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Malvar sacudió la cabeza; el desagradable sonido que reverberaba en sus oídos se resistía a abandonarlo. Miró a Fariban, y éste, con expresión confundida, alzó el rostro hacia el cielo y elevó las palmas de las manos hacia arriba.
–¡Qué extraño! ¡Pensé que llovía más fuerte con todo este ruido!
Malvar tardó unos segundos en entender a qué se refería.
Cerró los ojos y se concentró. Al agudo y estridente sonido del metal arañando la roca se le había sumado uno nuevo.
Un repiqueteo constante, pesado, pero ni nuevas flechas llovían hacia ellos ni tampoco había aparecido esa lluvia que había estado cayendo desde hacía semanas.
Confuso, golpeó el hombro de Fariban y le indicó mediante señas que lo siguiera hasta la torre desde donde disparaban los burgundios.
Aguardaron, inmóviles, hasta que creyeron estar seguros de que no los sobrevolaba un nuevo proyectil. Sólo entonces reptaron sobre la piedra lo más rápido posible, hasta alcanzar la seguridad que les brindaba la torre.
Al descubrirlos, uno de los burgundios dio un largo suspiro de alivio. De inmediato, alargó su arco hacia Malvar.
–Cógelo, hijo, sin duda le darás mucho mejor uso que yo. –Por todos en la guarnición era sabido la puntería de la que hacían gala los jóvenes alanos, incluso a lomos de sus monturas.
Fariban no dudó un instante. Ocupó el lugar donde había estado el burgundio poco antes, junto al pequeño ventanuco que se abría hacia el patio, y se dispuso a disparar.
Malvar, en cambio, titubeó. Aquel sonido, aquel repiqueteo apenas audible momentos antes era cada vez más intenso, pero a simple vista nada extraño parecía ocurrir.
Y, sin embargo, decenas, centenares de rítmicos golpeteos parecían acercarse cada vez más a ellos...
Se temió lo peor y, aprovechando la seguridad que les brindaba la torre, se dirigió hacia el ventanuco que daba al exterior de la fortaleza.
En cuanto se asomó, lo comprendió de inmediato: centenares, miles de monturas cabalgaban a toda velocidad por el mismo camino que él y el resto de jinetes imperiales utilizaban cada cierto tiempo para adentrarse en el Barbaricum.
Y no eran una partida de francos salios o de burgundios regresando al campamento, sino que eran enemigos dispuestos a tomar por las armas el fortín de Kelemantia.
Nervioso, desechó la opción de estrenar su recién adquirido arco y corrió de vuelta hacia donde Fariban y el burgundio continuaban disparando.
Apartó a este último y lo vio: la puerta norte estaba abierta de par en par, y los arqueros que habían irrumpido al alba la defendían como buenamente podían.
O la cerraban de inmediato o todos estarían condenados.
* * *
Nepociano se esforzaba en empujar al burgundio que tenía delante suyo para no quedar rezagado y expuesto a los proyectiles enemigos.
El incesante golpeteo de las flechas sobre los escudos durante los veinte escasos pasos que habían ganado no los había dejado de acompañar en ningún momento.
Aun sin tener forma de saberlo, el tribuno intuía que debían encontrarse a una distancia similar de las carretas volcadas, desde donde los disparaban.
Iban demasiado lentos. Había llegado el momento de apurar el paso y de que las espadas romanas se impusieran a los arcos de sus enemigos.
–¡Más rápido, más rápido! ¡Avanzad más rápido! –gritó cuan fuerte pudo para imponer su voz al estrépito de los proyectiles.
Sus hombres obedecieron, acostumbrados a responder sin tardanza, obligando a los burgundios, menos duchos en tales menesteres, a mantener el ritmo.
Diez pasos más, y Nepociano tuvo que esquivar como pudo dos nuevos cuerpos alcanzados por las flechas enemigas, aprovechando que la formación había dejado de ser tan impenetrable como antes, a causa de la urgencia que dirigía los pasos de quienes se encontraban en la primera fila.
