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CAPÍTULO XIII
–¡Maldito godo, aparece de una jodida vez! –gritó Tasio, que no dejaba de mirar hacia las torres, donde sus hombres pugnaban por mantener alejados a sus enemigos de la puerta.
Safrax disparó un nuevo proyectil hacia las almenas, pero éste se estrelló inofensivamente contra la roca.
Pateó el suelo y lanzó una rápida mirada a su espalda: ni rastro de Alateo.
Tomó una nueva flecha, pero el romano al que antes tenía a tiro sobre los muros se había retirado hacia el centro del fortín.
En el patio de armas, la situación parecía haberse estancado.
Una vez pasada la sorpresa, los romanos habían ido tomando posición sobre los muros, y también resguardándose junto a las paredes de piedra de los almacenes donde guardaban sus vituallas y todo tipo de enseres.
De inmediato, los arqueros imperiales habían comenzado a responder, y con desigual precisión, a las descargas alanas.
Por el momento, sólo uno de los hombres de Safrax había sido herido, y Palaco lo había llevado a una de las torres, a cubierto, para regresar a toda prisa junto a sus compañeros.
No podían abandonar la posición, pues debían mantener abiertas las puertas hasta que Alateo y sus hombres se decidieran a aparecer.
Ése era su único objetivo. Y su única opción.
–¡Testudo, testudo! –gritó Palaco al asomarse entre los maderos de la carreta, a la vez que agarraba a Safrax por el hombro para que mirara en aquella dirección.
Safrax fue consciente entonces de que del lateral de uno de los edificios comenzaba a salir un nutrido contingente de romanos armados con lanzas y grandes escudos ovales.
Se movían muy lentamente, todos a una, manteniendo una formación tan cerrada que dificultaba sobremanera el buen hacer de los arqueros alanos.
Como si quisiera comprobarlo por sí mismo, Safrax disparó un nuevo proyectil, pero la punta de la flecha no encontró carne, sino que quedó retenida en uno de los recios escudos de la primera fila.
El alano masculló una maldición y miró a sus pies, donde tanto él como sus compañeros habían dejado sus espadas de doble filo al inicio del combate.
No vestían armadura y no habían llevado sus escudos, pues el tintinear de las primeras los hubiera delatado y lo voluminoso de los segundos podía haber impedido que se introdujeran en la fortaleza sin ser vistos.
Así que en lo único en que podía pensar era en que, cuando aquel muro de metal llegara hasta ellos, estarían en franca desventaja.
–Resistamos un poco más, un poco más, y todo habrá acabado –siseó Safrax, casi más para él que para quienes lo rodeaban.
* * *
Nepociano se encontraba en la retaguardia del férreo muro de escudos.
Sus legionarios, los que habían llegado con él pocos días antes, formaban la primera fila.
Habían vestido su armadura completa sobre los thoromachus , también sus yelmos, y tras ellos se hacinaban decenas de auxiliares aún a medio pertrechar, como el mismo tribuno, que, a toda prisa y entre voces, trataba de que uno de los muchachos que servían en la cocina lo ayudara a colocarse la coraza.
Pero los hombres iniciaron la marcha, y Nepociano, aún con los cierres de la armadura abiertos, no tuvo más remedio que seguirlos.
Como en tantas otras ocasiones, los escudos, salvo los de las dos primeras filas, se elevaron casi de inmediato, cerrando también desde el cielo el paso a las flechas enemigas.
Entonces, el sonido del metal arañando la madera de los broqueles resonó, amplificado en el interior del testudo, donde los hombres se animaban a gritos y avanzaban hacia la puerta, todavía a cierta distancia, con pasos muy cortos, dispuestos a no perder la formación.
En la retaguardia, Nepociano mantenía el paso con los dientes apretados.
Había conseguido cerrar uno de los apliques y, cuando creía que iba a hacer lo propio con el siguiente, tropezó.
En su caída, alargó el brazo para apoyarse en el pavimento, pero se topó, para su sorpresa, con el cuerpo de uno de los legionarios.
Herido por una flecha en la pantorrilla, el soldado había sido engullido rápidamente por el testudo.
El tribuno miró a su espalda, pero quienes habían quedado allí, a resguardo de los muros mientras se equipaban, estaban demasiado lejos para auxiliarlos antes de que el herido y él mismo quedaran a merced de las flechas enemigas.
Sin dudarlo, tras observar el rostro desencajado de su compañero, envainó la espada y lo agarró por debajo de los hombros.
Tiró de él con todas sus fuerzas, maldiciendo por lo bajo el enorme peso del soldado más toda su panoplia, pero sólo había avanzado tres pasos cuando un nuevo proyectil volvió a acertar en el cuerpo del herido, esta vez en la ingle desprotegida.
El sobrecogedor grito del legionario fue suficiente para que Nepociano se estremeciera.
