Dragón 14 #3
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Palaco ascendió con rapidez los escalones y empujó a su antiguo compañero antes de abrazarlo, para sorpresa de los godos que los escoltaban, que contuvieron sus armas en cuanto repararon en el gesto que les hacía Safrax desde abajo.

–Nunca me había alegrado tanto de verte, cabronazo –exclamó Marval, palmeando a Palaco, y sus palabras eran sinceras.

–Y Fariban, tan hablador como siempre –se rio éste, al descubrir a Fariban a poca distancia.

Al escuchar aquel nombre tan familiar, Safrax se acercó a ellos a grandes zancadas.

No podía ser otro que Fariban, el hijo menor de Farasmanes, uno de los grandes amigos de su abuelo, quien, como otros tantos, había encontrado la muerte junto a Beuca combatiendo hombro con hombro frente a Balamir y sus malditos hunos.

Sin decir palabra, sacó su puñal y, nervioso, le cortó las ligaduras.

Hacía seis años que no se veían. Safrax apenas había cambiado, prueba de ello era su inconfundible melena plateada; en cambio, Fariban se había marchado de su poblado siendo un niño y ahora era ya un hombre.

–¿Eres tú, Safrax, nieto de Beuca? –inquirió Fariban, incrédulo.

Por toda respuesta, Safrax lo abrazó con fuerza.

* * *

Al traspasar la puerta del pretorio, Safrax sintió la agradable calidez de las lumbres repartidas por el edificio, que los pocos esclavos que habían encontrado los godos en el interior del edificio se habían visto obligados a mantener encendidas.

Caminó despacio, evaluando cada rincón, hasta entrar en un salón especialmente caldeado, donde habían dispuesto una mesa cubierta de fuentes y vasos, así como sendos bancos.

Satisfecho, Safrax se quitó el capote empapado y lo dejó sobre un banco.

Se sentía extraño, reconfortado pero extraño, pues nunca le había gustado vivir en aquellos edificios de piedra propios de los romanos, por mucho que aquéllos le ofrecieran comodidades que nunca podría encontrar en una humilde tienda.

Hasta ese momento. Quizá por la placentera sensación de dejar atrás el aguanieve y la ventisca, pero también, muy probablemente, por la certeza de que Goar vivía.

El alano echó vistazo a las viandas preparadas a toda prisa, seguramente las mismas que hubieran compuesto el desayuno de la guarnición: queso, pan y tiras de carne en salazón.

Con un ademán, le indicó a Nepociano que era libre de comer cuanto quisiera.

El romano, que no había probado bocado desde la noche anterior, sintió que su estómago protestaba; sin embargo, se contuvo, orgulloso, decidido a no mostrarse débil ante sus enemigos, por mucho que hasta entonces lo hubieran tratado con respeto.

–Cayo Nepociano, celebro que hayas rendido a tus hombres. No me hubiera gustado tener que ordenar una carnicería –comenzó a hablar Safrax, despacio, pensando en cada una de las palabras antes de que salieran por sus labios.

El tribuno examinó la peculiar estampa del alano. Aquel cabello, blanco, largo y cuidado, lo había visto antes, no tanto tiempo atrás. Era igual al de Pablo, el fiel servidor del general Víctor muerto en Adrianópolis.

–No tenía otra opción –reconoció el romano, que, sin poder resistirse más, tomó un vaso de agua y lo apuró de un sorbo.

Safrax meneó la cabeza, pero en su rostro no había asomo de condescendencia.

–No, hoy no la teníais, y no hay deshonor alguno en haber depuesto las armas.

–También él tomó una copa y bebió con avidez–.

Brindo por tu valor, tribuno, y agradezco a Palaco su rápida intervención.

Un hombre de tu talla es siempre digno de elogio, sin importar el pueblo que lo haya visto nacer, y habría lamentado tu muerte.

Nepociano asintió, agradecido por el cumplido.

–¿Y qué me está reservado en adelante?

–En primer lugar, quiero que los jóvenes alanos que os han servido hasta hoy me sean devueltos. Nunca debieron abandonar a los suyos –anunció, señalando a Malvar y a Fariban.

–Vuestros son –respondió, encogiéndose de hombros, pues nada podía hacer al respecto–. Pero ¿qué pasará con el resto de la guarnición?

Palaco miraba alternativamente a ambos comandantes. Por extraño que le pudiera parecer, era incapaz de pensar en ninguno de ellos como en su enemigo.

–Vuestra vida será respetada. Nunca he faltado a mi palabra –comenzó a decir.

Pero sus palabras quedaron rápidamente apagadas por un coro de agudas voces femeninas acercándose a toda prisa por el pasillo.

Safrax se puso en pie, y una sonrisa asomó a sus labios siempre tristes.

Su abuela estaba allí. Había llegado el momento de revelarle que su nieto más joven vivía, de insuflar un nuevo hálito de vida en aquel corazón ya marchito por la edad y las desgracias–.

Debéis marchar ya con los vuestros, tribuno.

Os haré llamar cuando los míos se hayan asentado.

Hasta entonces, tenéis mi palabra de que seréis tratados con honor, como corresponde.

Los tres jóvenes alanos se pusieron también en pie, prestos a marcharse, pero Safrax les hizo un gesto para que volvieran a sentarse.

–Soy yo quien debe ausentarse. Vosotros podéis quedaros el tiempo que deseéis. Imagino que tendréis mucho de lo que hablar.