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CAPÍTULO XIV
El suave canto de Hilduara, delicado como un arrullo, se fue adueñando del interior de la tienda a medida que elevaba la voz, hasta que el pequeño Munzuk quedó nuevamente dormido. Acto seguido, miró a la mujer que se encargaba de la crianza del pequeño y le hizo un gesto para que se marchara.
Hacía ya muchas jornadas desde que regresaran a la ciudad de tiendas y carromatos en la que vivía Balamir, una ciudad itinerante que no paraba de crecer.
Miles de personas y animales se hacinaban en ella, de manera que el hedor se percibía desde mucha distancia.
Una ciudad cuya sola visión desagradaba a la goda.
Sin embargo, se había obligado a no torcer el gesto, a soportar aquel olor nauseabundo rociando el interior de su tienda con un extracto de flores que los hombres de Uldin le traían desde el naciente del río junto al que se habían instalado. Y todo, por su hijo.
Pero su paciencia se estaba agotando. Estaba furiosa.
No con su suegro, que apenas había mirado al pequeño Munzuk más que en un par de ocasiones, sin atreverse, al menos, a poner en duda su legitimidad; tampoco con las estúpidas y feas mujeres que habían puesto a su cargo.
En realidad, sólo Uldin era el responsable de su enojo.
El astuto e independiente príncipe parecía haberse convertido en un apocado cachorro, en nada dispuesto a contrariar los designios de su padre.
Tras los primeros días, había abandonado la tienda que compartían en las afueras de la ciudad, el lugar menos insalubre, para no regresar más que durante unas pocas horas, y nunca tras la caída del sol.
A Hilduara no le había resultado difícil enterarse de dónde dormía, pues, como en toda ciudad, las noticias volaban: el huno había vuelto a instalarse en la tienda de su primera mujer, Kreka, junto a sus primeros retoños, Oktar y Rugar, nacidos poco antes de adentrarse en tierras de Roma.
Aquello la había encolerizado y, cuando Uldin apareció de vuelta, lo había echado a gritos.
Lo había maldecido por el fuego, el aire y el agua, pero Uldin, el valeroso y letal Uldin, se había marchado y la había dejado allí con la palabra en la boca, incapaz de enfrentarse a ella.
A partir de entonces tan sólo le enviaba periódicamente a alguna de las mujeres que servían a su padre por si de algo necesitaba.
Por eso ahora Hilduara estaba sola. Había buscado en su hijo el único vínculo que le quedaba.
Como le había ocurrido con Tulga en el pasado, había aprendido que, más allá de quienes hubieran compartido junto a ella el camino, lo único que tenía, lo único a lo que podía aferrarse era a su hijo, a su propia sangre.
Ninguno de los hombres con los que había compartido días y lecho había estado a la altura.
Los odiaba, a todos ellos. A Hildibaldo, por su simpleza y su estupidez; a Safrax, por su sentimentalismo y debilidad, y a Uldin, por su egoísmo.
Recordar a cada uno de los hombres que había tenido a su lado la hizo estremecerse.
Todos, de una manera o de otra, le habían fallado.
Todos merecían la peor de las suertes. Sobrecogida, pensó en Tulga, el primero de sus hijos.
Al marcharse, lo había dejado junto a Safrax y aquellas malditas mujeres que formaban su familia.
No, en verdad no se había marchado: la habían obligado a huir durante la noche, como una criminal, aun cuando lo único cierto era que su intervención había decantado el signo de la batalla a su favor.
Pero, pese a todo, se habían atrevido a condenarla; ellos, simples mortales, mientras que ella era la única capaz de interpretar los designios de los dioses.
Hilduara había muerto ese día en la atestada colina, y de sus cenizas había nacido Brynhildr, la valkiria, la mensajera de los dioses.
Un temblor se apoderó de sus piernas. ¿Qué habrían hecho los alanos con el pequeño?
Pocas veces antes había pensado en su destino.
De haber estado ella en la piel de Safrax, lo hubiera matado sin dudarlo.
No se habría atrevido a que éste, pasado el tiempo, decidiera vengar a su madre, a su propia sangre.
Ellos, en cambio, imaginaba, lo habrían aceptado como a uno de los suyos, colmándolo de atenciones.
De repente, sintió asco por semejante debilidad.
Ojalá que su hijo estrangulara a esos estúpidos alanos mientras dormían.
Por desgracia, sabía que aquello no ocurriría.
Tulga había sido desde su nacimiento un niño enfermizo y débil, indigno de una estirpe de reyes como la que ella pretendía instaurar.
Donar había intercedido por él aquella fría y oscura noche de invierno en que lo alumbró, le había salvado la vida, pero el pequeño se había mostrado indigno de tal presente.
No, no había fallado a Donar al abandonar a su hijo, se dijo, apretando los dientes.
Habían sido los dioses, el propio destino el que así lo había querido.
Tulga era sólo un mortal, un niño falto de carácter, un pez cualquiera en un océano infestado de cardúmenes.
