacía tanto tiempo se iluminara con un destello de esperanza.

–En ti confío, romano, como lo hizo mi primo tiempo atrás.