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–¡Rendíos y la vida os será perdonada! ¡Nadie más tiene por qué morir hoy! –gritó el joven alano en perfecto latín, arrojando su arco al barro para dar más énfasis a sus palabras.
La voz del alano que tiempo atrás había servido al emperador de Roma en aquel mismo lugar resonó en el patio de armas. Todos aquellos que aún empuñaban sus armas, tanto sobre la muralla como en el reducido círculo de escudos que aguardaba su final, dudaron.
Nepociano escrutó a Palaco. Ahora, sin la protección de los carromatos, por fin podía ver a quiénes se enfrentaban.
Se fijó en el cabello largo y rubio, trenzado, no sólo en el guerrero que había tomado la palabra, sino también en aquellos otros que, poco a poco, iban saliendo de detrás de la improvisada barricada, la mayoría con los largos arcos aún dispuestos.
La mente del tribuno voló muy lejos, a la malhadada colina de Adrianópolis, cuando una nutrida tropa de caballería formada por hombres como aquéllos había acabado con las ilusiones de todo un Imperio.
–¡Deponed las armas, ahora! –repitió Palaco.
El tribuno miró en derredor. Los alanos ya habían alcanzado las murallas y reducían a quienes se mantenían allí. Al momento siguiente, no sólo los jinetes los amenazaban con sus lanzas, sino que también varias decenas de arqueros apuntaban hacia ellos desde las alturas. Toda resistencia era inútil.
El sonido de armas cayendo sobre el empedrado lo sorprendió, y Nepociano se giró para ver que algunos de los burgundios se estaban desprendiendo de espadas y escudos. Sus legionarios, en cambio, aún se aferraban a ellas con fuerza, con la vista fija en él, aguardando sus órdenes.
El viento ululaba de nuevo con fuerza, más patente a medida que el ruido de la lucha se apagaba por doquier, primero de forma sibilante, luego casi aullando, hasta que un sonido estridente pareció apoderarse de la fortaleza, de toda la orilla norte del Istro.
Los burgundios que se habían desprendido de sus armas llevaron sus manos a los oídos a medida que aquel sonido metálico se hacía cada vez más insoportable.
Nepociano, por su parte, no pudo más que conformarse con apretar la mandíbula, molesto.
Por el contrario, los alanos que se encontraban en las almenas comenzaron a vitorear, al igual que los jinetes, que encabritaron a sus monturas, exaltados.
El tribuno, nervioso, agarró la empuñadura de su arma con más fuerza aún y dio dos pasos hacia el exterior de la ilusoria protección que le había ofrecido el círculo de escudos.
Aunque eran muchos los arcos que lo apuntaban, ninguno disparó.
Se detuvo a unos pasos de los alanos que habían aparecido de detrás de las carretas, justo en el mismo momento en que un nuevo grupo de jinetes aparecía por la espalda de éstos.
No portaban las largas lanzas propias de su pueblo, tampoco arma alguna, sólo los tan temidos dragones que enarbolaban en la batalla, esos cuyo rugido estremecía a sus enemigos.
En lugar de adornarse con largas tiras de color carmesí tan habituales en las unidades imperiales en el este, lo hacían con paños de distintos tonos de verde, del color de la pradera que habían abandonado para siempre, aunque aquello Nepociano fuera incapaz de saberlo.
El jinete más adelantado, aún sin desmontar, entregó el estandarte al alano que había salido de las carretas en primer lugar.
Resonaron de nuevo los vítores entre ellos, y Nepociano aprovechó para situarse frente a sus enemigos.
Debía confiar en su palabra, pues no tenía otra opción.
Si se rendían, sus hombres sobrevivirían; no podía ofrecerles nada mejor, no más allá de la muerte.
Él, en cambio, era el oficial al mando; a él era al único al que se podía achacar la derrota y la pérdida de la fortaleza.
Eso, sin duda, sería lo que haría Corvino, por mucho que nadie hubiera sido capaz de vencer en la refriega.
No le resultó difícil desprenderse de la armadura, aún a medio colocar.
Al caer al suelo, el ruido metálico atrajo hacia sí todas las miradas.
Tomó la espada con ambas manos, y sintió como aquéllas se escurrían sobre la empuñadura, bañadas en sudor.
Había crecido escuchando las historias de los primeros héroes de Roma, esos mismos que, con su sacrificio, habían convertido una simple aldea de cabreros en el asombro del mundo.
Apenas nadie pensaba ya así, pero él no podía evitar ser hijo de quien era. Ojalá hubiera nacido entonces.
–¿Les perdonaréis la vida? –preguntó en la lengua de los alanos al hombre que sostenía el dragón.
No sólo Safrax, todos los alanos y greutungos lo miraron con incredulidad. El caudillo, sin salir de su asombro y conmovido por el gesto de valor del romano, asintió.
–Tienes mi palabra. Nadie más tiene por qué morir hoy aquí.
Nepociano suspiró, agradecido, y apuntó con la hoja hacia sí mismo.
–¡Tribuno Cayo Nepociano, no! –escuchó en el mismo instante en el que alejaba el arma, dispuesto a hundírsela en el pecho.