El cuerpo del legionario dio una sacudida, y de inmediato el calzón parduzco se tiñó con el carmesí de la sangre, que al traspasar la tela también coloreó la tierra.
Nepociano agachó instintivamente la cabeza cuando resonó sobre el escudo que lo protegía el impacto de una flecha.
Pese a todo, se decidió a no soltar al legionario, a no abandonarlo a su suerte, por mucho que el rastro carmesí que dejaba a su paso fuera más que suficiente para saber que estaba sentenciado.
Todos los que habían abrazado la vida militar muy pronto, como él, y habían alcanzado una edad sobreviviendo a decenas de combates, sabían que una herida como aquélla resultaba fatal.
Aun así, volvió a tirar de él. Se encontró pensando, curiosamente, que había desaparecido el frío que durante semanas llevaba arraigado a su cuerpo, impidiéndole siquiera dormir si no era con un brasero a los pies. Todo lo contrario, sudaba copiosamente.
En ese instante, el legionario movió el cuello y lo miró, con los dientes apretados y el rostro surcado por un rictus de dolor.
Nepociano hizo un gesto para insuflarle ánimos con la mirada, justo cuando un tercer proyectil hizo blanco.
La flecha alana, dirigida con maestría, atravesó limpiamente la garganta del legionario, y la sangre que brotó de la herida salpicó el rostro del tribuno, que, sorprendido, soltó de inmediato a su compañero.
Tras una última y lastimera mirada al legionario, Nepociano reculó hasta que su espalda quedó junto a la de los hombres de la última fila.
Debía mantenerse bajo la protección que le ofrecían los escudos, pues ese último proyectil no podía haber llegado desde la barricada hacia la que ellos se dirigían, de modo que, reflexionó: tenía que haber enemigos apostados en algún lugar de la muralla, lo que complicaba aún más la situación.
Por si aquello fuera poco, su puntería era extremadamente certera.
Y entonces pensó en que ellos también contaban con excelentes arqueros.
–¡Que los alanos tomen sus arcos y suban a la muralla! ¡Que nos cubran desde allí! –gritó haciendo bocina con las manos.
* * *
Malvar mantuvo su posición hasta que el repiqueteo de las flechas disminuyó, como si la intensa lluvia hubiera por fin dado una tregua.
Sólo entonces se había atrevido a echar un vistazo, y rápidamente captó el panorama.
Un testudo de unos treinta hombres avanzaba por el centro del patio, y hacia allí dirigían sus enemigos todos los proyectiles.
Más calmado, trató de evaluar la situación.
La mayor parte de las flechas enemigas provenían de las dos carretas volcadas que ocultaban el portalón norte.
Y pensó que, si era capaz de llegar al camino de ronda, podría acercarse hasta allí con relativa facilidad, así que salió de su escondrijo, esquivando los charcos y los pocos cuerpos que yacían sobre ellos, y no se detuvo hasta que se vio sobre la muralla, donde se parapetó tras una almena.
A unos veinte pasos, dos figuras se protegían tras las paredes de una torre.
Y echaba mano a la espada que colgaba de la vaina, cuando comprobó que aquellos dos eran burgundios.
Resopló, aliviado, pues aquello venía a confirmar que sus enemigos se encontraban reunidos en el patio y, quizá, en las torres que daban acceso a la puerta.
El resto de la muralla seguía siendo suya.
Pero entonces el sonido de unas pisadas a su espalda hizo que se girara y que, esa vez sí, su espada quedara desnuda en su mano derecha.
–Eh, soy yo –le gritó Fariban, dejándose caer a su lado para ponerse a cubierto. Sin tiempo que perder, extrajo una cuerda y procedió a encordar el arco que traía consigo.
Malvar se dio cuenta de que, con las prisas, ni tan siquiera había recogido el suyo. Iba sin armadura, sólo armado con una espada y con un cuchillo..., y lo más ridículo de todo era que así había pretendido poner fin a aquel ataque.
Fariban se asomó fugazmente por encima del murete para reconocer la situación, y al instante siguiente disparaba su primera flecha.
Regresó a su posición y golpeó el muro, furioso, pues la cuerda, humedecida, había hecho que su disparo se desviara ligeramente e impactara en el centro de la carreta situada más a la izquierda.
Tomó una nueva flecha, pero en ese instante un proyectil impactó en el muro tras el que se resguardaban, allí donde estaba su cabeza.
–¡Esos hijos de puta no pueden ser cuados! –exclamó Malvar, con los dientes apretados, pues el sonido del metal arañando la piedra parecía haberse apoderado de sus oídos de forma permanente.
Eso era lo que llevaba pensando desde el primer momento.
Desde luego, quienes los atacaban no podían ser los mismos cuados desarrapados a los que habían tenido que mantener a raya durante el último año.
Aquella puntería era más propia de una tribu de las llanuras, como ellos mismos, o de los sármatas, pero ambos pueblos vivían mucho más al este.