Por ese motivo los dioses la habían obligado a abandonarlo, ofreciéndole así una nueva oportunidad, quizá la última.
Y ésta no tenía intención de dejarla pasar.
Munzuk no sólo era un niño sano, sino que se convertiría en un hombre fuerte y decidido, implacable y victorioso en la batalla, cruel y sagaz.
Y ella no escatimaría esfuerzos para conseguirlo, no en balde en cuanto nació, siguiendo una oscura y antigua tradición de su pueblo, de cuando habitaban en la gélida y lejana Scandia, había embadurnado cada palmo de su piel con la sangre de sus enemigos.
Confiaba en que fuera suficiente para que los dioses lo reconocieran como a uno de los suyos, aquel que sería capaz de acabar de una vez por todas con la debilidad que se había apoderado de su pueblo, aquel que haría que los falsos ídolos cayeran.
El brusco sonido de la cortina al descorrerse la sobresaltó.
Se volvió hacia la entrada, dispuesta a reprender a la estúpida y gorda nodriza por su falta de tacto, pero fue Uldin quien apareció.
Lo miró, sorprendida inicialmente, furiosa de inmediato.
Tomó a Alimaña de sobre el arcón, y con ella señaló al recién llegado.
–No eres bienvenido aquí, a menos que hayas venido para disculparte y regresar junto a tu hijo.
El príncipe huno vestía como la primera vez que lo viera, dos años atrás, con una delicada y ligera cota de mallas y sendas espadas pendiendo de su cinto.
Como entonces, de su casco cónico colgaba una redecilla de la misma malla con la que se protegía el cuello y la nuca.
Ataviado para entrar en batalla. Sí, aquello era lo único que le producía placer, razonó la goda, además de montarla como a un animal.
–Munzuk es mi hijo, así se lo he reconocido a mi padre y al resto de ancianos, pero tengo otros dos herederos a los que tampoco puedo ignorar.
–Ninguno será como Munzuk. En él habitan la noche y el día, el fuego y el hielo; será capaz de hacer cosas que ninguno de nosotros pudiera siquiera imaginar...
Uldin hizo una seña para que dejara de atosigarlo con palabras.
–El padre de Kreka y sus seguidores han dado un ultimátum a mi padre.
Si no regreso con su hija, se marcharán y dejarán de reconocerlo como rey.
Son las familias más antiguas de entre los míos y tienen muchos jinetes bajo su mando.
No podemos permitirnos prescindir de ellos, y mucho menos enfrentarnos en un duelo fratricida.
–¿Quieres guerreros? –lo interrumpió Hilduara–. Nadie necesita guerreros cuando tiene el favor de los dioses –concluyó, blandiendo a Alimaña frente a sus ojos.
–Los dioses que otorgan favores a sus fieles lo hacen en forma de arcos, de espadas y de caballos, de la victoria en la batalla frente a sus enemigos.
Mi padre no puede prescindir de ellos, y yo tampoco, todavía...
–respondió, apartando el arma de un manotazo.
Pese al airado gesto de Hilduara, continuó–: He de marchar al este.
Sármatas y godos se han rebelado, y debemos darles un escarmiento, uno tal que haga que sus vecinos se lo piensen dos veces antes de imitarlos.
Es lo que mi padre ordena, y yo marcharé con buena parte de la hueste de mi suegro, así como con Kreka y mis hijos, pero quisiera que también tú te unas a nosotros. No quiero separarme de ti...
–¿Al este, sabiendo las maravillas que Roma guarda para nuestro hijo? –preguntó ella, desconsolada.
–Mi padre no es ningún estúpido. Debemos fortalecer nuestra retaguardia. Pero, cuando lo consigamos, te prometo que volveremos a enfrentarnos a Roma. Lo haremos, y yo te llevaré conmigo.
Hilduara sostuvo la mirada de Uldin, esperanzada, y se imaginó atravesando las fronteras de Roma junto a sus lobos, jóvenes en esos días, veteranos en poco tiempo, capaces de hacerse con un reino que su hijo pudiera gobernar con mano de hierro.
Él únicamente sería quien iniciaría el camino.
Tras él vendría otro que asombraría al mundo, que sería capaz de ponerlo bajo su bota durante otros mil años, como había hecho hasta entonces la misma Roma.
Ella lo había visto en las vísceras de sus enemigos, tal y como Bleda le había enseñado a hacerlo.
Pero, para que aquello ocurriera, Munzuk debía dar inicio a su dinastía. Debía prender la llama.
–Ven conmigo también ahora, Hilduara –repitió Uldin.
No quería separarse de ella. Era su trofeo traído desde tierras lejanas, capaz de hacerle recordar a todos que él era especial, capaz de lo que otros no podían, pero, aunque se preocupara por ocultarlo, también era supersticioso.
La goda le había demostrado que el espíritu de Bleda habitaba en ella, y nunca acudiría a la batalla sin su sabia guía.