15 #2
–Sin duda estuve muy cerca de no contarlo, como tú, imagino, como todos...
Palaco resopló, y su mente volvió a trasladarse al terrible campo de batalla de Adrianópolis, pero sacudió la cabeza para alejar la imagen de su mente.
–Fue una masacre. Por fortuna, fui descabalgado cuando la mayor parte de la caballería imperial o había huido o yacía ya en tierra.
La batalla estaba ya decidida y los combates cesaban.
Los hombres de Safrax me encontraron con vida y me llevaron con los cautivos, sólo que al reconocerme como a uno de los suyos me ofrecieron la oportunidad de unirme a ellos.
Desde entonces he vuelto a ser un alano.
Nepociano asintió. Claro que lo era, tampoco había dejado de serlo el tiempo que había permanecido en Brigetio. Ninguno de aquellos muchachos; sólo, quizá, Goar, pensó.
–Marcial te ha echado de menos este tiempo. No ha pasado un solo día en el que no haya repetido que un cabrón como tú era demasiado difícil de matar para que unos godos de mierda siquiera soñaran con hacerlo. Por supuesto, nunca lo contradije.
–Imagino que el centenario estará al otro lado del río –aseveró Palacó, sin poder evitar sonreírse.
–Allí está, sí, y me alegro de que no esté aquí, enjaulado como una rata, como nosotros. Dime, ¿qué es lo que se propone Safrax?
Estaban muy cerca ya de la puerta sur, la que se abría al río, así que Palaco apuró el paso para evitar responder al tribuno.
En realidad, no sabía muy bien qué decirle, así que guardó silencio mientras cruzaban el patio.
Algunos mocosos dirigían miradas entre curiosas y asustadizas en dirección al romano.
Éste los ignoró, y decidió aprovechar el inesperado paseo no sólo para notar cómo el viento y la luz del sol, por primera vez en días, le acariciaban el rostro, sino también para tratar de averiguar el número de hombres que había dentro de los muros.
Cuando llegaron a la puerta, hacía rato que había desistido en su empeño, abrumado por el número de guerreros en las murallas.
Traspasaron la puerta, y Nepociano descubrió, no sin sorpresa, que casi un centenar de figuras, la mayoría de ellas ataviadas como si fueran a entrar en combate, aguardaban sobre los muros y la pasarela que daban acceso al embarcadero.
La mayoría de los hombres miraban hacia el río, más allá de los muros, observando algo oculto por el momento a sus ojos.
–Safrax es un buen líder. No pretende haceros daño, todo lo contrario. Esperemos que todo ocurra como él se ha propuesto –le susurró al fin Palaco al oído, antes de encaminarse hacia el lugar donde aguardaban Safrax y el resto de líderes.
Nepociano notó que la madera crujía bajo sus botas; por debajo, las suaves olas que formaba la corriente chocaban contra los sillares de piedra que sostenían la plataforma.
Miró a Palaco, y enseguida descubrió la imponente figura de Safrax, que no tardó en volverse hacia él.
Casi al mismo tiempo, las cuatro figuras que rodeaban al caudillo alano lo imitaron, y el romano se sorprendió al ver que se trataba de cuatro mujeres ataviadas con largos mantos.
La más cercana a Safrax, una anciana de cabellos del color de la luna en una noche sin nubes y ojos de un azul pálido como el del cielo en la mañana, lo escrutó con interés.
Ya todos los que componían el círculo cercano a Safrax conocían que aquel romano había sido quien había instruido y guiado a Goar, y Nepociano, incómodo, desvió la mirada.
Esa mujer parecía atravesarlo en busca de respuestas.
Las otras tres eran jóvenes, quizá de edades similares a las de Palaco y el propio Goar.
Dos de ellas poseían una belleza poco habitual de contemplar tan cerca del limes , hipnótica.
Mujeres altas, de rasgos delicados y tez extremadamente blanca, muy similares entre sí, con los ojos rasgados, al igual que la anciana; la apariencia de la tercera, por el contrario, aunque vestía igual que sus compañeras, recordaba a la de las germanas que Nepociano estaba tan acostumbrado a ver a ese lado del río.
El hombre que, hasta ese momento, seguía a Nepociano, lo empujó para que subiera a la plataforma.
Desde allí, el tribuno sí podía verlo todo, no sólo lo que ocurría en el río, sino también en la ribera norte del Istro.
