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CAPÍTULO XV
–Así que se trata de un pariente de Atanarico –murmuró Flavio Constancio desde su asiento sin respaldo, mientras una esclava terminaba de retirar el vendaje de las costillas.
A cierta distancia, Alarico lo escrutaba con mal disimulada rabia.
–Tenemos en nuestras manos a un muchacho capaz de unir a los godos llegado el momento, al igual que Atanarico –continuó Estilicón, con Goar a su lado–. Tan sólo debemos hacerle ver que servir a Roma es lo adecuado... para ambos pueblos.
Flavio Constancio frunció el ceño, dolorido, pero se obligó a permanecer inmóvil mientras la esclava terminaba de apretar un nuevo lienzo alrededor de su abdomen.
Cuando ésta terminó, dio orden de que ella y su ayuda de cámara se retiraran.
Se había caído del caballo en el asalto al campamento godo y, si no se había partido unas cuantas costillas, había estado muy cerca.
Aquello le había recordado que ya era mayor, rondaba la cincuentena, y quizás había llegado el momento de dejar la vida militar y dedicarse a cultivar flores y plantas en el amplio y luminoso jardín de su casa.
–Soy un godo y lo seré siempre, nunca seré un romano –protestó Alarico, altanero, provocando que Goar le dedicara una mirada divertida.
Lo mismo hizo Flavio Constancio, aliviado al notar que el vendaje no estaba ni muy apretado como para dificultarle los movimientos ni muy laxo como para que se le cayera.
–Y yo soy vándalo, muchacho, pero he aprendido que aquí se vive mucho mejor que al otro lado del río, aunque con otras reglas. Con el tiempo, tú también lo entenderás, estoy convencido.
Alarico pateó el suelo, pero la súbita aparición de Goar a su lado le hizo cerrar la boca.
–Ese malnacido de Modario tiene a mi hermana. Si queréis que os ayude, arrebatádsela, y haré lo que queráis.
Estilicón asintió. El muchacho no sólo era valiente, sino también despierto.
–No podemos hacerlo, no por el momento. Pero, si colaboras, te aseguro que yo mismo intercederé ante el augusto para que nos entregue a tu hermana.
–Aquello, en parte, era cierto. No podían enfrentarse a Modario abiertamente, no aún más.
Además, la primera opción que consideraba Teodosio era alzar sobre el resto de los suyos a Atanarico, quien, por lo que habían entendido, era enemigo declarado del padre de aquellos muchachos.
Pero, si Atanarico moría sin descendencia, entonces, la vida del muchacho cobraría gran importancia. Debían mantenerlo a salvo.
–Llévate al muchacho y déjanos solos –indicó Constancio a un Arsaces que hasta entonces aguardaba respetuosamente junto a la puerta.
El tribuno se levantó con cuidado y rellenó tres de las copas que descansaban en la mesa sobre la que solía desplegar sus informes. A una señal suya, su hijo y Goar se acercaron.
–Debemos buscar la manera de mantener a ese jovencito con vida. Los hombres de Modario rondan la tienda donde nos hemos instalado día y noche –comentó Goar.
–Mantenerlo con vida en el campamento, pero también evitar que Atanarico pida a Teodosio que se lo entregue a cambio de su apoyo. Si se entera de que lo tenemos en nuestro poder...
Goar miró a Estilicón, que era el que había tomado la palabra. Aquélla era una posibilidad que el alano no había barajado hasta entonces.
–Debo estar haciéndome mayor, porque no soy capaz de apreciar el vino como antes –los interrumpió Constancio, melancólico–.
Estás en lo cierto, hijo. Creo que el muchacho debe abandonar de inmediato el campamento, por su seguridad y por la nuestra.
Hablaremos con el emperador llegado el momento, pero, de cara a los demás, el chico habrá muerto.
Estos días ha hecho mucho frío, demasiado para alguien tan tierno como él...
Goar miró a padre e hijo, incrédulo.
–Esta noche quemaremos el cadáver de alguno de los esclavos fallecidos estos últimos días y diremos que fue el del muchacho.
–Pero ¿quién se hará cargo de él?, ¿qué es lo que haremos? –preguntó Goar, aunque, nada más terminar de hablar, en cuanto se percató de la mirada que le dedicaba Estilicón, supo la respuesta.
–Tú partirás con el muchacho a Constantinopla en cuanto nos hayamos asegurado de que Modario ha tragado el anzuelo. Una vez allí, aguardaréis nuestra llegada en mi casa. Para todo aquel que pregunte, el muchacho es tu esclavo, Goar, ¿lo has entendido?
* * *
Abril del 380. Fortaleza de Kelemantia
A lo largo de los días siguientes, fueron llegando al fortín las familias y los guerreros que las protegían.
Poco a poco, plantaban sus tiendas y dejaban libres a los animales; allí el forraje abundaba gracias a la extensa y fértil franja aledaña al río, no como en las tierras que habían dejado atrás, frías y esquilmadas.
La mayoría ignoró la protección que les podía brindar la fortaleza, con sus altas murallas y los edificios de piedra, donde podían haberse resguardado de aquel invierno sin fin.