De repente, como si se hubiera tratado del abrupto final de una tormenta, el sonido de las flechas golpeando en los escudos desapareció.
Los hombres de las primeras filas, apenas capaces de sostener ya los broqueles con el peso extra de las decenas de flechas clavadas, se detuvieron, sorprendidos.
Nepociano chocó contra quienes se encontraban delante suyo, cerrando la formación, y comprendió que la lluvia de proyectiles había cesado.
Miró a su espalda, esperanzado por si el grupo de burgundios que instantes antes se preparaba para seguir su estela avanzaba hacia ellos, pero cualquier orden parecía haber desaparecido.
Burgundios, francos, todos corrían entre los edificios como gallinas asustadas.
Nepociano, que no podía ver lo que ocurría delante suyo, era incapaz de imaginar que los auxiliares trataban de ponerse a salvo del reguero de enemigos que habían comenzado a entrar en la fortaleza.
Furioso, el tribuno gritó hacia los barracones, pero su voz quedó sepultada bajo el sonido de centenares de patas herradas golpeando inmisericordes el pavimento embarrado del patio de armas.
Un sonido que se fue extendiendo por el campamento a medida que más y más jinetes accedían por la puerta norte y se dispersaban por entre las calles como el mar al vencer la resistencia de un dique.
Al momento siguiente, la vanguardia enemiga se dividió en dos: unos se quedaron frente al testudo de Nepociano, y los demás comenzaron la persecución de quienes huían entre los edificios, conscientes de que aquel pequeño grupo de valientes estaba sentenciado.
De repente, una maraña de cuerpos de caballo y armaduras relucientes rodeó al tribuno de la I Adiutrix y a los suyos.
Decenas de afiladas moharras los apuntaron.
Nepociano reaccionó de inmediato, agachándose y recogiendo el escudo del último de los caídos con el que había tropezado.
Con un rápido movimiento de su espada, segó los astiles que sobresalían.
–¡Círculo, círculo de escudos...! ¡Ya! –ordenó a voces. Se dio cuenta, sin embargo, de que el burgundio que tenía al lado parecía incapaz de moverse. Tenía los ojos fuera de las órbitas.
Ignoraba cómo demonios habían llegado a aquella situación, pero, si querían tener alguna oportunidad, debían permanecer juntos.
* * *
Safrax salió de detrás de la carreta y miró hacia las almenas, desde donde todavía unos pocos arqueros se atrevían a devolverles las andanadas de flechas.
Eran competentes, prueba de ello era que algunos más de los suyos habían sido heridos, pero cualquier resistencia era ya inútil.
Los defensores no tenían nada que hacer; eran moscas tratando de derribar un buey a picotazos.
Marbod les había asegurado que la guarnición no llegaba al centenar de hombres, y los jinetes que había traído consigo Alateo superaban el medio millar, eso sin contar con otros tantos que se encontraban de camino, junto con las familias de todos ellos.
Safrax balanceó el arco con la mano izquierda para que sus compañeros dejaran de disparar.
Aún entraban los últimos, pero la mayor parte de los jinetes se habían perdido ya para entonces entre los edificios.
Salvo unos cincuenta que se mantenían en el patio, rodeando al testudo que habían estado a punto de dar al traste con sus esperanzas de mantener las puertas abiertas hasta la llegada de los refuerzos.
Safrax apreciaba el valor en sus enemigos tanto como en sus compañeros, así había sido desde el lejano momento en el que arrebatara una vida por primera vez.
Él no estaba allí para entregarse a la matanza y la violación, no a menos que los romanos lo obligaran a ello.
Había cumplido con su objetivo: había llegado el momento de que sus adversarios depusieran las armas y evitaran una masacre.
Buscó a Palaco, a pocos pasos de él, y le indicó que ordenara a aquellos hombres que se rindieran.