Una inmensa ciudad de tiendas y carros se había extendido a un lado y al otro de la fortaleza, miles de hombres y mujeres de todas las edades.
Nepociano, atónito, tragó saliva. Dio media vuelta y miró hacia el sur, hacia donde, muy lejos, estaba Brigetio.
Sólo se podía ver su contorno desde allí en los días extremadamente claros, no como ése.
Aun así, no se apreciaban las elevadas columnas de humo que anunciaban su destrucción, como había temido; sin embargo, mucho más cerca, a pocos estadios y sobre las aguas, había una pequeña escuadra de navíos.
Eran cinco en total: cuatro pequeñas navis lusoriae , fácilmente distinguibles por su quilla plana y las balistas instaladas en su proa, en cuyo interior se podía distinguir el brillo de cascos y armaduras, y un vetusto trirreme, de los que cada vez se veían menos en el Istro.
Éste, mucho más grande, se encontraba en el centro de la formación, y en su enorme vela destacaba el estandarte del augusto Graciano.
Al reparar en éste, Nepociano se acordó de la misión que lo había llevado hasta allí: la búsqueda de nuevos alanos para su guardia personal.
Aquella enorme embarcación tan sólo podía significar que el emperador ya había hecho su aparición en Brigetio.
Graciano había llegado en el mismo momento en el que una horda alana se asentaba en la orilla norte.
–Buenos días, tribuno. Espero que se os haya tratado bien. Ésas, al menos, fueron mis órdenes –lo saludó Safrax, que había bruñido su armadura con esmero; cada una de las anillas que se entrelazaban desde su cuello hasta sus rodillas refulgían.
Nepociano guardó silencio, lo que provocó que el guerrero que se encontraba junto al caudillo alano, un tipo rubicundo, de larga y alborotada barba roja entreverada de hebras grises, esbozara una sonrisa despectiva.
–¿Éste es el que nos va a ayudar? –preguntó Alateo en un latín aceptable.
El oficial romano se puso en guardia. Él, ¿ayudar? Estaba claro que la mayoría eran alanos, pero aquel hombre, al igual que aquella jovencita, no era uno de ellos. ¿Quién sabía a cuántos pueblos había reunido ese Safrax bajo sus estandartes?
–Siempre que no prefieras hablar tú, claro –continuó la chanza el alano.
–A mí no me hace falta hablar –protestó el godo, escupiendo a los pies del romano–. Con enseñarles el filo de mi espada tengo más que suficiente para conseguir lo que quiero. Ése es el lenguaje que estos desgraciados entienden mejor, el mismo que han usado siempre que les ha convenido.
Safrax rio, pero Nepociano ni tan siquiera se percató de ello.
Se había girado para no quedar frente a la mirada acusadora del greutungo, y lo que había conseguido era quedar prendado de los azules ojos de Aleda.
Era la única que parecía mirarlo sin esperar nada de él, también sin atisbo de rabia o de inquina.
Sus ojos, en cambio, transmitían, aun sin palabras, una amalgama de sentimientos tremendamente familiares: tristeza, melancolía, miedo.
–¿Crees que bastaría la espada de mi amigo para haceros entrar en razón? –le preguntó entonces Safrax.
El tribuno, perdido en la mirada de la joven, no contestó, y el escolta que permanecía a su espalda lo zarandeó sin piedad.
–Tú, romano, no te atrevas a mirar a nuestras mujeres. Dirás a los tuyos lo que queremos y volverás a tu agujero sin rechistar –le espetó Alateo, de malos modos, remarcando sus palabras con una señal hacia las embarcaciones.
–¿Qué es lo que pretendéis? –preguntó, recomponiéndose con rapidez.
–Queremos todo vuestro oro, y vuestras mujeres también, claro –aseguró Alateo, impetuoso, cruzando los brazos sobre su voluminoso pecho.
Safrax sacudió la cabeza.
–Lo que queremos son tierras en las que establecernos y donde nuestras mujeres, ancianos y niños vivan en paz.
Nosotros, los hombres, lucharemos con vosotros para mantener esa paz.
Conocéis nuestra valía, tú el que más, si estuviste en la gran batalla de la colina.
Sabes que no existe mejor jinete que el alano.
–Ni infante más fiero que el greutungo –lo interrumpió Alateo.