Tras tanto tiempo viviendo como sus antepasados, siempre en movimiento, cobijándose en tiendas de piel, no importaban ya el frío o el calor, tampoco los animales salvajes.
En pocos días, los alrededores del puesto avanzado se habían convertido en una improvisada urbe, capaz de rivalizar en habitantes con Brigetio, al otro lado del río; eran incontables hogueras en la orilla norte de forma inexplicable, y el temor había comenzado a extenderse con rapidez entre quienes vivían no ya sólo en la cannaba , sino también en el campamento militar, ante la incredulidad de Marco Elio Corvino.
Nepociano permanecía encerrado, con todos sus hombres, en el antiguo almacén en que se guardaban las raciones de la guarnición, que habían pasado a ser apiladas sin orden ni concierto en el edificio principal, donde se habían instalado los nuevos dueños del lugar.
Legionarios y auxiliares, ignorantes de lo que ocurría fuera de aquellas paredes, vivían hacinados, expectantes, pero sin sufrir violencia ni privaciones, como había ordenado Safrax.
El aburrimiento y la inquietud por la suerte de Kelemantia, e incluso por las zonas al otro lado del río, eran lo único que alteraba los días y las noches de la antigua guarnición, amén del resquemor de algunos de los más veteranos hacia los reclutas alanos junto a los que habían convivido hasta el momento.
Los días se sucedían sin novedad, uno igual al otro, el siguiente idéntico al anterior, resguardados del frío, al menos, hasta que llegó el quinto desde el inicio del encierro.
Al amanecer, un grupo de bárbaros armados se adentró en el edificio.
Ninguno de los soldados de Roma se atrevió a protestar, pero todas las miradas se dirigieron hacia el alano que parecía comandar el grupo, que no era otro que Palaco.
El joven se obligó a seguir su camino, tratando de obviar los reproches que imaginaba debían reflejar los ojos de sus antiguos camaradas.
No le importaba combatir contra el Imperio, como tampoco le había importado con anterioridad medirse a los hunos.
Era un alano, volvía a serlo y, como tal, no dudaría jamás en lanzarse a la lucha, pues la muerte en aquélla era la mayor de las bendiciones, el mayor honor al que podía aspirar.
Con todo, hubiera preferido no tener que enfrentarse con quienes habían sido sus compañeros de armas.
Por ridículo que pareciera, él, que había querido marcharse de aquel campamento incluso antes de llegar, se sentía ahora en deuda con esos hombres.
–Buenos días, tribuno –saludó a Nepociano en cuanto lo vio, tratando de disimular una sonrisa bajo el espeso y rubio bigote que se dejara crecer tiempo atrás.
El tribuno de la I Adiutrix se encontraba tumbado en el suelo, sobre la manta que le habían entregado al encerrarlo. Pese a la sorpresa inicial, permaneció tendido, como si nada hubiera ocurrido, lo que provocó que el joven alano carraspeara, incómodo.
–¿Señor? –preguntó en latín, en voz baja, pues no terminaba de fiarse de que los hombres que lo acompañaran no entendieran la lengua de Roma, aunque eso le había asegurado Tasio.
Entonces sí, Nepociano se volvió hacia él, con un desagradable chasquido de huesos tras noches durmiendo en aquella incómoda postura.
–Buf, pensé que pretendíais matarnos de aburrimiento... –protestó, lo que hizo que Palaco se relajara un tanto.
–He venido a buscaros para llevaros ante nuestros jefes.
El tribuno se incorporó con rapidez, aunque sin dejar de protestar por la dureza y el frío.
Al salir al patio, por un momento se quedó deslumbrado, tras tantos días encerrado, aislados y casi a oscuras, por lo que, mientras la escolta seguía avanzando, Palaco se detuvo para esperarlo.
Por supuesto, el romano, aunque libre de ataduras, estaba solo y desarmado, amén de en el interior de una fortaleza en la que no había menos de doscientos alanos y godos armados hasta los dientes, sin contar a los millares que se encontraban desperdigados en las cercanías.
En el caso de huir, no llegaría muy lejos.
–Espero que el cautiverio no esté siendo muy riguroso –comentó Palaco, más tranquilo ahora que estaban solos.
El tribuno no respondió de inmediato. Abrió y cerró los ojos varias veces, hasta que al fin se acostumbró a la luz del sol.
–Los he sufrido peores. Me alegro de verte con vida, Palaco, aunque desde luego no de encontrarnos en esta situación. ¡Pensamos que habías muerto en Adrianópolis!
Los hombres que abrían la comitiva se volvieron y dedicaron una seña imperiosa a Palaco para que continuara la marcha.
El alano asintió con desgana, y agarró al oficial por el antebrazo, ignorando su resistencia.
No sabía si dirigirse a él como lo hacía antaño, tal y como mandaba la disciplina imperial, que había aprendido en aquel mismo lugar, o como a un prisionero, lo que era en verdad en ese momento.
Finalmente, se decidió. No, ya no estaba bajo sus órdenes, volvía a ser un alano.
–Yo también me alegro de verte de nuevo, tribuno, pues también temí por tu vida en la colina.