Dragón 14 #2
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14 #2

Hilduara guardó la hoja de Alimaña en el cinto, con cuidado de no rasgar la tela del vestido.

Claro que iría, no se iba a quedar allí, sola en aquel horrible mar de tiendas.

Haría de tripas corazón y aguardaría su momento, como siempre.

Llegaría el día en el que Uldin no necesitara a los guerreros de su suegro.

Iban al este, y, por lo que conocía de los hunos, éstos eran famosos por sojuzgar a otras tribus y hacerlas combatir a su lado.

Añadirían nuevas tropas a su hueste, los más desalmados y feroces, y no deberían vasallaje a nadie más que a su señor.

Sí, ella lo conseguiría, y entonces el poderoso padre de Kreka no sería más que un pequeño señor de la guerra.

* * *

Marzo del 380. Fortaleza de Kelemantia

–¡Tribuno, soy yo, Palaco! –gritó el alano, para asombro de unos y de otros.

El joven guerrero había agarrado la empuñadura de la espada de un incrédulo Nepociano y le arrebató el arma, que dejó caer sobre el pavimento. El sonido metálico contra el empedrado pareció despertar al romano.

–¿Palaco?

Safrax entregó el dragón a Tasio y ordenó a Palaco que se apartara.

De inmediato, el joven agachó la cabeza y obedeció.

Había actuado sin pensar, llevado por la necesidad de salvar la vida de su antiguo superior, sin darse cuenta de que tal comportamiento podía molestar al que ese día era su señor, Safrax.

Su tentativa de explicarse murió en el instante en el que éste alzó la mano.

–¿Eres quien comanda esta guarnición?

Nepociano, consternado, contestó sin desviar la mirada de su espada, todavía en el suelo.

–Tribuno Cayo Nepociano, de la legión I Adiutrix. Y sí, yo soy quien gobierna esta fortaleza.

Safrax miró a su espalda, donde la veintena de romanos que habían quedado con vida aguardaban expectantes.

–Mi señor Safrax, perdóname, pero éste es el hombre que nos condujo hasta aquí desde nuestras tierras –intervino Palaco, llenándose de valor–.

Durante años, lejos de nuestro pueblo, fue como un hermano mayor para nosotros...

Siempre nos trató con honor y con justicia, y nunca se separó de nosotros.

Tu primo y yo partimos bajo su mando hacia Oriente, y a su lado llegamos a Adrianópolis días antes de la gran batalla, cuando la derrota nos separó.

A medida que Palaco hablaba, el ceño de Safrax, serio en un principio, fue suavizándose, hasta que su expresión terminó siendo de pura incredulidad.

–¿Goar? –preguntó, y su voz sonó más atropellada y nerviosa de lo que hubiera deseado.

Palaco miró alternativamente a los dos únicos hombres a los que, a lo largo de su corta vida, había servido, ahora juntos de manera inesperada.

Temió decepcionar a ambos. A Safrax, pues sabía que, hasta ese día, en lo más hondo de su corazón, albergaba la esperanza de que Goar viviera.

Quizá Nepociano supiera del destino de su amigo.

Si el tribuno había visto morir a Goar, o sabía de su muerte, temía que tal noticia cubriera con un velo de tristeza a Safrax.

Y Palaco sabía cómo era capaz de gastárselas el alano cuando la angustia lo vencía.

–Tribuno, este hombre es Safrax, nieto de Beuca, gran caudillo de los alanos y primo de nuestro Goar. ¿Sabéis qué ha sido de él?

Al acabar la frase, Palaco cerró los ojos, mientras Safrax, angustiado, volvía la mirada hacia Tasio, a su espalda.

Nepociano miró por primera vez al hombre que lo había derrotado, tratando de encontrar en él algún parecido con su antiguo subordinado.

–Goar no está aquí. Está en Oriente, bajo el mando del tribuno scholae Flavio Constancio. Al menos así era hasta que nos separamos, poco después de la batalla de Adrianópolis.

Palaco abrió mucho los ojos, sorprendido y a la vez tremendamente agradecido por aquella revelación.

Safrax, por su parte, sintió que las piernas le temblaban.

Cerró los ojos y entonó una oración de mudo agradecimiento.

Su primo seguía con vida, no importaba dónde, pues tarde o temprano se encontrarían.

Él no pararía hasta hacerlo posible. Había perdido a su hijo, pero podía recuperar al que, en su fuero interno, era su hermano.

Los dioses le mandaban así una señal de que no había sido maldecido, de que seguía siendo digno a sus ojos.

Se giró hacia Tasio, le habló en voz baja y, sin más, se marchó. Debía hacerlo, antes de que sus hombres lo vieran flaquear.

–Que se alimente sin tardanza a todos estos hombres y se les ofrezca ropa de abrigo –tomó Tasio la palabra–. En cuanto el campamento esté dispuesto, se les asignará un lugar en el que pasar la noche. En breve volverá a llover con fuerza.

–Tú vienes conmigo, Palaco, y él también –informó Safrax a su compañero de armas al pasar a su lado.

Con media docena de godos abriéndoles paso, Safrax, Nepociano y Palaco se adentraron en el campamento. Al llegar cerca del edificio del pretorio, Palaco ordenó a su escolta que tomaran posesión y se aseguraran de que no había riesgo alguno.

–¿Palaco? ¡Palaco, Palaco! ¡Eres tú, bribón! –los llamó alguien desde la cercana escalera.

Safrax, aún conmocionado por la noticia, miró a su izquierda. Varios imperiales eran obligados, a golpe de lanza, a bajar por la escalera que llevaba a las almenas. El primero de ellos tenía el cabello largo y rubio, aunque su planta era más similar a la de un romano que a la de un alano.

–¡Palaco, somos nosotros, Malvar y Fariban!

Éste al fin levantó la mirada.

–¡Soy yo, Malvar! ¡Pedazo de mierda!

Al reconocer al guerrero que lo insultaba, Palaco soltó una sonora carcajada, incapaz de creer lo que veían sus ojos, y corrió hasta la escalera.

–¡Malvar, mocoso estúpido!